EL ARCANO Y EL JILGUERO, de Ferran Varela

«Esperaré a que toda Hann sea conquistada. Esperaré a que no sea necesario un ejército, a que no haya adversario contra el que el Imperio pueda luchar. Esperaré a que el hijo del Emperador tenga edad para gobernar, con tal de evitar una guerra civil en pos del Trono de Mesetatrigo. Y entonces os mataré. A ti y al Emperador. Os daré la muerte más dolorosa que pueda concebirse en este mundo. Agonizaréis durante semanas, y eso no será más que el comienzo. Pasarán meses desde que empiece a torturaros hasta que vuestros rostros terminen en mi capa diabólica».

Nos encontramos ante una de las mejores obras de Fantasía escritas en castellano, llamada a marcar un hito extraordinario en el fantástico español. Y no es exageración; no la boutade de un cronista para llamar la atención sobre un autor o su obra más allá de lo que merece. El tiempo se encargará de darme razón o no. De hecho, ya lo está haciendo: pocas obras editadas en nuestro país han tenido una acogida tan espléndida entre el público y la crítica como la presente; pocas veces un autor ha sido tan reclamado en presentaciones y firmas tras su primera novela, que desde inicios copó los primeros puestos de venta, semana a semana, y continúa gozando de reseñas favorables meses después. Algún día traspasará fronteras. Entonces veremos que su éxito no es una solitaria raya en el agua en este país cainita, tan cruel con lo propio, sino un hecho cierto y fehaciente.

Ferran Varela, un joven abogado de Barcelona, que muy poco antes pensaba abandonar la escritura, ya nos sorprendió meses atrás con La Danza del Gohut (ediciones El Transbordador, 2018), una novela corta, estimulante, que precedió en éxito y acogida a la actual; ella nos mostró el inmenso poder de concisión de Varela, su facilidad para conectar con el público y hacer cercano lo extraordinario, cotidiano lo fantástico. Ya lo venía advirtiendo en sus relatos previos Profundo, Profundo en la Roca («Dark Fantasies», Sportula, 2017) y Las Cadenas de la Casa de Hadén («El Viento Soñador y otro relatos», Sportula, 2018). Uno, que ha tenido la suerte de acceder a sus relatos primerizos «Preta«, «La cola del lagarto» y «El Aquelarre« ha podido comprobar la rápida progresión experimentada por el autor en poco tiempo y sabe que aún no ha alcanzado su cenit.

El Arcano y el Jilguero es una novela distinta, difícil de catalogar bajo los clichés típicos que otros han utilizado y la pretenden encasillar («fantasía oscura», «épica», «grimdark»…). Como si lo necesitara… Es pura Fantasía, y eso debe bastar. Entiendo que, hoy, los editores y el público, incluso algunos autores utilicen etiquetas más o menos acertadas para definir y diferenciar su producto de otros, en un mercado saturado que exige diversidad, cierta especialización. El Arcano y el Jilguero, el sentido de la maravilla no lo precisa. Es Fantasía. Sin más.

Mezen el Ariete es uno de los cinco Altos Oficiales del Sacro Imperio Leenero que actúan y hablan en nombre del emperador. En su caso, el encargado de abrir las puertas, facilitar la caída de las ciudades que asedia en su política de conquista de todo el continente de Haan. Para hacerlo utiliza la figura de un Arcano del Tormento, un morador del Inframundo, responsable de infligir castigo a las almas condenadas. Con su larga capa de piel humana, confeccionada con los rostros despellejados de sus víctimas y unos métodos cuestionables que impactan por su crueldad, transmite el terror a los asediados, les infunde un miedo tan cerval que prefieren rendir la plaza antes que verse sometidos a su tortura. Unos métodos despreciables; un ser ruin… No tanto.

Lo que, en fondo, mueve a Mezen es un sentido particular de la justicia, la búsqueda del mal menor, salvar el máximo número de vidas del pillaje, saqueo, violación, muerte y destrucción que genera el ejército agresor («mejor una vida que mil»). Un personaje complejo, lleno de matices grises entre el blanco y el negro absolutos. A lo largo de la obra -narrada en primera persona- conocemos sus motivaciones y pensamientos, su conflicto, la lucha salvaje que mantiene entre una causa que considera justa y su demonio interior, el mal que acecha en lo profundo de su alma y aflora libre cuando no lo controla. Y cada vez lo hace menos…

Y conocemos a Nara, una joven de trece años, que ni es niña ni mujer y ya ha sufrido lo peor de la maldad humana, el rostro más oscuro de la depravación y el abuso, la crueldad de una guerra que se ha cebado en ella. Frágil, insegura, distante cuando la conoce, el trato que recibe de su salvador la hará evolucionar, capítulo a capítulo, hasta devenir en adolescente inquieta, cercana, despierta e inteligente, que pregunta y aprende sin cesar. Un jilguero cantor que provoca alegría en el Ariete y atempera su demonio interior; la única que le trata como persona y no como el monstruo que él mismo se considera. Una simbiosis que genera equilibrio en ambos personajes, pero no se completa en la obra.

Juntos inician un periplo por parte de las ciudades de Haan, en el que se nos muestra la cultura y diversidad de un continente rico en matices, animales imaginarios o la historia de cada ciudad y su gente, sus creencias y mitos divinos; todo un panteón de dioses y seres mitológicos con defectos y virtudes. Al tiempo, conocemos los secretos de Mezen, su entrega al deber y su causa, su ilusión de un mundo mejor o la imposibilidad de lograrlo, sus expectativas de traición, los monstruos que pueblan sus sueños… Y, todo, narrado de forma excepcional.

Ferran escribe de maravillas; mezcla un estilo sereno con la inquietud de la acción, ese punto de crueldad que requiere el grimdark con la ternura de lo onírico, en ocasiones rozando la prosa poética. Junto a descripciones brutales concede momentos de paz y extraordinaria belleza, secuencias tranquilas que evocan momentos feericos. Es hermosa la imagen de los siete puentes en Aguaclara, cada uno con la estatua de dos enamorados en bronce,cada uno con un nombre: suspiro, deseo, mirada, palabra, mano, beso robado, rubor, inquietud y baile; las estatuas no tienen rostro, el paseante ve el suyo reflejado en el bronce bruñido y construye su propia historia de amor… Bella -a la vez que inquietante- resulta la alegoría de las mariposas: «tres tintes, tres muertes saldan» (roja, la sangre que mana; verde, la enfermedad; morada la muerte).

Personalmente, siento muy cerca la relación de Mezen con Susurro. Una historia mutua de sentimientos, compartida en la distancia de treinta años: Bruma y Susurro…. Ferran entiende.

Los personajes están bien construidos. No sólo Mezen en su papel de Arcano del Tormento, al que necesariamente sentimos cerca por contemplar, a mente abierta, sus pensamientos, sueños y contradicciones. O Nara, cuya evolución observamos a lo largo de la historia. También los secundarios, menos definidos pero bien pincelados: Loria, la jinete de hipocampos o Dorlon, el traficante; sobre todo me interesan Zein la Cadena y Fura la Cicatriz, dos de los cinco Altos Oficiales que conforman la Zarpa del Oso Custodio del Sacro Imperio de Leene, que tanto juego pueden ofrecer en el futuro.

La historia queda abierta, da para más… necesitamos más. Sólo queda esperar ese día en que Ferran Varela deje correr su imaginación y de rienda suelta a su pluma para deleitarnos con su prosa serena, casi poética y nos cuente nuevas aventuras de Mezen el Ariete y Nara, el Jilguero. Las esperamos.

Respecto a la edición, El Arcano y el Jilguero supuso el inicio del nuevo formato para grandes novelas de Ediciones El Transbordador, de mayor tamaño y número de páginas, que se agradece y tan buen resultado está dando a esta editorial pequeña que, con su buen hacer, continúa escalando puestos en el mundillo editorial, tan complicado hoy. La calidad es una apuesta que da frutos. Y El Transbordador los está consiguiendo.

Todo cuanto diga de más no tiene sentido si lo contado no os mueve a leer esta novela -algo que recomiendo encarecidamente y agradeceréis- o ya lo habéis hecho. El Arcano y el Jilguero, de Ferran Varela en Ediciones el Transbordador lo merece.

Y dará mucho que hablar, ya veréis.

Encuentro con STEPHEN KING

Fue una noche completa. Y muy entretenida. Catorce personas hablando de forma distendida -bebidas y comida delante- acerca de la obra del gran maestro de Maine, autor de más de doscientas novelas y relatos, principalmente de terror, pero también fantasía y sobre temas de interés social. Recientemente, su nombre ha sonado como candidato al Premio Nobel de Literatura (un poco excesivo, quizá; pero cosas más raras se han visto).

Tras la presentación de Tony Jiménez, invitado especial esa noche (trataremos su obra en el siguiente apartado), nos centramos en la figura del maestro del Terror, de quien es todo un entendido. No en vano ha publicado el libro Las Pesadillas de Stephen King [1], en dos volúmenes (de momento), en los que compila su obra.

