EL ARCANO Y EL JILGUERO, de Ferran Varela

«Esperaré a que toda Hann sea conquistada. Esperaré a que no sea necesario un ejército, a que no haya adversario contra el que el Imperio pueda luchar. Esperaré a que el hijo del Emperador tenga edad para gobernar, con tal de evitar una guerra civil en pos del Trono de Mesetatrigo. Y entonces os mataré. A ti y al Emperador. Os daré la muerte más dolorosa que pueda concebirse en este mundo. Agonizaréis durante semanas, y eso no será más que el comienzo. Pasarán meses desde que empiece a torturaros hasta que vuestros rostros terminen en mi capa diabólica».

Nos encontramos ante una de las mejores obras de Fantasía escritas en castellano, llamada a marcar un hito extraordinario en el fantástico español. Y no es exageración; no la boutade de un cronista para llamar la atención sobre un autor o su obra más allá de lo que merece. El tiempo se encargará de darme razón o no. De hecho, ya lo está haciendo: pocas obras editadas en nuestro país han tenido una acogida tan espléndida entre el público y la crítica como la presente; pocas veces un autor ha sido tan reclamado en presentaciones y firmas tras su primera novela, que desde inicios copó los primeros puestos de venta, semana a semana, y continúa gozando de reseñas favorables meses después. Algún día traspasará fronteras. Entonces veremos que su éxito no es una solitaria raya en el agua en este país cainita, tan cruel con lo propio, sino un hecho cierto y fehaciente.

Ferran Varela, un joven abogado de Barcelona, que muy poco antes pensaba abandonar la escritura, ya nos sorprendió meses atrás con La Danza del Gohut (ediciones El Transbordador, 2018), una novela corta, estimulante, que precedió en éxito y acogida a la actual; ella nos mostró el inmenso poder de concisión de Varela, su facilidad para conectar con el público y hacer cercano lo extraordinario, cotidiano lo fantástico. Ya lo venía advirtiendo en sus relatos previos Profundo, Profundo en la Roca («Dark Fantasies», Sportula, 2017) y Las Cadenas de la Casa de Hadén («El Viento Soñador y otro relatos», Sportula, 2018). Uno, que ha tenido la suerte de acceder a sus relatos primerizos «Preta«, «La cola del lagarto» y «El Aquelarre« ha podido comprobar la rápida progresión experimentada por el autor en poco tiempo y sabe que aún no ha alcanzado su cenit.

El Arcano y el Jilguero es una novela distinta, difícil de catalogar bajo los clichés típicos que otros han utilizado y la pretenden encasillar («fantasía oscura», «épica», «grimdark»…). Como si lo necesitara… Es pura Fantasía, y eso debe bastar. Entiendo que, hoy, los editores y el público, incluso algunos autores utilicen etiquetas más o menos acertadas para definir y diferenciar su producto de otros, en un mercado saturado que exige diversidad, cierta especialización. El Arcano y el Jilguero, el sentido de la maravilla no lo precisa. Es Fantasía. Sin más.

Mezen el Ariete es uno de los cinco Altos Oficiales del Sacro Imperio Leenero que actúan y hablan en nombre del emperador. En su caso, el encargado de abrir las puertas, facilitar la caída de las ciudades que asedia en su política de conquista de todo el continente de Haan. Para hacerlo utiliza la figura de un Arcano del Tormento, un morador del Inframundo, responsable de infligir castigo a las almas condenadas. Con su larga capa de piel humana, confeccionada con los rostros despellejados de sus víctimas y unos métodos cuestionables que impactan por su crueldad, transmite el terror a los asediados, les infunde un miedo tan cerval que prefieren rendir la plaza antes que verse sometidos a su tortura. Unos métodos despreciables; un ser ruin… No tanto.

Lo que, en fondo, mueve a Mezen es un sentido particular de la justicia, la búsqueda del mal menor, salvar el máximo número de vidas del pillaje, saqueo, violación, muerte y destrucción que genera el ejército agresor («mejor una vida que mil»). Un personaje complejo, lleno de matices grises entre el blanco y el negro absolutos. A lo largo de la obra -narrada en primera persona- conocemos sus motivaciones y pensamientos, su conflicto, la lucha salvaje que mantiene entre una causa que considera justa y su demonio interior, el mal que acecha en lo profundo de su alma y aflora libre cuando no lo controla. Y cada vez lo hace menos…

Y conocemos a Nara, una joven de trece años, que ni es niña ni mujer y ya ha sufrido lo peor de la maldad humana, el rostro más oscuro de la depravación y el abuso, la crueldad de una guerra que se ha cebado en ella. Frágil, insegura, distante cuando la conoce, el trato que recibe de su salvador la hará evolucionar, capítulo a capítulo, hasta devenir en adolescente inquieta, cercana, despierta e inteligente, que pregunta y aprende sin cesar. Un jilguero cantor que provoca alegría en el Ariete y atempera su demonio interior; la única que le trata como persona y no como el monstruo que él mismo se considera. Una simbiosis que genera equilibrio en ambos personajes, pero no se completa en la obra.

Juntos inician un periplo por parte de las ciudades de Haan, en el que se nos muestra la cultura y diversidad de un continente rico en matices, animales imaginarios o la historia de cada ciudad y su gente, sus creencias y mitos divinos; todo un panteón de dioses y seres mitológicos con defectos y virtudes. Al tiempo, conocemos los secretos de Mezen, su entrega al deber y su causa, su ilusión de un mundo mejor o la imposibilidad de lograrlo, sus expectativas de traición, los monstruos que pueblan sus sueños… Y, todo, narrado de forma excepcional.

Ferran escribe de maravillas; mezcla un estilo sereno con la inquietud de la acción, ese punto de crueldad que requiere el grimdark con la ternura de lo onírico, en ocasiones rozando la prosa poética. Junto a descripciones brutales concede momentos de paz y extraordinaria belleza, secuencias tranquilas que evocan momentos feericos. Es hermosa la imagen de los siete puentes en Aguaclara, cada uno con la estatua de dos enamorados en bronce,cada uno con un nombre: suspiro, deseo, mirada, palabra, mano, beso robado, rubor, inquietud y baile; las estatuas no tienen rostro, el paseante ve el suyo reflejado en el bronce bruñido y construye su propia historia de amor… Bella -a la vez que inquietante- resulta la alegoría de las mariposas: «tres tintes, tres muertes saldan» (roja, la sangre que mana; verde, la enfermedad; morada la muerte).