Comenzamos con la pregunta de quién es o qué representa SK para Tony Jiménez:

«En literatura, prácticamente todo. Antes de King yo leía ya terror, Lovecraft, Matheson que me encanta, incluso Barker; pero lo que es amar el terror, fue con King.  Fue leer sus primeros libros (creo que tenía diez años), «Misery», «Carrie» y creo que «IT», los primeros de aquel coleccionable de tapas doradas en los quioscos (por cierto, un coleccionable de King, hoy, sería genial) y me dije “yo quiero provocar lo que provoca este hombre” (otra cosa es conseguirlo).  Con King me enamoré de la literatura de Terror. Desde entonces, todos mis libros están influenciados por él. 

«Así que, a nivel de escritor, para mí significa todo.  Y a nivel de lector, casi, casi… es de los pocos autores que sigo en todo; tengo todo lo que publica, en varias ediciones.  Es puro vicio coleccionista. Al final, es una marca.  Saca cualquier cosa y la buscas, aunque después alguna no te guste, que de todo hay.  Aún así, las he leído varias veces.  De modo que, para mí… Maestro, Maestro, Maestro».

— Un modelo a seguir, vamos.

«Sí.  Sobre todo, porque es una persona muy humilde, alguien que siempre ha tenido los pies en el suelo, incluso cuando se drogaba, y escribe sobre lo que a mí me gusta, es muy de izquierdas (más rojo que la madre que lo parió…) y nada religioso, aunque sí muy espiritual; en sus libros hace mucha crítica a la Iglesia, a la idea de Dios, cosa que me parece muy interesante; su concepto del ser humano, el estudio psicológico que realiza sobre nosotros como especie…  No sé, me siento muy identificado con sus pensamientos».

La idea inicial era que Tony nos diera una charla sobre su visión y contara todo lo que quisiera acerca de Stephen King y su obra. Cuando se lo recordé…

«Hombre, he escrito un libro de seiscientas páginas… podéis comprarlo» (risas).

Y decidimos continuar con las preguntas que más nos interesaban a cada uno, en aquel ambiente distendido y casi de familia que se había formado.  Tony las respondió todas, sin excepción. (Había pensado incluir junto a cada pregunta el nombre de quien la hacía, pero somos muchos y sería un galimatías; mejor como grupo. Además, así os reconocéis y jugáis a recordar -o adivinar- quién hizo las otras):

—¿Qué te parece el muchacho…?  Acaba de soltar otra obra, hace diez minutos [“El Instituto”].  Conecta con Ojos de fuego, aunque no directamente, hay una relación, niños con poderes.

«Sí, prácticamente hace diez minutos… y yo aún no la he leído…».

—¿Cómo influyó que, de repente, la industria del cine comenzara a adaptar las novelas de SK? ¿Influyó en su escritura?

«Creo que sí.  Influyó en su escritura, pero sobre todo en su reconocimiento y fama; le dio un empujón muy grande.  El hecho de que su genial novela “Carrie”, que es del 74 se estrenara en el cine sólo dos años después fue un subidón».

Alguien comenta que poco después “El Resplandor” (que inicialmente se tradujo por “Insólito esplendor”) lo consolidó definitivamente.

—¿No piensas que cada uno tiene una imagen propia de King? ¿Su icono favorito? Tiene tantos libros, tantas historias, es tan prolífico que cada uno ve en él una cosa diferente.

—Demasiado prolífico…

—Pero siempre ha dado en la diana…

«Para hacer un ensayo sí es muy prolífico. Yo voy por dos libros… y queda un tercero».

Opiniones encontradas, unas a favor y en otras contra de la cantidad y calidad de su obra. Finalmente, se reconduce el tema:

—¿Cuántos libros llevaba King cuando se hace la primera adaptación cinematográfica de “Carrie”?

«Unos cuantos.  No publicados bastante, todos los de Richard Bachman, que así firmaba hasta entonces.  Eso terminados, porque sin terminar creo recordar que tenía un esbozo de “La Cúpula”, que antes se llamó “Los Caníbales”; una idea que me parece muy interesante y que debería desarrollar en otro momento: un edificio de apartamentos donde la gente se queda encerrada y, con el transcurso de los días, un grupo intenta alimentarse del resto… Si no lo hace, le robo yo la idea» (risas).

«Creo que la primera que novela terminada fue “La Larga Marcha”. Aunque la escribió tan cercana a “Rabia”, “El Fugitivo” y “Carretera Maldita”, en sus tiempos de universidad, que he encontrado libros de referencia que equivocan las fechas.  Buscando, buscando e informándome muchísimo, al final sale, por muy poco, “La Larga Marcha”».

—Entonces, la primera que publica como Stephen King es “Carrie”. ¿Y directamente le compran los derechos para el cine?  ¿Cómo es posible?

«Debido al bombazo que fue la novela.  Sí, los derechos tardaron muy poco.  Y tuvo que ir la mujer a avisarle al colegio donde trabajaba porque no había teléfono.  Fue un contrato de los gordos, de los de mucho dinero, más para alguien que empezaba».

—Y con un director de prestigio, Brian de Palma, no cualquiera.

«Sí, algo curioso de las adaptaciones de King, sobre todo los primeros veinte años, es que han tenido directores que forman parte de la historia del cine, auténticos mitos; tanto directores como reparto.  Últimamente casi se está volviendo a eso, mitad y mitad.  De hecho, la última película, que se estrena ahora en Sitges y aparece en Netflix, “En la Hierba Alta”, tiene como director a Vincezo Natali (Cube, Splice).  King es un tío que ha tenido mucha suerte en este aspecto porque, como él mismo dice, ha estado en el momento adecuado con el material adecuado.  Imagina que “Carrie” no hubiese triunfado como novela o su adaptación hubiera sido un fracaso…  Por ejemplo, si alguien quiere hablar de “El misterio de Salems’ Lot”, que lo haga, porque yo bien no puedo hablar.  No es de mis favoritas…».

—Pero hay quien la pone muy bien…  De hecho, el escritor John Connolly, en un ensayo en uno de sus libros, comenta que esa película le influenció para decidirse a escribir.

«Sí. Si tiene tanta fama es porque es buena, pero a mí… creo que me pilló tarde.  Llegué a ella después de haber visto “Muñeco Diabólico”, “Viernes 13”, “Cementerio de Animales” y me impresionó poco.  Es como, por ejemplo, la primera “IT” que, vista en su momento, me impresionó; crecí con ella, pero, con el tiempo, le ves sus fallitos, aunque a mí me sigue encantando.  Entonces, yo creo que la primera de “El misterio de Salems’Lot” (luego tuvo una adaptación en 2004, con Rob Low haciendo de vampiro).  -Alguien salta: «Prefiero la primera»-. Pero a mí la primera (Tobe Hooper, 1979) no me impactó.

—Mientras tanto, “Blaze” y “La Niebla” se quedan en el cajón.  “Blaze”, si no la habéis leído es una novela “noir”, no de terror, escrita por Richard Bachman.

—Para mí, hay una película que no he podido volver a ver, “Cujo”.  No la soporto [opiniones distintas, a favor y en contra].  La novela es magnífica, pero la película…  me muero de verme en esa situación.

Tras un largo cruce de opiniones, Tony sentencia:

«Hay películas sobre obras de King que, tras el nombre y un título llamativo, la historia no tienen nada que ver.  Un caso típico es “El Cortador de Césped”, que sólo tiene el título.  Si lees el relato, va de dioses paganos; te ves la película y tiene el cortador de césped y poco más.  En realidad, está basado en el relato de otro autor; hubo ahí una serie de demandas bestiales.  Y lo de “Perseguido” me parece divertidísimo: la novela me parece bastante buena, luego te sacan una película de acción al estilo de los ochenta, con Schwarzenegger…  De existir internet hubiese ardido en ese momento.

—Hay gente que dice que “Los Juegos del Hambre” está basada en esa novela…

«”Los Juegos del Hambre” está basada en “Battle Royal”. Y ésta, ¿de dónde sale?…  Pues, más o menos…  Me gusta mucho la época de Richard Bachman, su primera época, cuatro libros que yo creo están muy conectados; “El Fugitivo” parece que está en el mismo universo que “La Larga Marcha”, me parece una de las mejores novelas de King, yo la estaba leyendo y sudaba, me parece una novela angustiosa, afixiante… Es del mismo estilo: un programa de televisión, una crítica a la televisión, al gran hermano, etc… 

—Pero la pregunta es si bebe o no de “Los Juegos del Hambre.

«Sí.  Yo creo que sí.  Yo, como escritor, lo digo mucho: creo que lo original es el enfoque que tú le das a un tema, y eso King lo hace muy bien, no ha reventado las ruedas nunca.  En Salems’Lot él mismo lo dice, es Drácula; pero Drácula en el universo King.  “IT” me parece una novela de Lovecraft muy escondidilla, con muchos elementos de King, como si hubiesen decidido escribir cada uno lo suyo y después unirlos.  “Carrie” igual, aunque introduce el concepto piroquinético.  Pero “Ojos de Fuego” es más o menos lo mismo, y “Christine”, como se decía en la época “es Carrie para hombres”; salvo por el coche, el concepto es el mismo.  Además, King lo dice: “yo no hago nada original, es el enfoque que le doy a un mismo tema”.

—Pero “Sonámbulos” no está basado en ningún guión conocido.

«Además, me parece una película descacharrante, muy divertida; son hombres gatos…  Y el rodaje, nada más por los cameos…  hay fotos de King, con Clive Barker, muchos directores de terror y Mick Garris, que es el amiguito de todos.  Pero no está basada en nada».

SK tiene muchos padres literarios, pero siempre ha reconocido que, sin Richard Matheson, que a mí me encanta, no existiría.  Lees relatos de ambos y ves la conexión. SK, en gran parte, viene de ahí.

—Os he estado escuchando 20 minutos, y tenéis que admitir que SK es cine.  No habéis hablado apenas de literatura.  Sé que todos leéis como animales; y muchos, como Tony, también escriben… y sólo hablamos de cine.  La literatura está muerta, solo sirve para hacer guiones, todo lo demás no vale.  King es cine.  Sólo habláis de cine, vosotros, que sois lectores constantes.  Imaginad a uno que sólo ha leído dos novelas de King.

La polémica está servida.  Cruces de opiniones en contra, que apenas se dsitinguen.

—No es así.  Se han hecho referencias a novelas.  Pero es verdad que en su mayoría a películas.  Al final, te quedas con la imagen de la película sobre el libro.

—Es que eso es KingKing es quien ha hecho dar el salto desde el cine clásico de la Hammer al cine de Terror actual.  Ha sido él.  Hombre, otros como Clive Barker, han ayudado, pero ha sido King.  Esa es su maestría.

Murmullos entremezclados, voces que se entrecruzan.  Parece que nuestro polemista oficial ha sentenciado y el partido llega al descanso (aunque cerveza no ha faltado).  Pero hay tiempo para más, mucho más.

—Yo… le quería preguntar a Tony: para ti, que época o qué novelas son las mejores de King.  Según tu gusto y criterio.

«Precisamente, en el ensayo, que hemos dividido en dos, el King clásico y el King moderno, digo que -hasta el momento- tiene tres etapas: la de los ’80, de terror más puro, que a mí me gusta mucho; después, en los ’90, resulta curioso que los críticos comienzan a considerarlo un escritor “serio” (hasta entonces, parece que no lo era), con “Dolores Claiborne”, “La Tienda”, “El Pasillo de la Muerte”, que son temas donde vemos al King de ahora, menos interesado en terror y más en el elemento fantástico (algo que también hace su hijo, Joe Hill); y luego está la etapa más contemporánea, en la que escribe terror cuando se lo pide el cuerpo, pero sus mejores libros no son de este género; al contrario “22-11-63” me parece una de sus mejores obras, una novela romántica y de ciencia-ficción, y no sabes de cuál tiene más; “Mr.Mercedes” a mí me encanta y es un thriller.

—A eso voy.  Yo conocí a King en su primera época, que me gustó y mucho. No lo he leído todo pero, lo que leí, lo disfruté.  Después, me cansó.  Cuando comenzó con la fantasía lo dejé; leí algunas obras suyas y, sinceramente, me cansó. De fantasía había muchas cosas mejores que las suyas.  Y de la tercera época no he leído nada.  Me han recomendado dos o tres, “22-11-63”, “La Historia de Lisey” y alguna otra.  Por eso te preguntaba (¿a quién mejor?) cuáles son tus preferidas.

«”La Historia de Lisey” a mí me gustó mucho.  Creo que es su historia más personal. Pero no es para todo el mundo, porque es muy intimista, tensa; mucha gente me dice que no sabe qué ha querido contar en ella, y les respondo: “pues una historia de amor”, su historia; además es una oda a la creatividad, un proceso creativo increíble; cómo la creatividad te puede llegar a curar, sea cual sea tu profesión.  A mí, personalmente, me gustó mucho, y eso que la empecé reticente porque, claro, lees la sinopsis y piensas “menudo ladrillazo me va a soltar”.  “El Retrato de Rose Madder” me gusta, pero me parece un ladrillo, una de las idas de pinza de King, como en “Cell”, que es un tocho; de repente empiezas a leer y piensas “¡Madre mía, este hombre se ha liado!»   Comienza a escribir y no para.

—Pero… ¿“Cell” no mola?

«A mí me gusta, pero cuando los zombis empiezan a volar…  Es la típica novela de zombis, pero por King, porque para novela de zombis tenemos “Cementerio de Animales” que es una pasada. Esta una de apocalipsis zombi, pero cuando comienzan a evolucionar… es cuando digo que se le ha ido la pinza, comienza a mezclar; (¡ojo: spoiler!) adquieren poderes telepáticos, a levitar, actúan como enjambre… y llega un momento en el que dices ¡bufff…!  Eso sí, el principio es uno de los mejores que ha escrito King.  Y la película… ¡Madre mía…! y eso que soy muy permisivo con las adaptaciones de sus obras».

—De los personajes de SK, que son muchos y variados ¿con cuál te quedarías?  ¿Cuál es que te ha impactado o te ha llegado más?

«Pues… (risa).  Dolores Claiborne me gusta mucho; además, hubo una época en que a King se le tachó de machista (tocaba ese día), pero lees “Dolores Claiborne” y te tienes que reír.  De “El Resplandor”, Jack Torrance me parece un personaje fabuloso, y el niñooo… los niños King, esos que se comportan de forma adulta, más que su edad, me encantan.  Hay uno que aparece en “La Mitad Oscura” que me encandila, sobre todo cuando vemos su evolución en la novela.  Y los perdedores de “IT” me parecen, todos, creaciones estupendas; además, le coges un cariño que, cuando llegan a adultos, quieres tirarlos a la basura».

—¿“IT 2” no te ha gustado?

«Me ha gustado.  Pero es una prolongación de la primera -que me encantó, sinceramente-. Me parece una película de terror divertida, en plan “Pesadilla en Elm Street” que, más que dar miedo, es para pasar un rato divertido, pasártelo muy bien.  A mí, claro, la original me cogió chiquitillo y cuando vi el payaso comiéndose a los niños… (risa nerviosa)».

—Yo creo que está mejor la mezcla de las dos en una.  En el libro es una historia que incluye las dos épocas, contadas con flashbacks al pasado, que te hace dar cuenta de lo que había entonces y pasaron de niños.

«Esta segunda tiene más flashbacks de los que yo creía.  Pensaba que habría un par de recuerdos y poco más, pero es verdad que llega un momento en que se llena de flashbacks al pasado, y si le hubiesen añadido un par de horas más hubiese salido la novela entera.  También es verdad que se trata de una de las obras de King más complicadas de adaptar, ni siquiera en una serie, porque tiene pasajes…, el rito de Chüd es muy complicado de llevar a la pantalla y que la sala no se quede…  Pienso que con la nueva han pretendido hacer un blockbuster de terror, una película que pueda ver todo el mundo y, en ese sentido, ha funcionado. Tiene cosas muy chulas.

—La han hecho para vender globitos… Yo adoraba el payaso de la primera película.  Lo hubiese mantenido…  Ese payaso clásico que todos tenemos en la cabeza.

Y con este comentario se acabó la «multientrevista», toda una party con Tony Jiménez sobre Stephen King, el mago del terror de Maine.  Necesitábamos descansar y reponer fuerzas para le segunda parte. 

Como veis, un rato extenso y divertido, en el que Tony, con la humildad que le caracteriza (parece tímido el chiquillo, pero cuando comienza no hay quien le pare), no eludió ninguna pregunta o tema que le sacáramos.  Puede hacerlo, os lo aseguro, pues de King sabe un montón.  Fue todo un lujo.

Que seguirá en la segunda parte (pero tened paciencia, porque fueron casi cuatro horas de grabación y este trozo sólo ocupa 45 minutos…)

[1] Las Pesadillas de Stephen King. v.1: «Here’s Johnny!», v.2: «¡Todos Flotan!«. Appelhead Team Creaciones.

SIDI, de Arturo Pérez-Reverte. Un relato de frontera.

«Eran hombres cuyo valor tranquilo procedía de mentes sencillas: resignados ante el azar, fatalistas sobre la vida y la muerte, obedecían de modo natural sin que la imaginación les jugara malas pasadas. Eran guerreros natos. Soldados perfectos».

Pérez-Reverte consigue, con Sidi, su última novela, un verdadero relato de frontera, como subtitula la obra. Y para hacerlo utiliza la figura legendaria de Ruy Díaz de VivarEn el Cid hay un 20-25% de verdad y un 75-80% que es leyenda«), un infazón de Castilla que, más allá de sus propios logros -que fueron muchos- llegó a ser ensalzado después como héroe nacional de la Reconquista y unificador de España, cuando en aquella época los conceptos «Reconquista» y «España» no se utilizaban, ni gozaban del sentido que hoy se les da, tamizados por el baño autárquico del imperialismo más rancio de una época pasada. Por ello ha recibido (sobre todo en twitter) una avalancha de comentarios despectivos, insultantes y fuera de lugar sobre la obra y, sobre todo, su persona, nunca exenta de polémica.