Personalmente, siento muy cerca la relación de Mezen con Susurro. Una historia mutua de sentimientos, compartida en la distancia de treinta años: Bruma y Susurro…. Ferran entiende.

Los personajes están bien construidos. No sólo Mezen en su papel de Arcano del Tormento, al que necesariamente sentimos cerca por contemplar, a mente abierta, sus pensamientos, sueños y contradicciones. O Nara, cuya evolución observamos a lo largo de la historia. También los secundarios, menos definidos pero bien pincelados: Loria, la jinete de hipocampos o Dorlon, el traficante; sobre todo me interesan Zein la Cadena y Fura la Cicatriz, dos de los cinco Altos Oficiales que conforman la Zarpa del Oso Custodio del Sacro Imperio de Leene, que tanto juego pueden ofrecer en el futuro.

La historia queda abierta, da para más… necesitamos más. Sólo queda esperar ese día en que Ferran Varela deje correr su imaginación y de rienda suelta a su pluma para deleitarnos con su prosa serena, casi poética y nos cuente nuevas aventuras de Mezen el Ariete y Nara, el Jilguero. Las esperamos.

Respecto a la edición, El Arcano y el Jilguero supuso el inicio del nuevo formato para grandes novelas de Ediciones El Transbordador, de mayor tamaño y número de páginas, que se agradece y tan buen resultado está dando a esta editorial pequeña que, con su buen hacer, continúa escalando puestos en el mundillo editorial, tan complicado hoy. La calidad es una apuesta que da frutos. Y El Transbordador los está consiguiendo.

Todo cuanto diga de más no tiene sentido si lo contado no os mueve a leer esta novela -algo que recomiendo encarecidamente y agradeceréis- o ya lo habéis hecho. El Arcano y el Jilguero, de Ferran Varela en Ediciones el Transbordador lo merece.

Y dará mucho que hablar, ya veréis.

SIDI, de Arturo Pérez-Reverte. Un relato de frontera.

«Eran hombres cuyo valor tranquilo procedía de mentes sencillas: resignados ante el azar, fatalistas sobre la vida y la muerte, obedecían de modo natural sin que la imaginación les jugara malas pasadas. Eran guerreros natos. Soldados perfectos».

Pérez-Reverte consigue, con Sidi, su última novela, un verdadero relato de frontera, como subtitula la obra. Y para hacerlo utiliza la figura legendaria de Ruy Díaz de VivarEn el Cid hay un 20-25% de verdad y un 75-80% que es leyenda«), un infazón de Castilla que, más allá de sus propios logros -que fueron muchos- llegó a ser ensalzado después como héroe nacional de la Reconquista y unificador de España, cuando en aquella época los conceptos «Reconquista» y «España» no se utilizaban, ni gozaban del sentido que hoy se les da, tamizados por el baño autárquico del imperialismo más rancio de una época pasada. Por ello ha recibido (sobre todo en twitter) una avalancha de comentarios despectivos, insultantes y fuera de lugar sobre la obra y, sobre todo, su persona, nunca exenta de polémica.

Sidi se centra en un periodo corto de la vida de Rodrigo Díaz, poco más de un año, tras caer en desgracia con el rey Alfonso VI, cuando ha sido desterrado y comienza su batallar por la frontera entre reinos. Un año y medio, entre 1081 y 1082 en el que asienta su leyenda y obtiene el sobrenombre de Sidi (Señor) con el que lo conocen los moros, por sus continuadas campañas de victoria, sin una derrota. «Sidi alQanbīṭūr» según fuentes árabes del siglo XI y XII. «Rodric o Ludriq alQambiyatur» en la forma romance (él firmaba Ruderico). «Mío Cid Campeador» en el Cantar del mío Cid.

El CID, de Antonio Hernández Palacios. Todas la imágenes no acreditadas son de este autor.

UN POCO DE HISTORIA PREVIA...

Ruy Díaz nace en Vivar (cerca de Burgos, ¿1048?), en el seno de una familia noble, los Laínez o Flaínez; aunque su padre, Diego, tuvo dos cosas en contra: ser segundón en su familia y haberse puesto del lado equivocado en un conflicto de familia real (como su hijo más tarde, junto al verdadero rey, pero cuando éste muere, caerá en desgracia), por lo que salió de la corte y se dedicó a ser capitán de frontera, obteniendo para sí las tierras que conquistase (salvo el quinto obligado del rey). Pero murió pronto. Su madre, también noble y en mejores relaciones con la familia real, consiguió que se educara en la corte como paje del príncipe Sancho.

Los dos jóvenes congeniaron desde inicios; ambos tenían los mismos gustos, sobre todo la guerra, donde destacaron. A los 16 años acompaña a Sancho en la defensa de Graus contra el rey de Aragón, Ramiro I. Graus pertenecía al rey al-Muqtadir de Zaragoza, aliado de León, al que pagaba parias para que la defendiese (en aquella época eran casi más frecuentes las reyertas entre reyes cristianos, o moros entre sí, que los enfrentamientos entre moros y cristianos). Con el tiempo, Rodrigo progresa. A los 19 años es nombrado alférez, segundo en el mando del ejército tras Sancho; sabía leer y escribir, conocía las leyes y las interpretaba, sabía calmar los ánimos destemplados de su príncipe y era un gran estratega, además de buen guerrero individual. En una disputa territorial, vence al alférez de Navarra en combate singular, lo que, junto a otras victorias le hace obtener el título de Campidoctor (Campeador = guerrero que sobresale en el campo de batalla con acciones señaladas).