Sidi se centra en un periodo corto de la vida de Rodrigo Díaz, poco más de un año, tras caer en desgracia con el rey Alfonso VI, cuando ha sido desterrado y comienza su batallar por la frontera entre reinos. Un año y medio, entre 1081 y 1082 en el que asienta su leyenda y obtiene el sobrenombre de Sidi (Señor) con el que lo conocen los moros, por sus continuadas campañas de victoria, sin una derrota. «Sidi alQanbīṭūr» según fuentes árabes del siglo XI y XII. «Rodric o Ludriq alQambiyatur» en la forma romance (él firmaba Ruderico). «Mío Cid Campeador» en el Cantar del mío Cid.

El CID, de Antonio Hernández Palacios. Todas la imágenes no acreditadas son de este autor.

UN POCO DE HISTORIA PREVIA...

Ruy Díaz nace en Vivar (cerca de Burgos, ¿1048?), en el seno de una familia noble, los Laínez o Flaínez; aunque su padre, Diego, tuvo dos cosas en contra: ser segundón en su familia y haberse puesto del lado equivocado en un conflicto de familia real (como su hijo más tarde, junto al verdadero rey, pero cuando éste muere, caerá en desgracia), por lo que salió de la corte y se dedicó a ser capitán de frontera, obteniendo para sí las tierras que conquistase (salvo el quinto obligado del rey). Pero murió pronto. Su madre, también noble y en mejores relaciones con la familia real, consiguió que se educara en la corte como paje del príncipe Sancho.

Los dos jóvenes congeniaron desde inicios; ambos tenían los mismos gustos, sobre todo la guerra, donde destacaron. A los 16 años acompaña a Sancho en la defensa de Graus contra el rey de Aragón, Ramiro I. Graus pertenecía al rey al-Muqtadir de Zaragoza, aliado de León, al que pagaba parias para que la defendiese (en aquella época eran casi más frecuentes las reyertas entre reyes cristianos, o moros entre sí, que los enfrentamientos entre moros y cristianos). Con el tiempo, Rodrigo progresa. A los 19 años es nombrado alférez, segundo en el mando del ejército tras Sancho; sabía leer y escribir, conocía las leyes y las interpretaba, sabía calmar los ánimos destemplados de su príncipe y era un gran estratega, además de buen guerrero individual. En una disputa territorial, vence al alférez de Navarra en combate singular, lo que, junto a otras victorias le hace obtener el título de Campidoctor (Campeador = guerrero que sobresale en el campo de batalla con acciones señaladas).

Pero Fernando I muere y divide el reino entre sus hijos: Castilla para Sancho, León para Alfonso y Galicia para García, el menor; a Urraca le da la ciudad de Zamora. Sancho, el mayor, que esperaba el reino completo, arrebata Galicia a su hermano con ayuda de Alfonso y, más tarde, vence a éste en la batalla de Golpejera, en 1072 (con Rodrigo al mando del ejército). Tras siete años de guerra, Sancho II se corona rey de Castilla, León y Galicia; el reino unificado de nuevo. Alfonso se exilia en Toledo, reino de su vasallo al-Mamún. Pero en la toma de Zamora, el traidor Bellido Dolfos asesina a Sancho y Alfonso VI sube al trono. Tiene lugar entonces la jura de Santa Gadea (Burgos), un episodio no documentado (aunque aparece en diversos Cantares de Gesta y la Crónica Najerense [S.XII]), donde Rodrigo, al mando de las tropas, le hace jurar que nada tiene que ver en la muerte de su hermano. Este hecho, y el haber vencido a sus tropas en Golpejera, es el origen de la enemistad de Alfonso y Ruy, a quien desprovee del título de Armíger (el que porta sus armas) y Alférez, en favor del conde García Ordóñez. Pero no es la causa de su destierro, ni llega a perder su favor: durante unos nueve años (en la novela seis meses) sigue desempeñando cargos de confianza, se casa con Jimena, sobrina o prima del rey (con quien tuvo tres hijos, Diego, Cristina y María), y es encargado de cobrar parias a reinos andalusíes, incluso luchando en batallas de unos contra otros (en una de ellas fue hecho prisionero García Ordóñez, que lo considera una humillación). En otra ocasión entró en el reino de Toledo y al-Qadir, amigo del rey, se queja de él. Este (y las rencillas de García Ordoñez) sí fue el origen de su destierro. El primero de dos.

SIDI. LA NOVELA.

Justo en este punto inicia la novela. Poco de lo anterior recogen sus páginas, salvo en flashbacks, recuerdos etéreos que asaltan al protagonista en momentos previos a la batalla o circunstancias concretas que lo requieren. La historia se centra en los hechos tras el exilio («si vos, señor, me desterráis por un año, yo me destierro por dos». Después serían cinco).

La Cabalgada, primer cuarto de la obra, recoge aquellos primeros momentos en que Ruy Díaz, junto a unos cien seguidores, la mayoría de Vivar, e inicia su aventura mercenaria en la frontera; sin reino, sin víveres ni auxilio de nadie por orden del rey, sin señor al que servir… Consigue un contrato del burgo de Agorbe para dar caza a una aceifa morabí que recorre la amplia franja fronteriza entre los reinos asaltando granjas y ermitas por pillaje, asesinando a cuantos colonos hayan a su paso, familias dispersas de castellanos o mozárabes asentados en tierra de nadie en busca de su sustento. De ahí la similitud con el oeste americano de las películas; un western medieval.

La persecución, lenta y pesada, plagada de flashbacks retrospectivos, define el carácter de Ruy, un hombre frío y calculador, que actúa sin precipitarse, que analiza cada detalle y mantiene la calma; también la distancia con sus hombres («las leyendas sólo sobreviven vistas de lejos»), pero a los que conoce y llama a cada uno por su nombre, y ellos saben que no exige a nadue nada que él mismo no haga y es el último en abandonar la batalla. Por eso le siguen. Por eso le admiran. Exiliados, hombres de frontera que buscan su pan de la única forma que saben; que conocen la piedad pero no rechazan la crueldad de sus actos y una vida que la exige (las cabezas cortadas de los morabíes son la prueba del trabajo realizado). Hombres duros y alegres, hechos a la vida que llevan, los mejores en su oficio; desfilan ante nuestros ojos a pinceladas que se irán concretando durante el resto de la obra. Como Minaya Álvar Fáñez, segundo al mando, amigo y consejero, leal ejecutor de sus órdenes, prefiere no decidir; Galín Barbués, el alegre almogávar, fiable como explorador; Martín Antolínez, eficaz con los números, responsable de provisiones, reparto de bienes y botín; Pedro Bermúdez, su sobrino y alférez, siempre a su espalda con el banderín; Diego Ordóñez, deslenguado y brutal, un animal de la guerra… y tantos otros.

Exiliado de Castilla, con nuevos hombres que se han unido a sus huestes, doscientas lanzas, aclamado como Sidi por enemigos y amigos, Ruy Díaz busca un señor cristiano al que ofrecer sus servicios a cambio de una soldada y un techo para sus hombres. El rey de Aragón anda en conflictos con Alfonso, su señor natural pese al destierro y no se lo plantea; además, en la batalla de Graus había muerto el anterior rey y no sería bien recibido. Acude pues a Berenguer Remont II, conde de Barcelona, en pleitos con demasiados vecinos y necesitará sus fuerzas; su única exigencia, guerrear contra cualquiera menos Castilla. Pero el conde, altivo y pedante, poseedor de una espada única, la Tizona, le trata con desprecio y exige lealtad total y única, que el de Vivar rechaza. Sólo le queda la taifa de Zaragoza, cuyo rey, al-Muqtadir fue aliado de Castilla, aunque sus hombres recelan de servir a un musulmán. Su heredero, al-Mutamun, hombre sabio, educado y listo, que domina el castellano y piensa que Alfonso ha cometido un error al no mantenerlo a su lado, lo recibe con brazos abiertos, le pide doblar sus huestes y le encomienda la campaña contra al-Múndir, su hermano y gobernador de Lérida, que a la muerte de su padre se ha proclamado rey y no acata sumisión a Zaragoza, aliado con Sancho Ramírez de Aragón y el conde de Barcelona. Berenguer Remont II (aunque su figura aparezca ciertamente desdibujada y, muy posiblemente, viciada por el error) queda establecido como el villano de la historia, la némesis particular de Ruy Díaz en esta etapa de su vida, el enemigo a vencer.