Pero Fernando I muere y divide el reino entre sus hijos: Castilla para Sancho, León para Alfonso y Galicia para García, el menor; a Urraca le da la ciudad de Zamora. Sancho, el mayor, que esperaba el reino completo, arrebata Galicia a su hermano con ayuda de Alfonso y, más tarde, vence a éste en la batalla de Golpejera, en 1072 (con Rodrigo al mando del ejército). Tras siete años de guerra, Sancho II se corona rey de Castilla, León y Galicia; el reino unificado de nuevo. Alfonso se exilia en Toledo, reino de su vasallo al-Mamún. Pero en la toma de Zamora, el traidor Bellido Dolfos asesina a Sancho y Alfonso VI sube al trono. Tiene lugar entonces la jura de Santa Gadea (Burgos), un episodio no documentado (aunque aparece en diversos Cantares de Gesta y la Crónica Najerense [S.XII]), donde Rodrigo, al mando de las tropas, le hace jurar que nada tiene que ver en la muerte de su hermano. Este hecho, y el haber vencido a sus tropas en Golpejera, es el origen de la enemistad de Alfonso y Ruy, a quien desprovee del título de Armíger (el que porta sus armas) y Alférez, en favor del conde García Ordóñez. Pero no es la causa de su destierro, ni llega a perder su favor: durante unos nueve años (en la novela seis meses) sigue desempeñando cargos de confianza, se casa con Jimena, sobrina o prima del rey (con quien tuvo tres hijos, Diego, Cristina y María), y es encargado de cobrar parias a reinos andalusíes, incluso luchando en batallas de unos contra otros (en una de ellas fue hecho prisionero García Ordóñez, que lo considera una humillación). En otra ocasión entró en el reino de Toledo y al-Qadir, amigo del rey, se queja de él. Este (y las rencillas de García Ordoñez) sí fue el origen de su destierro. El primero de dos.

SIDI. LA NOVELA.

Justo en este punto inicia la novela. Poco de lo anterior recogen sus páginas, salvo en flashbacks, recuerdos etéreos que asaltan al protagonista en momentos previos a la batalla o circunstancias concretas que lo requieren. La historia se centra en los hechos tras el exilio («si vos, señor, me desterráis por un año, yo me destierro por dos». Después serían cinco).

La Cabalgada, primer cuarto de la obra, recoge aquellos primeros momentos en que Ruy Díaz, junto a unos cien seguidores, la mayoría de Vivar, e inicia su aventura mercenaria en la frontera; sin reino, sin víveres ni auxilio de nadie por orden del rey, sin señor al que servir… Consigue un contrato del burgo de Agorbe para dar caza a una aceifa morabí que recorre la amplia franja fronteriza entre los reinos asaltando granjas y ermitas por pillaje, asesinando a cuantos colonos hayan a su paso, familias dispersas de castellanos o mozárabes asentados en tierra de nadie en busca de su sustento. De ahí la similitud con el oeste americano de las películas; un western medieval.

La persecución, lenta y pesada, plagada de flashbacks retrospectivos, define el carácter de Ruy, un hombre frío y calculador, que actúa sin precipitarse, que analiza cada detalle y mantiene la calma; también la distancia con sus hombres («las leyendas sólo sobreviven vistas de lejos»), pero a los que conoce y llama a cada uno por su nombre, y ellos saben que no exige a nadue nada que él mismo no haga y es el último en abandonar la batalla. Por eso le siguen. Por eso le admiran. Exiliados, hombres de frontera que buscan su pan de la única forma que saben; que conocen la piedad pero no rechazan la crueldad de sus actos y una vida que la exige (las cabezas cortadas de los morabíes son la prueba del trabajo realizado). Hombres duros y alegres, hechos a la vida que llevan, los mejores en su oficio; desfilan ante nuestros ojos a pinceladas que se irán concretando durante el resto de la obra. Como Minaya Álvar Fáñez, segundo al mando, amigo y consejero, leal ejecutor de sus órdenes, prefiere no decidir; Galín Barbués, el alegre almogávar, fiable como explorador; Martín Antolínez, eficaz con los números, responsable de provisiones, reparto de bienes y botín; Pedro Bermúdez, su sobrino y alférez, siempre a su espalda con el banderín; Diego Ordóñez, deslenguado y brutal, un animal de la guerra… y tantos otros.

Exiliado de Castilla, con nuevos hombres que se han unido a sus huestes, doscientas lanzas, aclamado como Sidi por enemigos y amigos, Ruy Díaz busca un señor cristiano al que ofrecer sus servicios a cambio de una soldada y un techo para sus hombres. El rey de Aragón anda en conflictos con Alfonso, su señor natural pese al destierro y no se lo plantea; además, en la batalla de Graus había muerto el anterior rey y no sería bien recibido. Acude pues a Berenguer Remont II, conde de Barcelona, en pleitos con demasiados vecinos y necesitará sus fuerzas; su única exigencia, guerrear contra cualquiera menos Castilla. Pero el conde, altivo y pedante, poseedor de una espada única, la Tizona, le trata con desprecio y exige lealtad total y única, que el de Vivar rechaza. Sólo le queda la taifa de Zaragoza, cuyo rey, al-Muqtadir fue aliado de Castilla, aunque sus hombres recelan de servir a un musulmán. Su heredero, al-Mutamun, hombre sabio, educado y listo, que domina el castellano y piensa que Alfonso ha cometido un error al no mantenerlo a su lado, lo recibe con brazos abiertos, le pide doblar sus huestes y le encomienda la campaña contra al-Múndir, su hermano y gobernador de Lérida, que a la muerte de su padre se ha proclamado rey y no acata sumisión a Zaragoza, aliado con Sancho Ramírez de Aragón y el conde de Barcelona. Berenguer Remont II (aunque su figura aparezca ciertamente desdibujada y, muy posiblemente, viciada por el error) queda establecido como el villano de la historia, la némesis particular de Ruy Díaz en esta etapa de su vida, el enemigo a vencer.

Considero oportuno resaltar dos personajes musulmanes que resultan atractivos en la novela: Yúsuf al-Mu’taman, rey erudito y sabio de la taifa de Zaragoza, a cuyo servicio se pone Ruy con sus hombres, sin comprometer su lealtad a Castilla. Aquí se nos presenta como hombre educado y de modales suaves, comprensivo, cercano, defensor de la cultura y tolerancia andalusí, de costumbres civilizadas en la aplicación del Islam frente a la intransigencia divina de otras tendencias árabes o su Yihad. Pero fue ás, en realidad: el ejemplo palpable de un rey sabio. Como su padre, se rodea de una cohorte de eruditos; él mismo sabe de astrología, filosofía y matemáticas, disciplina a la que aporta, incluso, un tratado, el Kitab al-istikmal o Libro de perfección, que no sólo compendia y supera las matemáticas griegas de Euclides y Arquímedes o las amplía con aportaciones musulmanas, sino que formula él mismo un teorema de geometría elemental que no sería conocido en Europa hasta seiscientos años después, cuando lo plantea Giovanni Ceva. Hay un párrafo, al final, en el que conversa con Ruy, que marca el espíritu de la novela:

—No somos tan diferentes, ¿verdad?
No, mi señor. Creo que no lo somos.
De religión distinta, pero hijos de la misma espada y la misma tierra.

La segunda figura atractiva es la de Yaqub-al-Jatib, rais de las fuerzas musulmanas de Zaragoza que al-Mutamán pone bajo mando del Cid. Guerrero poderoso y líder de sus tropas, de clara ascendencia omeya, pues se nos presenta rubio y con ojos claros (sí, había moros así -y no pocos- en el Al-Andalus del Califato Omeya, fruto de los cruces de sangre entre distintas culturas; el propio Abderramán III, tenía tres cuartas partes de ascendencia visigoda, pelo rubio rojizo y ojos azules; se teñía la barba de oscuro para parecer más árabe). Su relación con Ruy, tensa al principio, mera obediencia de órdenes de su señor, pasa de la sorpresa al reconocimiento cuando lo conoce, alcanza la admiración personal mientras lo trata, y termina en confianza y lealtad absoluta en poco tiempo; virtudes que son recíprocas por parte del Campeador, que lo considera uno más de sus capitanes.

VALORACIÓN.

Literariamente, la novela no es ninguna maravilla, pero sí interesante -como casi todo lo que escribe Arturo Pérez-Reverte-, en especial por la figura del protagonista, tan especial para muchos, cercana a todos. Él lo desmitifica y llama por lo que es: un mercenario, que lucha por su pan y el de los suyos; la desprovee del halo casi místico que se le ha pretendido otorgar y dibuja como un hombre -un gran hombre- de frontera en tiempos duros; muy duros.

La imagen de Ruy Díaz de Vivar –Sidi Qambitur para amigos y enemigos-, resulta en la novela un muestrario claro de las cualidades de un líder: frío y distante en el análisis; cercano y cálido con los hombres antes de la batalla; arrojado en el peligro, paternal en la lucha; dialoga y admite sugerencias, pero él toma las decisiones; comprensivo, abierto a las diferencias (de cultura o religión) pero inflexible en el cumplimiento de sus órdenes… Todo un compendio de estilos de liderazgo, válido para un manual de auto-ayuda y cualquier escuela de negocios, pues recorre todas -o muchas de- sus variantes para conformar la figura de un líder nato, reconocido por todos.

Por el contrario, la presencia femenina es prácticamente inexistente. Bien es verdad que en un relato de frontera, un western medieval como éste resulta difícil, cuanto no forzado o producto de la fantasía. Pero, en ella, ni Jimena alcanza la categoría de personaje, unas líneas de diálogo, una escena que recoja su figura o personalidad; queda limitada a una estampa efímera en la memoria a las puertas de San Pedro de Cardeña, al amparo de la Iglesias junto a sus hijas. Ni tan siquiera merece del Cid un atisbo de culpabilidad tras aceptar los favores de Raxina, la hermana viuda del rey de Zaragoza, mujer instruida, espléndida, que cita versos de la poetisa cordobesa Walida al-Mustaqfi para definirse; que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. La única mujer con personalidad propia en el relato, también con sangre nezrani en sus venas, el carácter decidido de su madre navarra. Poca justicia al magnífico cuadro de Ferrer Dalmau, La Despedida, que luce como portada.

Echo en falta un recuerdo a su hijo Diego (1), que ni aparece en la obra, como si no existiera. Es cierto que en el destierro podría no estar con su madre y hermanas; por aquella época tenía cinco o seis años, y era habitual que se educase como paje de algún noble. Pero un hijo, su heredero, debía ser importante para el hombre (se dice que, con su muerte, el Cid, ya señor de Valencia, quedó desolado)… y no merece ni un sólo recuerdo en la obra…

No soy entendido en Historia ni la figura del Cid, pero cuando leo novela histórica me gusta indagar en las fuentes, acudir a libros y revistas que traten el personaje y su entorno, que confirmen y amplíen lo tratado. Y de Ruy Díaz hay mucho escrito o indagado más allá de la leyenda. Y junto a datos documentados o posibles que confirman lo narrado, también he hallado dudas y contradicciones, fechas, que no cuadran y deben considerarse enfoque personal o licencias artísticas del autor. A la ya citada ausencia de Diego, ha de unirse el periodo que transcurre entre la muerte de Sancho II y el exilio, definido aquí en seis meses (2). Por último, la muerte de Ramón Berenguer II por su gemelo, Berenguer Remont II, que se da por ocurrida en la novela, cuando parece suceder meses después de su derrota en la batalla de Almenar (3).

Personalmente, no considero SIDI una de las mejores obras del autor; he disfrutado más otras, donde el suspense y la tensión de una trama bien llevada o varias líneas de acción me han gustado. Pero, como he dicho, me ha interesado. Incluso me gustaría una continuación, pues materia hay: si Pérez-Reverte quiere limitarse a escribir un relato de frontera, aún dispone para contar tres años de destierro y victorias, junto al polvo, sudor y hierro del poema de Manuel Machado; y muchas peripecias más, si lo desea, hasta su muerte. Pero el autor ha comentado que SIDI está concebida como obra única, sin continuidad.

Insha’Allá. Dios es grande y el tiempo lo dirá.

NOTAS:

(1) Diego Rodríguez, o Diego Ruíz. En el segundo destierro sí anduvo con su padre en la campaña de Levante. Murió joven, en la Batalla de Consuegra (1095). Desde 1997, se conmemora anualmente su recuerdo en Calahorra.

(2) La muerte de Sancho en Zamora se data en octubre de 1072. El destierro de Rodrigo a finales de 1080 o inicios de 1081.

(3) La derrota y captura de Berenguer Ramón II en Almenar tiene lugar durante el verano de 1082. En la novela se sugiere (y el propio Ruy se lo echa en cara al Conde) que estuvo implicado en el asesinato de su hermano. Sin embargo, éste no ocurre hasta el 5 de diciembre del mismo año, y la gesta donde se dilucida la acusación, que pierde, sobre el 1097 (se cree que, a raíz de ello parte a Jerusalén en la primera cruzada y allí muere).

La Despedida. Arturo Ferrer-Dalmau.