Considero oportuno resaltar dos personajes musulmanes que resultan atractivos en la novela: Yúsuf al-Mu’taman, rey erudito y sabio de la taifa de Zaragoza, a cuyo servicio se pone Ruy con sus hombres, sin comprometer su lealtad a Castilla. Aquí se nos presenta como hombre educado y de modales suaves, comprensivo, cercano, defensor de la cultura y tolerancia andalusí, de costumbres civilizadas en la aplicación del Islam frente a la intransigencia divina de otras tendencias árabes o su Yihad. Pero fue ás, en realidad: el ejemplo palpable de un rey sabio. Como su padre, se rodea de una cohorte de eruditos; él mismo sabe de astrología, filosofía y matemáticas, disciplina a la que aporta, incluso, un tratado, el Kitab al-istikmal o Libro de perfección, que no sólo compendia y supera las matemáticas griegas de Euclides y Arquímedes o las amplía con aportaciones musulmanas, sino que formula él mismo un teorema de geometría elemental que no sería conocido en Europa hasta seiscientos años después, cuando lo plantea Giovanni Ceva. Hay un párrafo, al final, en el que conversa con Ruy, que marca el espíritu de la novela:

—No somos tan diferentes, ¿verdad?
No, mi señor. Creo que no lo somos.
De religión distinta, pero hijos de la misma espada y la misma tierra.

La segunda figura atractiva es la de Yaqub-al-Jatib, rais de las fuerzas musulmanas de Zaragoza que al-Mutamán pone bajo mando del Cid. Guerrero poderoso y líder de sus tropas, de clara ascendencia omeya, pues se nos presenta rubio y con ojos claros (sí, había moros así -y no pocos- en el Al-Andalus del Califato Omeya, fruto de los cruces de sangre entre distintas culturas; el propio Abderramán III, tenía tres cuartas partes de ascendencia visigoda, pelo rubio rojizo y ojos azules; se teñía la barba de oscuro para parecer más árabe). Su relación con Ruy, tensa al principio, mera obediencia de órdenes de su señor, pasa de la sorpresa al reconocimiento cuando lo conoce, alcanza la admiración personal mientras lo trata, y termina en confianza y lealtad absoluta en poco tiempo; virtudes que son recíprocas por parte del Campeador, que lo considera uno más de sus capitanes.

VALORACIÓN.

Literariamente, la novela no es ninguna maravilla, pero sí interesante -como casi todo lo que escribe Arturo Pérez-Reverte-, en especial por la figura del protagonista, tan especial para muchos, cercana a todos. Él lo desmitifica y llama por lo que es: un mercenario, que lucha por su pan y el de los suyos; la desprovee del halo casi místico que se le ha pretendido otorgar y dibuja como un hombre -un gran hombre- de frontera en tiempos duros; muy duros.

La imagen de Ruy Díaz de Vivar –Sidi Qambitur para amigos y enemigos-, resulta en la novela un muestrario claro de las cualidades de un líder: frío y distante en el análisis; cercano y cálido con los hombres antes de la batalla; arrojado en el peligro, paternal en la lucha; dialoga y admite sugerencias, pero él toma las decisiones; comprensivo, abierto a las diferencias (de cultura o religión) pero inflexible en el cumplimiento de sus órdenes… Todo un compendio de estilos de liderazgo, válido para un manual de auto-ayuda y cualquier escuela de negocios, pues recorre todas -o muchas de- sus variantes para conformar la figura de un líder nato, reconocido por todos.

Por el contrario, la presencia femenina es prácticamente inexistente. Bien es verdad que en un relato de frontera, un western medieval como éste resulta difícil, cuanto no forzado o producto de la fantasía. Pero, en ella, ni Jimena alcanza la categoría de personaje, unas líneas de diálogo, una escena que recoja su figura o personalidad; queda limitada a una estampa efímera en la memoria a las puertas de San Pedro de Cardeña, al amparo de la Iglesias junto a sus hijas. Ni tan siquiera merece del Cid un atisbo de culpabilidad tras aceptar los favores de Raxina, la hermana viuda del rey de Zaragoza, mujer instruida, espléndida, que cita versos de la poetisa cordobesa Walida al-Mustaqfi para definirse; que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. La única mujer con personalidad propia en el relato, también con sangre nezrani en sus venas, el carácter decidido de su madre navarra. Poca justicia al magnífico cuadro de Ferrer Dalmau, La Despedida, que luce como portada.

Echo en falta un recuerdo a su hijo Diego (1), que ni aparece en la obra, como si no existiera. Es cierto que en el destierro podría no estar con su madre y hermanas; por aquella época tenía cinco o seis años, y era habitual que se educase como paje de algún noble. Pero un hijo, su heredero, debía ser importante para el hombre (se dice que, con su muerte, el Cid, ya señor de Valencia, quedó desolado)… y no merece ni un sólo recuerdo en la obra…

No soy entendido en Historia ni la figura del Cid, pero cuando leo novela histórica me gusta indagar en las fuentes, acudir a libros y revistas que traten el personaje y su entorno, que confirmen y amplíen lo tratado. Y de Ruy Díaz hay mucho escrito o indagado más allá de la leyenda. Y junto a datos documentados o posibles que confirman lo narrado, también he hallado dudas y contradicciones, fechas, que no cuadran y deben considerarse enfoque personal o licencias artísticas del autor. A la ya citada ausencia de Diego, ha de unirse el periodo que transcurre entre la muerte de Sancho II y el exilio, definido aquí en seis meses (2). Por último, la muerte de Ramón Berenguer II por su gemelo, Berenguer Remont II, que se da por ocurrida en la novela, cuando parece suceder meses después de su derrota en la batalla de Almenar (3).

Personalmente, no considero SIDI una de las mejores obras del autor; he disfrutado más otras, donde el suspense y la tensión de una trama bien llevada o varias líneas de acción me han gustado. Pero, como he dicho, me ha interesado. Incluso me gustaría una continuación, pues materia hay: si Pérez-Reverte quiere limitarse a escribir un relato de frontera, aún dispone para contar tres años de destierro y victorias, junto al polvo, sudor y hierro del poema de Manuel Machado; y muchas peripecias más, si lo desea, hasta su muerte. Pero el autor ha comentado que SIDI está concebida como obra única, sin continuidad.

Insha’Allá. Dios es grande y el tiempo lo dirá.

NOTAS:

(1) Diego Rodríguez, o Diego Ruíz. En el segundo destierro sí anduvo con su padre en la campaña de Levante. Murió joven, en la Batalla de Consuegra (1095). Desde 1997, se conmemora anualmente su recuerdo en Calahorra.

(2) La muerte de Sancho en Zamora se data en octubre de 1072. El destierro de Rodrigo a finales de 1080 o inicios de 1081.

(3) La derrota y captura de Berenguer Ramón II en Almenar tiene lugar durante el verano de 1082. En la novela se sugiere (y el propio Ruy se lo echa en cara al Conde) que estuvo implicado en el asesinato de su hermano. Sin embargo, éste no ocurre hasta el 5 de diciembre del mismo año, y la gesta donde se dilucida la acusación, que pierde, sobre el 1097 (se cree que, a raíz de ello parte a Jerusalén en la primera cruzada y allí muere).

La Despedida. Arturo Ferrer-Dalmau.

PÁNIKAS, de Pilar Pedraza: El gran Dios Pan no ha muerto.

Qué decir de Pilar Pedraza (Toledo, 1951); doctora en Historia, investigadora, profesora titular de universidad, ex-Consellera de Cultura en la Generalitat Valenciana y reconocida escritora de ensayo o narrativa de terror, en la que se mezclan rebeldía y feminismo, mitología y sensualidad, horror y muerte. Por sus escritos ha recibido todos los premios posibles.

Su último trabajo, Pánikas, publicado por Ediciones El Transbordador a inicios de año, es una excelente novela corta (se lee de un tirón) que le confiere, sin duda, el distintivo de gran dama gótica y sublime de la literatura española (su obra trasciende el género, sin dejar de serlo).

La acción transcurre en 1993. La vida de su protagonista, Sofía Fontbona O’Connor −profesora universitaria de literatura griega, casada, feúcha y con gafas, aquejada de síndrome bipolar− ha estado siempre relacionada con el mundo antiguo; ahora se cubre de una pátina hermosa de mitología pagana, en el curso de verano al que asiste en la isla griega de Astipalea.  Allí, los dioses de antaño se confunden y hacen presente, toman cuerpo de sátiro y despiertan en ella sueños pánicos de sensualidad y deseo; pasiones no satisfechas que, a su regreso a España, derivan en pesadillas, alucinaciones surrealistas de su síndrome bipolar, que la desconectan del mundo días enteros y la hunden en un mar de opresión.  Y es ahí, en ese surfear en los infiernos, donde la maestría de Pedraza como escritora se desata; su narrativa eficaz y fácil y unas descripciones intensas, nos lleva a vivir, a su lado, las terrible pesadillas que agobian sus sueños hasta la asfixia.