PÁNIKAS, de Pilar Pedraza: El gran Dios Pan no ha muerto.

Qué decir de Pilar Pedraza (Toledo, 1951); doctora en Historia, investigadora, profesora titular de universidad, ex-Consellera de Cultura en la Generalitat Valenciana y reconocida escritora de ensayo o narrativa de terror, en la que se mezclan rebeldía y feminismo, mitología y sensualidad, horror y muerte. Por sus escritos ha recibido todos los premios posibles.

Su último trabajo, Pánikas, publicado por Ediciones El Transbordador a inicios de año, es una excelente novela corta (se lee de un tirón) que le confiere, sin duda, el distintivo de gran dama gótica y sublime de la literatura española (su obra trasciende el género, sin dejar de serlo).

La acción transcurre en 1993. La vida de su protagonista, Sofía Fontbona O’Connor −profesora universitaria de literatura griega, casada, feúcha y con gafas, aquejada de síndrome bipolar− ha estado siempre relacionada con el mundo antiguo; ahora se cubre de una pátina hermosa de mitología pagana, en el curso de verano al que asiste en la isla griega de Astipalea.  Allí, los dioses de antaño se confunden y hacen presente, toman cuerpo de sátiro y despiertan en ella sueños pánicos de sensualidad y deseo; pasiones no satisfechas que, a su regreso a España, derivan en pesadillas, alucinaciones surrealistas de su síndrome bipolar, que la desconectan del mundo días enteros y la hunden en un mar de opresión.  Y es ahí, en ese surfear en los infiernos, donde la maestría de Pedraza como escritora se desata; su narrativa eficaz y fácil y unas descripciones intensas, nos lleva a vivir, a su lado, las terrible pesadillas que agobian sus sueños hasta la asfixia.

Su tratamiento y proceso de curación, desde la experiencia lisérgica de Lucy in the Sky with Diamonds, los fármacos más fuertes (“Menos pastillas y más Teócrito”) o la meditación budista, deben mucho a quienes la rodean; personajes entrañables que Pilar Pedraza retrata e ilumina con destreza: Amador, su adonis-marido, la armonía de Freddy LaBerge y su sueño lúcido (un concepto muy atractivo), o el magnetismo animal del seductor Janos Hunyàdi. Cuando los lazos del sueño se restauran con el cosmos, en un proceso dramático donde no falta la muerte, presente siempre en la obra de Pedraza, la enfermedad remite. Y Sofía regresa a lo pagano…

Pánikas es un canto sublime a la esencia del ser humano encarnado en mujer; en palabras de Luis Pérez Ochando (en un prólogo excepcional), es la obra más femenina e interna de Pilar Pedraza.  En ella, sensualidad e intelecto se entremezclan; lo sagrado y lo mundano, la razón y la locura se fusionan con la parte más salvaje del ser, esa que desea con anhelo el abrazo imaginario de Pan. 

Pero el gran dios Pan no ha muerto…

El Transbordador se luce con una edición espléndida (como merece la obra), que recrea el color y dibujos de su portada (también compuesta por el prologuista) y la convierte en una obra imprescindible para todo aquel que ame la buena literatura.

Mujeres Guerreras (III): ______ JIREL DE JOIRY, de CL Moore

Hablar de Jirel de Joiry supone, para mí, saldar una deuda que arrastro ya 35 años, cuando, en la editorial de Berserkr nº5, dedicado por completo a las mujeres guerreras (pero centrado en Red Sonja, Marada y Las Amazonas de Gianluiggi Zuddas) prometí dejarla (junto a Rifkind, de Lynn Abbey) para una mejor ocasión. Ha tardado, pero la dicha es buena.

Aprovechando la reciente edición de Costas de Carcosa (una colección de pequeñas maravillas del pulp que no me canso de recomendar) dedicamos el 9º encuentro del Club de Lectura de Literatura Fantástica en Málaga a las Mujeres Guerreras, en la realidad y ficción, con lectura de la Saga de Jirel. De ahí surge esta reseña.

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Jirel de Joiry es la primera heroína de una serie de fantasía en la historia; escrita, además, por una mujer (aunque este detalle, de inicio, no lo llegaron a conocer sus lectores). Su primer relato, El beso del Dios Negro, se publicó en Weird Tales, en su número de octubre de 1934, que incluso le dedicó la portada, ilustrada por Margaret Brundage.

CL Moore era una firma conocida por los lectores de Weird Tales, seguidores devotos de su anterior personaje, Northwest Smith, un simpático canalla del espacio que llegó a rivalizar en fervor popular con el Conan de R.E.Howard. También lo haría Jirel, una heroína del mismo talante que el cimmerio, con quien compartía aventuras del género Espada y Brujería (más brujería que espada, en su caso) y también el entusiasmo del lector.

En EL BESO DEL DIOS NEGRO, su primera aventura se nos muestra ya a una Jirel, dama castellana de Joiry y alto comandante (sic.) del lugar, asentada en su cargo; un cargo aceptado sin discusión, aunque no sin disputa de algún enemigo. Nada se nos explica de su pasado ni cómo accedió al mismo, si por alcurnia o la fuerza de las armas, aunque se da a entender lo primero (se cita el castillo, no lejano, de un primo suyo). En este sentido, la castellana ejerce como tal, dueña y señora de sus dominios y respetada por sus hombres, que no dudan en seguirla al combate a su comandante, «una mujer valiente, guerrera salvaje, y la más temeraria de todos los soldados a su mando«. También, como señora feudal que es, ha conocido el amor y numerosos amantes a los que, siempre, elige ella. Una buena descripción la encontramos al inicio de La sombra del dios negro:

«… ella había comandado la fortaleza más firme del reino sin llamar «señor» a ningún hombre y alardeaba, orgullosa, de que Joiry jamás caería, y de que ningún amante se atrevía jamás a ponerle las manos encima salvo como respuesta a su sonrisa» .


Sin embargo, cuando comienza el primer relato, Joiry ha caído en manos de Gillaume, que se sienta en el estrado y, para colmo, le arranca un beso forzado, no consentido. No puede haber mayor injuria para Jirel en tales momentos, tras ser vencida y derrotada, que la vejación de ser besada a la fuerza por quien es su conquistador. Y la ira y el odio se desatan en su interior humillado, hasta el punto de desear y estar dispuesta a bajar a los infiernos, en busca de un arma infernal que le permita destruir para siempre al único hombre que la ha vencido en batalla y, sobre todo, se ha atrevido a mancillar su imagen, besándola sin invitación. Y bien que lo hace. Tras obtener la bendición del padre Gervasio, y desoyendo sus ruegos y advertencias, se introduce en el pasadizo que nace en las mazmorras del castillo y desciende a los infiernos más oscuros. Tampoco se explica -ni es necesario- por qué existe ese túnel que sólo
ambos conocen, ni cuando lo descubrieron, pero que desciende hasta tierras «que no son de Dios» (ha de quitarse la cruz que porta al cuello para seguir avanzando). Y cuando lo hace, penetra en un mundo diferente, una extraña dimensión oscura donde, en realidad, transcurre la verdadera historia.

Y es dónde CL Moore diferencia su personaje y estilo del de otros, como RE Howard: mientras, antes, la batalla se obvia y es descrita de forma sucinta, como de paso (algo que sucede también en otros relatos), las descripciones de y sobre la dimensión oscura son ricas, amplias, numerosas, continuas y seguidas hasta casi el exceso, forman la base de la narración. Y por ella pululan nume-rosas criaturas distintas, diferentes, y es su propio reflejo oscuro, encarnado en su propio cuerpo, quien le indica dónde encontrar el arma que busca, la estatua del dios negro que le ofrece su oscuro beso de muerte.

El regreso es rápido, así como la resolución de la historia en este primer arco del dios negro, que se cierra con la ansiada venganza, fulminante y decisiva sobre Guillaume cuando le besa. Sólo para descubrir que el demonio con su forma le había engañado y ella debe pagar de por vida el precio de haber aceptado el regalo de un demonio: ya no habrá luz en su vida sin Guillaume. Y llora amargamente su terrible destino.

Ya hemos comentado en otro lugar el éxito de público que obtuvo el personaje, por la sutil descripción del ambiente y el estilo personal de narrarlo, con tintes Lovecraftianos y Dunsanianos; de inmediato, lo elevó, junto a su autora, a ser considerada una de las preferidas entre los lectores de Weird Tales (ya lo era con Northwest Smith).

LA SOMBRA DEL DIOS NEGRO continúa la historia donde ha quedado, muy poco tiempo después, cuando encontramos a Jirel agobiada y entristecida, acosada en sueños por una voz lastimera que la llama, mientras en su corazón sabe que no es odio lo que sentía por Guillaume («aunque el fuego y la ira habían brotado de su interior como la locura»), sino amor. Esa y no otra es la maldición que trajo desde el infierno en su venganza. Esa, y el saber que quien la llama en sueños y suplica misericordia es el alma de Guillaume, que vaga y sufre, indefensa, los rigores de su castigo. Castigo que ella misma le provocó. Jirel ha matado a muchos hombres, pero ninguno con esa magia oscura e infernal que condena su alma; y la maldición del amor por un lado y los remordimientos por otro, la llevan a adoptar una decisión terrible para su integridad: bajará de nuevo a los infiernos y salvará el alma perdida de Guillaume. Y lo hace.

En este sentido, La sombra del dios negro no es sólo la continuación del relato anterior sino que, por mucho que cambie el entorno físico de la dimensión y bien escrita que esté, contiene una repetición de éste y sus conceptos, una búsqueda interminable por planos oscuros y extraños con asombrosas criaturas infernales, hasta conseguir lo que persigue y regresar con el deber cumplido, tras obtener la tranquilidad del alma maldita. Así lo entendió no sólo el editor de Weird Tales, que otorgó la portada del número (WT de diciembre de 1934) al relato «Nacerá una bruja«, de R.E. Howard (sin duda, mucho mejor, en mi opinión), elegido también como mejor relato por el público. Las alabanzas y buenas críticas hacia Jirel continuaban, pero también surgían críticas, algunas muy duras; como la de Fred Anger que, al calificarlo como el peor relato de CL Moore hasta el momento, generó que HP Lovecraft (quien había catalogado el relato como «un buen segundo») dedicase, en privado, una efervorizada respuesta en su defensa:

«La señorita Moore (…) en la actualidad, ciertamente pertenece al nivel superior de colaboradores de WT, junto con Smith, Howard, etc.»

HP Lovecraft a William F. Anger, 28 de enero de 1935 (1)
Dibujo de Jeanne Dangelo

En JIREL SE ENCUENTRA CON LA MAGIA (WT, julio de 1935), CL Moore recupera la Jirel guerrera y valiente, dueña de sí misma y sus actos, a la que siguen sus hombres sin cuestionar el peligro; en este caso, al asalto y conquista del la fortaleza de Guischart, donde se oculta el mago Giraud, culpable de la muerte de diez de sus hombres y sobre quien, de nuevo, buscará la venganza. En la que quizás sea la mayor escena de batalla de toda la serie, Jirel se nos presenta actuando como verdadero comandante de sus hombres, escupiendo amenazas e improperios para animarlos y empujarlos, envuelta en armadura completa y portando una espada poderosa y pesada. Pero, tras la conquista, Giraud ha conseguido escapar por una amplia ventana de la torre, que se abre a una tierra extraña, que no corresponde con el paisaje que realmente existe más allá de ésta. Sin dudarlo, Jirel, sin armadura ni la espada de dos filos, sólo la cota de malla y una larga daga al cinto, se introduce sola en la dimensión mágica, donde encontrará una dríade y una poderosa maga capaz de cambiar de formas, jefa del mago Giraud, a los que habrá de derrotar, en una tierra extraña y cambiante, llena de magia. Y en ese entorno, CL Moore se desenvuelve de maravillas en descripciones de paisajes y entes, como para construir una historia interesante sin necesidad de batallas.

Jirel de Joiry, según Philippe Caza

LA TIERRA OSCURA (WT, enero de 1936) comienza con Jirel en el lecho, moribunda, tras sufrir una herida profunda de pica en el costado, en la carga que acaba de capitanear. Cuando el padre Gervasio acude a confesarla no la encuentra en la cama. Su cuerpo acaba de desaparecer y todos en la habitación lloran su pérdida y lamentan su destino, pues comentan:

«¡El mismo diablo se ha apoderado en cuerpo y alma de Jirel de Joiry en su lecho de muerte!»