Su tratamiento y proceso de curación, desde la experiencia lisérgica de Lucy in the Sky with Diamonds, los fármacos más fuertes (“Menos pastillas y más Teócrito”) o la meditación budista, deben mucho a quienes la rodean; personajes entrañables que Pilar Pedraza retrata e ilumina con destreza: Amador, su adonis-marido, la armonía de Freddy LaBerge y su sueño lúcido (un concepto muy atractivo), o el magnetismo animal del seductor Janos Hunyàdi. Cuando los lazos del sueño se restauran con el cosmos, en un proceso dramático donde no falta la muerte, presente siempre en la obra de Pedraza, la enfermedad remite. Y Sofía regresa a lo pagano…

Pánikas es un canto sublime a la esencia del ser humano encarnado en mujer; en palabras de Luis Pérez Ochando (en un prólogo excepcional), es la obra más femenina e interna de Pilar Pedraza.  En ella, sensualidad e intelecto se entremezclan; lo sagrado y lo mundano, la razón y la locura se fusionan con la parte más salvaje del ser, esa que desea con anhelo el abrazo imaginario de Pan. 

Pero el gran dios Pan no ha muerto…

El Transbordador se luce con una edición espléndida (como merece la obra), que recrea el color y dibujos de su portada (también compuesta por el prologuista) y la convierte en una obra imprescindible para todo aquel que ame la buena literatura.

Mujeres Guerreras (IV): DARK AGNES DE CHASTILLON y otras espadachinas de R.E.Howard

Pocos, a estas alturas, desconocen que Robert E. Howard fue uno de los precursores (y quien asienta el prototipo) de la mujer guerrera como protagonista en la literatura fantástica (considerando como tal a la que, sin perder su esencia, se presenta en plano de igualdad con el hombre protagonista y destaca como éste -cuando no lo supera- en destreza con las armas, bebida, juramentos, o libertad para conducirse a su antojo cuando lo desea). Basó este prototipo de luchadoras en las guerreras de las tribus norteñas de la antigüedad, que tan bien conocía y amaba, muy diferentes de las doncellas que aparecían en los pulps de la época, para quienes se reservaba el papel de princesas, villanas, concubinas, prostitutas o brujas, nunca el de protagonista o camarada igual al héroe… Hasta entonces.

Weird Tales – Ago-Sep. 1936 (Margareth Brundage). (Todas las imágenes se amplían, picando en ellas).

Es cierto que él también utilizó esos roles en sus historias, movido por necesidades econó-mica, la demanda del público o el gusto de los editores, que no dudaban -también hoy- en utilizaban el cuerpo desnudo de la mujer en las portadas (e interior) de sus revistas para incrementar las ventas (y Margareth Brundage, una mujer, autora de la mayoría de ilustraciones de Weird Tales entre 1933 y 1938, fue un buen ejemplo). Pero no es menos cierto que, a veces, el papel de sus personajes femeninos sólo recogía el que históricamente ejercían las mujeres en un mundo salvaje y violento, dominado por los varones, como los que él describía. Con el tiempo -consolidado ya como escritor-, se alejaría del tópico.

«La tortura de una mujer desnuda e indefensa… especialmente cuando se trata de un miembro del sexo femenino de formas voluptuosas… parece excitar un cierto placer en algunas personas, las cuales, por el contrario, muestran su desagrado ante una sana carnicería en el calor y la furia de un campo de batalla. Lo primero me parece mucho más deleznable que hacer trizas a unos hombres armados… o la matanza de prisioneros en la locura de un combate»

Carta dE R.E.HOWARD a HP.LOVECRAFT (1)

Es en su serie más conocida, Conan el cimmerio, cuya publicación se inicia en 1932, donde introduce por primera vez personajes femeninos protagonistas a su altura, entre las que destacan por méritos propios Bêlit, «La reina de la Costa Negra», en el relato del igual nombre (mayo de 1934), y Valeria de la Hermandad Roja, en «Clavos rojos» (publicado en octubre de 1936, unos meses después de su muerte). Otras mujeres se acercan al prototipo de mujer liberada, independiente y poderosa. Fred Blosser, el genial analista del mundo hiborio en «La Espada Salvaje de Conan» (que volveremos a leer en las páginas del ómnibus #1, en breve) incluye también a la Devi Yasmina de Vendhya, de «El pueblo del Círculo Negro», cuya despedida descarada y orgullosa le hace elevar posiciones tras su debilidad anterior; pero, estrictamente, no se puede considerar una guerrera pues, dada su posición superior, no se haya en igualdad con el cimmerio. Tampoco Red Sonja, de Hyrkania, que es la traslación a la era hiboria en los cómics de otro personaje de Howard, que también veremos.

Conan y Bêlit, por Brom

Bêlit fue el primer y único amor verdadero del cimmerio; la conoce siendo aún muy joven y queda impresionado por su fuerte personalidad. Salvaje y despiadada, cruel con sus enemigos, muestra una feroz atracción hacia el bárbaro, a quien entrega una pasión sensual, hasta la lujuria más desenfrenada. Líder de un grupo de bucaneros negros a bordo del Tigresa, no duda ella misma en empuñar la espada para asaltar cuantos barcos hiborios encuentra a su paso y masacrar a sus tripulantes, sobre todo estigios, a quienes odia. Conan no duda en acompañarla y seguir los designios de una mujer, como lugarteniente a sus órdenes. Su regreso tras la muerte para defender a su amado en peligro, repesenta uno de los episodios más emotivos de Howard.

Ilustración de Harold Saylor De Lay para el interior de Weird Tales (agosto-sept. de 1936).

Valeria, una aventurera de la Hermandad Libre del Vilayet, es otra pirata de la que Conan quedará prendado, hasta el punto de desertar y seguirla cuando ella abandona. Espadachina hábil como pocos hombre, no duda en cruzar su arma con el bárbaro para defender su independencia y libertad. Tras un episodio con un dragón, vivirán juntos, como compañeros, una sangrienta aventura en la ciudad perdida de Xucholt, en un enfrentamiento de dos tribus hermanas que conllevará su extinción mutua.

Tanto H.S. De Lay en Weird Tales, como más tarde Barry Windsord-Smith en los cómics, siguieron con fidelidad en sus ilustraciones la imagen de la mujer, como la describe Robert E. Howard.

DARK AGNÈS DE CHASTILLON

Agnès de Chastillon. Ken Kelly

Agnès de Chastillon, Agnès de La Fère, o Agnès «la negra» como también se la conoce, es el mejor prototipo de espadachina o mujer guerrera, liberada y protofeminista a la fuerza. Sus relatos, escritos en algún momento entre 1932 y 1934, debido a su muerte prematura, no verían la luz hasta 1971 (aunque Catherine L. Moore -a quien se lo envió tras publicar el primer relato de Jirel de Joiry– se mostró entusiasmada con el personaje).

En «La Espadachina» («Sword Woman»), el primero de los relatos, Agnès es la hija pequeña de un bastardo que el duque de Chastillon, en Normandía, tuvo con una campesina, y que mantiene su nombre; antiguo soldado de muchas campañas junto a los Compañeros Francos, trata a las mujeres con el mismo desprecio que lo hacía cuando saqueaba, mataba y las violaba tras la batalla. Ha concertado su matrimonio con François, un petimetre de la región, que Agnés define como

«un buen cerdo, un puerco de grasa rancia, que no piensa más que en atiborrarse, hincharse, emborracharse y correr detrás de las faldas».

ROBERT E. HOWARD. «LA ESPADACHINA» (2).

Justo antes de su boda recibe la visita de Isabel, su hermana, sólo unos años mayor, casada y con un hijo, que termina por confesarle:

«…La vida es algo difícil para una mujer. Tu cuerpo esbelto y ligero se arrugará y encorvará como el mío, será arrasado por los sucesivos embarazos; tus manos se deformarán… tu mente se convertirá en algo turbio y melancólico… con tanto trabajo, tantas penas… y el rostro de un hombre al que odias siempre al alcance de tu vista (…) Mírame, ¿Te gustaría verte como me ves a mí?»

Y le entrega una daga de hoja afilada, para que se quite la vida con ella.

ROBERT E. HOWARD. «La espadachina» (2).
  • (Creo oportuno incluir estos párrafos porque nos muestran sin ambages, con sus propias palabras, el pensamiento real del autor tejano, acusado, a veces, de machismo).
alexasharpe-art.tumblr.com

Tras ello, mientras su padre la arrastra al altar y observa los rostros y cuerpos envejecidos de su madre y hermana, considera seguir su consejo. Pero cuando el cerdo de François se pone a su lado «sonriendo como un mono sin cerebro», Agnés cambia de opinión e incrusta la daga en su corazón. Después, con el vestido de boda, huye de su casa y se interna en el bosque, evitando el dardo que su padre le dispara con una ballesta.

Y es sólo el principio. Un comienzo de folletín, que se irá confirmando conforme avanza, hasta quedar transformado en una auténtica aventura intensa de capa y espada con toques históricos, cuya acción transcurre en Francia, en el primer cuarto del siglo XVI. Entre sus páginas se encuentran numerosos guiños o referencias a personajes de la época, desde el emperador Carlos (I de España y V de Alemania) a Lautrec en Milán (es de suponer que Odet de Cominges, hermano de Françoise de Foix, quien sí aparece en el siguiente episodio, y nos lleva a relacionar al villano D’Alençon con Charles IV de Valois y cuñado de Francisco I, cuyo reinado se inicia en 1515).