Portada de la edición inglesa de Gandalf

Y no andan descaminados, pues la castellana se encuentra en Romne, un reino oscuro (de esos que a CL Moore encantan), donde reina la negritud más absoluta, raptada por Pav, su rey, un extraño hombre negro de rostro duro y majestuoso, tocado con una perilla que le recuerda al mismísimo diablo, que la mira con lujuria desde sus pequeños ojos rojos brillantes; y que confiesa haberla arrebatado de su lecho de muerte, llevando su cuerpo y su mente a través del espacio curvo que separa ambos mundos para hacerla su reina. Porque está profundamente enamorado de ella, de su «fuerza ardiente y salvaje, que ninguna otra mujer posee en ninguna de las tierras que conozco. Una fuerza igual que la mía, señora Jirel». Por supuesto, ella no acepta, y tras un duelo dialéctico, una lucha feroz de voluntades en la que descubre que Pav la puede dominar y forzar su voluntad hasta obligarla, dice que antes de ceder se matará ella misma; o que encontrará un arma para matarlo a él. Cuando presume de que no existe, ella promete encontrarla; de lo contrario, él la podrá tomar. Y Pav acepta (pobre iluso…). La historia principal narra el periplo de Jirel por aquel mundo oscuro y cambiante, en el que no rigen las mismas normas y reglas físicas que en la tierra, en busca de posibles aliados y el arma que acabe con su rey.

Ya hemos comentado que la inesperada muerte de Robert E. Howard, en junio de 1936, supuso para Catherine Lucille un duro golpe, que incluso pudo ocasionar el abandono de Jirel como personaje, por tánto como compartían en cuanto a género. Pero la irrupción en su vida de Henry Kutner, a la larga su marido, que le propuso (e inició) una colaboración entre ambos, en un difícil crossover de sus dos personaje, Jirel y NW Smith, podría haberlo evitado.

La dos portada (unidas forman un todo) de la edición francesa de Folio SF para las obras completas de ambos personajes

LA BÚSQUEDA DE LA GEMA DE LAS ESTRELLAS (WT, noviembre de 1937) es el resultado de dicha colaboración. La historia comienza con el asalto de los hombres de Jirel -ella en cabeza- a la capilla impía del brujo Franga, un hechicero maligno que tiene en su poder la Gema de las Estrellas, una joya única que otorga a su poseedor fortuna y riquezas más allá de la imaginación. Pero Franga escapa en última instancia ocultándose en las sombras, donde crea una puerta a otra dimensión. La Gema de las Estrellas queda en poder de Jirel. Pero, desde las sombras, el brujo promete recuperarla utilizando un campeón capaz de vencer a la pelirroja, al que buscará a través del espacio y el tiempo; un campeón que no es ningún demonio infernal, sino nuestro amigo mercenario y contrabandista espacial Norwthest Smith, al que atrae desde el futuro, junto a su colega venusiano Yarol, contratando sus servicio para que recupere la gema a cambio de un atractivo botín, un collar doble de perlas, digno del rescate de un rey. El enfrentamiento entre ambos personajes está servido.

Las dos pistolas siseaban suavemente, abriendo un camino (Virgil Finlay)

La historia resulta curiosa, por el poco habitual enfrentamiento de dos personajes, conceptualmente muy diferentes y tan distantes en el tiempo. Pese a la dificultad inherente, el encuentro y resolución están bien resueltos, y nos recuerda (sería su precursor) aquellos eternos enfrenta-mientos entre superhéroes DC y Marvel, como artistas invitados en sus series o con cabecera doble, en los que primero se enfrentan como enemigos -debido a un malentendido o forzados por el villano de turno-, para acabar -como se espera- colaborando ambos por un bien común. Aunque sólo fuera por eso, sentar las bases y conceptos de lo que, posiblemente, sea el primer crossover de la historia (2), el relato constituye un hito a considerar y sus autores precursores de un estilo, no lo suficientemente reconocidos por ello.

HELLSGARDE (WT, abril 1939) es el último relato que CL Moore escribe del personaje, dedicándose a partir de entonces sólo a la ciencia ficción.

Hellsgarde es el nombre de una fortaleza maldita que todos rehuyen, tras la muerte y tortura de su señor, André de Hellsgarde, que murió sin confesar donde escondía su tesoro. Desde entonces, ha permanecido desierta durante doscientos años; un lugar triste, cubierto de brumas y neblinas del pantano que le rodea, entre cuyas aguas cenagosas, se dice, se encuentra el cuerpo desmembrado de André, cuyo espíritu guarda celosamente, aún hoy, el misterioso tesoro que acaparó en vida. Un lugar al que sólo es posible acceder cuando anochece.

Hacia ese castillo tenebroso de ambiente opresivo, magistralmente descrito por CL Moore, se dirige Jirel. Una veintena de sus hombres yacen prisioneros en el castillo de Guy de Garlot, un extraño hombre oscuro de sonrisa cruel y maldad innata que exige, como rescate, el tesoro de Hellsgarde, aunque no sepa de dónde vino y qué es. Y la guerrera no duda. Con miedo en todo el cuerpo, pero por deber hacia sus hombres, no duda en internarse en la fortaleza fantasma.

Portada de Boris Vallejo para la edición italiana de Fantacollana-Nord

CL Moore compone un relato muy entretenido, con excelentes descripciones del ambiente y entorno que rodea a la construcción y alrededores, los muertos empalados que vigilan su entrada y, sobre todo, la singular caterva de personajes extraños que la ocupan, imposibles de definir por sus acciones, y la ominosa noche que le espera a Jirel en su compañía. Ya hemos comentado que la autora no se prodiga en escenas de acción, batallas y peleas como hace Howard (cuyo dinamismo narrativo es difícil de igualar), pero en cuanto a creación de ambientes opresivos y nuevos mundos CL Moore es toda una experta, al nivel de los mejores maestro contemporáneos que todos sabemos. En este relato, además, introduce cambios que lo distinguen y diferencian de los cuatro primeros, con cierta tendencia inherente a la repetición temática. Para mí, el mejor de la serie, tras El Beso del Dios Negro, por su originalidad.