Etienne Villiers, diseño de Aaron McDonell

En el bosque, Agnès se encuentra con Étienne Villiers, un aventurero de pasado noble, vividor y aprove-chado, de excelentes modales y propósitos oscuros, que queda deslumbrado ante su porte; la acoge, viste como un hombre y le ayuda a escapar. Pero la intención de Villiers es venderla en un prostíbulo. Como está perseguido por los hombres de D’Alençon (es el único que conoce su traición a Francia con Carlos, el emperador) lo hace a través de Thibaud, uno de sus compinches. Cuando Agnés descubre la transacción, hunde su daga en el corazón de Thibaud y deja maltrecho a Étienne (a última hora se arrepiente, porque le salvó la vida). Pero comete el error de llamarle por su nombre y el posadero lo vende a D’Aleçon. Sintiéndose responsable, carga con él hacia la taberna de un amigo.

Allí encuentra a Guiscard de Clisson, jefe de los mercenarios y los Compañeros Francos, que busca hombres para enrolar en sus filas, en la campaña para evitar que el emperador eche a Lautrec de Milán. Ella se ofrece, pero la rechaza por no ser un hombre. Y tiene lugar uno de los mejores alegatos que Howard pone en sus labios:

«¡Siempre el hombre en un mundo de hombres! Una mujer debe saber cuál es su puesto. (…) ¡Mujeres: vacas, esclavas! Siervas temerosas que gimen y se arrastran, que inclinan la espalda bajo los golpes y se vengan…matándose con sus propias manos, como mi hermana me proponía. ¡Ja! ¿Me niegas un sitio entre tus hombres? Por Dios, viviré como quiera y moriré como el Señor lo desee, pero si no soy digna de ser camarada de un hombre, menos lo soy de ser su amante. Así que ¡vete al infierno Guiscard de Glisson, y que el diablo te arranque el corazón!».

ROBERT E. HOWARD. «LA ESPADACHINA» (2).

Leídas hoy, estas palabras suenan a habituales, incluso ya vistas (a mí me recuerdan, salvando las diferencias, a las que pronuncia Scarlett O’Hara en «Lo que el viento se llevó«). Pero recordad que están escritas sobre 1932, cuatro años antes que la novela de Margaret Mitchell y siete antes de la afamada película.

Inmediatamente después, sube a visitar a Étienne, quien se disculpa ante ella por sus actos. Pero cinco antiguos compinches hacen su aparición en busca de venganza por la muerte de Thibaud, de la que acusan al hombre, incapaces de creer que haya sido Agnès. Y es cuando ella manifiesta su capacidad innata: esgrime la espada de Villiers y se deshace uno a uno de los cinco, que mueren sin dar crédito a cuanto contemplan. No así Étienne Villiers, que siente cómo crece su admiración por ella. Ni Guiscard de Clisson que, ahora sí, la enrola en sus filas.

«—Como compañera de armas -le respondí-. No soy amante de nadie.

De nadie, salvo de la muerte -replicó, mirando los cadáveres».

ROBERT E. HOWARD. «LA ESPADACHINA» (2).
Dark Agnès, por Mark Schultz.

La historia no acaba ahí (ya os dije que es intensa). Tras semanas de entrenamiento en la esgrima y ya equipada como uno de los Compañeros Francos, parte con de Clissson hacia Italia, donde les esperan el resto de sus tropas. Nunca llegarán. Por el camino, les esperan los secuaces de D’Alençon, al mando del capitán De Valence, quienes confunden a Giscard con Étienne y lo matan de un balazo. Después persiguen y acorralan a Agnés en un acantilado, de donde escapa, finalmente, con ayuda de un canalla arrepentido.

En «Espadas por Francia»,(«Blades for France»), segundo episodio del personaje y continuación del anterior, Agnés de La Fère cabalga sola por los caminos. Ha quedado con Étienne (a quien ahora llama amigo) para huir juntos a Italia, lejos de los hombres de De Valence que les persiguen: a Villiers, por cuenta de D’Alençon como sabemos; a ella por ser la única testigo que puede relacionarlo con el asesinato de Guiscard de Clisson.

Dibujo de Aaron McDonnell para el cómic «Savage Sword of R.E.Howard» , de Dark Horse

Cuando un rufián malcarado se cruza con ella y la molesta, critica su forma de vestir como un hombre y requiere sus caricias a la fuerza («¿tendré que matar a la mitad de los hombre de Francia para que aprendan lo que es el respeto?»), se ve obligada a cruzar su espada con él y cumple lo prometido. Después, cambia su capa escarlata raída por la del hombre, negra, de calidad y con un brocado dorado que la adorna, y guarda el antifaz negro que encuentra en ella.

Este hecho la introduce en un complot interna-cional al más puro estilo de Alejandro Dumas en Los Tres Mosqueteros«, cambiando su época, detalles y ambientación histórica. Así, aparecen como personajes, Françoise de Foix, amante oficial del rey Francisco I; Charles, duque de Borbón (que puede ser tanto Charles de Montpensier, III de Borbón, que terminó enemistado con el rey y cambiando de bando en 1521, como Charles IV de Vendôme, par del reino y su ferviente partidario, duque de Borbón desde 1527; aunque es más posible el primero, por su enfrentamiento de herencia con Louise de Saboya, madre del rey y regente ella misma, conflicto que se cita en el texto). Y, a modo de Cardenal Richelieu, Thomas Wosley, cardenal también y Lord Canciller del Reino de Inglaterra, carismático, inteligente y tan dado a la intriga como aquel. Con todo, el folletín está dispuesto; y en él no podía faltar nuestro conocido Renault de Valence, uno de los enmascarados, y enemigo declarado de Agnès y Étienne, al servicio de D’Alençon y Louise.

Portada de Francesco Francavilla, para «Robert E. Howard’s Savage Sword»#6, de Dark Horse

«La Amante de la Muerte«Mistress of Death«), último de los relatos dedicados a Agnès la Negra, quedó incompleto a la muerte de R. E. Howard. Fue acabado por Gerald W. Page (en WItchcraft and Sorcery, enero-febrero 1971) gracias a un resumen que el tejano dejó de su argumento. Es la única aventura que incluye elementos sobrenaturales y magia, frente a la propensión de Howard de utilizar un mayor componente histórico, como hemos visto. La acción se traslada a Bretaña, en un momento indeterminado a partir de 1522 (la única referencia disponibles es el personaje de Françoise de Bretaña, que se cita como amante del duque de Orléans. Charles de Valois, hijo de Francisco I, lo fue de 1522 a 1546).

La historia sucede en Chartres. Comienza con Agnés envuelta en una reyerta callejera con tres enmascarados que la atacan, y John Stuart, un escocés exiliado, le ayuda. Junto a los cadáveres de los rufianes encuentran el del nigromante italiano Costranno, ajusticiado en la horca por envenenar al hijo del duque de Tours, que fue desenmascarado por Françoise de Bretagne. El mago resucita (por medio de una joya que, como bien indica Javier Martin Lalanda (3), recuerda al Corazón de Ahriman y Xaltotum en «La Hora del Dragón», novela del ciclo Conan) y busca venganza sobre Françoise, a la que salvan los dos espadachines, que continuarán juntos hacia nuevas aventuras.

Es muy posible que Dark Agnès naciera de la mente prolífica de Robert E. Howard, en su intención de crear un personaje femenino fuerte y liberado de prejuicios. Hay quien dice que está inspirado en su novia, Novaline Pryce. Pero ¿no existían mujeres que pudieran servir de estímulo a su imaginación? Aparte de las ya referidas en el primer punto de esta extensa reseña (aquí), es factible que Howard, lector voraz de cuantos textos de aventuras e historia caían en sus manos, tuviese acceso a la obra de Théophile Gautier «Mademoiselle de Gaupin», publicada en 1835, donde novelaba la vida de Julie d’Aubigny, «La Maupin» (1673-1707), famosa cantante de ópera y espadachina excepcional, cuya vida tumultuosa fue acogida bajo el prisma romántico del «todo por amor», tanto como chismes e historias dio origen en su época:

Julie d’Aubigny, hija única de Gaston d’Aubigny, secretario del conde de Armagnac, adjunto al rey Luis XIV de Francia, se educa en la corte, donde aprende a bailar, leer, dibujar y la práctica de esgrima, vestida como un niño desde temprana edad. En 1687, con 14 años, el conde comienza a violarla, y la casa con Sieur de Maupin (de ahí su apelativo), que envía a su marido al sur, pero a ella la mantiene a su lado, para sus propios fines.

La Maupin

Por esa época se lía con su maestro de esgrima, Sérannes, pero un conflicto con la policía, por un duelo ilegal, hace que ambos huyan a Marsella. Por el camino, se ganan la vida dando exhibiciones de esgrima y actuando en espectáculos improvisados, La Maupin vestida de hombre, pero sin ocultar su sexo. En Marsella se une a la compañía de ópera. Aburrida de Sérannes, se hace amante de una joven. Cuando sus padres la encierran en un convento, ella la sigue como postulante. Para huir juntas, roba el cuerpo de una monja muerta, que sitúa en la cama de su amante y prende fuego a la habitación. Tres meses después, la chica vuelve con sus padres. Ella es juzgada en ausencia, como un hombre, y sentenciada a la hoguera (muerte por fuego).

La Maupin, en París,vuelve a ganarse la vida cantando. Conoce a un viejo actor, que la enseña y con quien se lía, pero al que abandona por alcohólico. Insultada por un joven por su atuendo de hombre, le reta a un duelo de espadas, en el que le atraviesa el hombro. Después se interesa por él y descubre que es el hijo del duque de Luynes; se disculpa y se hacen amantes, hasta que él debe reintegrarse a su unidad. Ella continúa hasta Rouen, donde se une a otro cantante famoso y, juntos, pretenden unirse a la Ópera de París. Contacta con el conde de Armagnac para que interceda ante el rey, revoque su condena y le permita actuar en la Ópera; y lo consigue.

«Mademoiselle Maupin, de la Ópera de París, impresión de la época; anónimo.

En 1690 es contratada. Allí comienza su ascenso y éxito de público, debido a su hermosa voz, habilidad para actuar y su atuendo andrógino. Llegó a ser calificada como «la voz más bella del mundo». Pero no cesan sus amoríos con personas de ambos sexos o su tempestuosa relación otros sus compañeros. Se recuerda una vez que besó a otra cantante en un baile de sociedad y tres caballeros la retaron a un duelo. Les derrotó a los tres.

Retomó su relación con su amigo d’Albert de Luynes, y ambos mantienen más de un enfrentamiento con la ley, debido a duelos. Triunfa en diversas óperas del país y en la corte. En los últimos años de su vida mantiene una relación con la Marquesa de Florensac, cuya muerte la deja desconsolada.

Se retiró a un convento en Provenza, donde se cree que murió en 1707. Tenía 33 años; una vida intensa, sin duda. Como se ve, a veces, la realidad supera a la ficción.

SONYA «LA ROJA», DE ROGATINO

En «La Sombra del Buitre«, relato de ficción histórica que transcurre en 1529, durante el asedio otomano a Viena, capital del archiducado de Austria (y publicado en la revista The Magic Carpet, en enero de 1934), REH presenta a Sonya de Rogatino, apodada «la Roja» por el color de sus cabellos, como contrapunto femenino al caballero germano de la Orden de Malta (Orden militar de San Juan) Gottfried von Kalmbach, un aventurero vividor, desencantado y algo borrachín, que ahoga sus penas en cerveza (buena gente, sin duda). Sonya forma parte de la defensa de la ciudad frente al cerco que mantienen los turcos, donde mantiene fama de luchadora implacable y arriesgada, que odia a los otomanos por un asunto familiar (su hermana Roxelana es la Walad de Saladino -su odalisca favorita-, y ella no le perdona ese sometimiento).

Sonya la Roja, por Donato Giacolla

La historia, cuya primera parte la protagoniza von Kalmbach en solitario, en tierra santa, está repleta de acción y datos históricos reales, con un final sorprendente que muchos conocéis, pues la historia fue adaptada por Roy Thomas y Barry Smith -en un episodio que mantuvo el título del relato, pero reempla- zando el nombre de Sonya por el «más hiborio» de Sonja– en el nº 23 de la serie de cómics Marvel Conan el bárbaro (febrero de 1973). El número tuvo tal éxito de público y crítica que el personaje se convirtió en el complemento perfecto del cimmerio y obtuvo serie propia (que se mantiene hoy día), con el sugerente pero ridículo bikini de mallas, inútil para la batalla, que diseñó Esteban Maroto.

Si a alguno está interesado ahondar en el personaje y la historia original, le sugiero revisar el artículo que publiqué al respecto en 2012 (SONIA LA ROJA. Ficción e Historia real en R.E.Howard).

Preciosa fotografía de un cosplay artístico (y brevísimo) de Red Sonja (Anat Oliy Khubodin).

HELEN TAVREL

Es la tercera y última espadachina de la gran selección que realiza Paco Arellano en la edición que citamos abajo. Sólo aparece en un relato de Howard, «La Isla de la Condenación de los Piratas» («The Isle of Pirate’s Doom»), publicado cuarenta años después de su muerte, en 1976, en una selección del editor Donald M. Grant, junto a otros de sus relatos de piratas.

Helen Tavrel, diseño de un juego de ordenador en buccaneersreef.com

La historia está contada desde el punto de vista de Steven Harmer, segundo a bordo y único superviviente de La Condesa Azul, navío de Virginia que ardió por completo, y ahora náufrago en una isla. Oculto entre la vegetación ve que se acerca un barco con mala pinta y desembarcan una chalupa con ocho hombres que se dirigen a la orilla. Tras una discusión, al llegar a tierra, un joven corre hacia los árboles y los otros le persiguen. Más tarde, entre la espesura, descubre el cadáver de un pirata y toma sus armas, pero el joven aparece a su espalda, con su larga levita y un tricornio. Pero no es un hombre, sino una hermosa joven que le apunta con su espada. No puede ser otra que Helen Tavrel, la única pirata que actúa por entonces en el Caribe, una mujer temeraria y cruel, que ha cambiado las faldas por los pantalones, cuyos labios no han podido besar ningún hombre.

Ella se muestra como la describen, dura e insensible ante la muerte del pirata, irónica e hiriente frente a los comentarios de Steve, pero explica que nada tiene que ver con los bucaneros, quienes la persiguen por haber marcado la cara del capitán, tras hacerle ir con ellos a la isla, con no claras intenciones. Juntos se esconden y van eliminando piratas, que buscan un templo, oculto en la isla, de una civilización antigua, anterior a los indígenas que masacraron los españoles (siempre la leyenda negra…), que contiene un fabuloso tesoro escondido. Conforme intiman, Helen (que sólo tiene 20 años pese a su trayectoria) deja caer la máscara tras la que se oculta y se muestra cercana; incluso sensible, y llora cuando Harmer la acusa con crueldad. Le explica que fue cuidada por Roger O’Farrel, un pirata de familia noble que la rescató y cuidó de niña, y quien la educó a su estilo, rodeada de crueldad, pero un hombre al que admira por su nobleza.

La historia es la aventura típica de piratas, con el añadido del templo misterioso, una civilización extinguida y la promesa de un antiguo tesoro, en un paisaje idílico junto a pantanos sombríos, serpientes venenosas y la amenaza siempre presente de los temibles bucaneros, que da origen al acercamiento de los protagonistas. Pero, aunque describe someramente bien a los personajes, no es una de las mejores de Howard. Incluso, y pese a que defiende la libertad de la mujer frente a los hombre, o la respuesta final de Helen a Steven, que no cae rendida ante su propuesta («soy demasiado joven para casarme y tengo que recorrer el mundo como siempre he deseado. No olvides que sigo siendo Helen Tavrel»), en varias ocasiones desliza, en boca de él, opiniones de claro tinte machista (que no necesariamente han de ser las suyas, como autor) .

Fueron muchas las mujeres piratas a lo largo de la historia que pudieron inspirar la figura de Helen Tavrel a Robert E. Howard; pero, sin duda, Anne Bonny, junto a Mary Read, fueron las más conocidas. No se conocen demasiados datos de su biografía, salvo lo recogido en la «Historia general de los piratas», del capitán Charles Johnson, contemporáneo, en 1724.

Tras una tumultuosa vida anterior, llena de aventuras y violencia, Anne Bonny navegó en el «Revenge» con el pirata Jack Rackman, «Calico Jack», de quien era pareja, y participaba en los combates de forma activa, muy efectiva en la lucha y respetada por sus compañeros, que la consideraban uno más de ellos. Cuando capturan un mercante holandés encuentran a Mary Read, que se había alistado como mercenaria, también disfrazada de hombre. Hay quien comentan que las dos mujeres iniciaron una relación de pareja (incluso el movimiento gay las reivindicó en los años ’70), pero no hay constancia de ello, sino que las dos tenían su hombre. Cuando el barco de Rackman es capturado (ellas fueron las últimas en rendirse y ofrecer resistencia, pues toda la tripulación estaba borracha), son juzgadas y condenadas por piratería, pero no ahorcadas, debido a su embarazo. Se dice que las últimas palabras de Anne Bonny a Rackman fueron: «Si hubieses luchado como un hombre, no serías ahorcado como un perro». Parece que ambas tenían 20 años por entonces.

Próximo: RIFKIND, de Lynn Abbey

NOTAS:

  • (1) «Ambición a la luz de la luna y otros textos autobiográficos».  Robert E. Howard. GasMask Editores, colección Desiderata nº 2. Málaga, junio 2017, pág. 338
  • (2) «Espadachinas». Robert E. Howard. La Biblioteca del Laberinto. Madrid, julio de 2006.
  • (3) En la introducción a «Espadachinas», de Robert E. Howard, edición antes citada.