Es de agradecer que Costas de Carcosa decidiera recuperar el personaje, la saga completa de Jirel de Joiry en un sólo volumen, atractivo y accesible para todos, que incluye las ilustraciones originales que acompañaron a los relatos en su publicación inicial (la de Virgil Finlay, extraordinaria). Un personaje casi desconocido en España, donde sólo se recuerda una edición anterior, de Anaya, en la colección Última Thule, en 1996, traducida por su director, Javier Martín Lalanda. Si una pega se le puede poner a esta nueva edición es la traducción de los relatos por tres personas diferentes, que ocasiona pequeñas desavenencias entre relatos, en los nombre de personajes (Gervase / Gervasio, por ejemplo). Pero se trata de un detalle menor, fácilmente subsanable y no se lo tenemos en cuenta.

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NOTAS:

  1. Extraído de «Conan y Jirel: Robert E. Howard y CL.Moore«, de Bobby Derie. En www.onanunderwood5.blogspot.com
  2. El crossover es un concepto muy utilizado en los cómics de superhéroes DC y Marvel. Se popularizó en los años ’60 y se extendió en los ’80 y fue imparable a partir del año 2000. Sin embargo, el primer crossover conocido en cómics tuvo lugar en 1940, durante la llamada Edad de Oro de los cómics, en:
    • Marvel Mystery Comics #8-10 (junio-agosto de 1940), cuando Namor y la Antorcha humana original pelean entre sí y establecen las bases de continuidad del universo Marvel
    • All Star Cómics #3 (invierno de 1940), cuando el escritor Gardner F. Fox crea la Sociedad de la Justicia de América con la unión de varios héroes que actuaban por separado

LA HIJA DEL GIGANTE DE HIELO en BD (CONAN le Cimmérien, v.4)

No es una adaptación fiel al relato de Robert E. Howard. Por el contrario, es un intento de interpretar, ampliada, la historia que REH quiso y no pudo contar por el puritanismo de la época. Robin Recht, parte de los orígenes para construir un relato cargado de erotismo y muerte, con una Atali-Lolita encantadora, mediante la sucesión de unas imágenes impactantes en blanco y negro o color.

La Hija del Gigante de los Hielos fue el primer relato genuino de Conan que escribió Howard, en 1932 (El Fénix en la Espada había sido adaptado de un relato anterior del rey Kull, que fue rechazado y escrito de nuevo para el cimmerio, con un mayor compo-nente fantástico). Pero también fue rechazado por Farnsworth Wright, editor jefe de Weird Tales con la única justificación de que no le gustaba. Podemos imaginar por qué: la historia que cuenta, simplificando los hechos, bien puede ser la persecución por la nieve de un bárbaro a una joven a la que pretende violar; ni más, ni menos, y eso, en 1932 (incluso hoy) no está bien visto. Por supuesto, el relato es mucho más que eso; contiene un alto componente épico-onírico de gran hermosura, pero, simplificando, esa podría ser la mirada. La historia, idéntica salvo algunos cambios, entre ellos su prota-gonista, Amra de Akbitana, se publicó en uno de los primeros fanzines conocidos, The Fantasy Fan, con el título Gods of the North («Dioses del Norte»). El relato de Conan quedó traspapelado hasta 1950, que la descubre L.Sprague de Camp, quien la publica -reescrita-, en 1953. Hasta 1976 no se publicó la versión de Howard.

Los estudiosos de la obra de REH (Patrice Louinet, co-director de la colección Glénat, entre ellos),
siempre pendientes de detectar influencias en sus relatos (no olvidemos que era prácticamente un solitario, ávido de lecturas pero perdido en un pueblo de la América profunda), además de ver en Atali una concepción de las Valquirias de la mitología germana, que trasladan al Valhalla a los héroes caídos en batalla, especulan con que su nombre bien podría derivar del de Atalanta, personaje de la mitología griega que desafiaba a sus pretendientes a vencerla en una carrera cuya pérdida significaba la muerte. También en la leyenda de Daphne y Apolo, cambiando el sexo de sus protagonistas. Ambas historias las habría podido leer en «The Outline of Mythology«, de Thomas Bulfinch.

Sin embargo, en 2011, Brian Leno, colaborador habitual de The Cimmerian o REH: Two-Gun Raconteur, publicó en el nº 15 de esta revista un artículo en el que indicaba que el relato «The Lady of the Frozen North«, de Alan Forsyth (pseudonimo de Leonard Cline) aparecido en la revista pulp Ghost Stories en 1928, contenía puntos en común suficientes con la obra de Howard como para considerarla inspiración real de este relato de Conan (-1-).

Así las cosas, y salvo el combate inicial (de narración y puesta en escena excelentes en el original) y el encuentro final con sus aliados aesires, con sorpresa, la historia se limita al relato plano de la persecución de Atali entre la nieve por parte de Conan, con intenciones no del todo definidas ni claras, si no es violarla cuando la alcance, como triunfo y botín de guerra. Pero no es del cimmerio de quien parten esos sentimientos, es ella quien los provoca. Cuando aparece de repente, al terminar el combate a muerte con Heimdull, aún aturdido y agotado, sin saberla amiga o enemiga (sus cabellos son rojos y dorados a un tiempo) él la trata y le habla con naturalidad y contiene el deseo pese a que está desnuda; será ella quien le provoque y pinche, hiriendo sus sentimientos hasta despertar en él la adrenalina caída tras el combate y soliviantar su ánimo:

«Mi aldea está más allá de lo que puedes alcanzar, Conan de Cimmeria. ¿No me encuentras bella?… ¿Por qué no te pones en pie y me sigues? ¡Menudo guerrero, ahí postrado…! Date por vencido y muere en la nieve como los otros necios, Conan de cabellos negros. No puedes seguirme allá donde te guiaría…»

Robin Recht ahonda y profundiza en esta herida de forma mucho más libidinosa y descarada que Howard (ver textos traducidos en los dibujos).  Noventa años más tarde puede permitirse hacerlo, incluso en imágenes, algo que nunca hubiésemos imaginado encontrar en una adaptación «seria» de Conan, salvo que la realizase Milo Manara. Pero no traiciona ni rompe la idea original de REH. Al contrario, el tejano, se sentiría satisfecho, contento con su versión, tras la sorpresa inicial…

La Atali que dibuja y construye Recht es un encanto (a mí me encanta…), mezcla de ternura y provocación, inocencia y descaro, indecencia y suavidad; un retaco pecoso y adolescente, diminuta (no le llega a Conan al pecho; la imagen de ambos juntos, o la portada, son extraordinarias) al tiempo que detenta un gran poder (poder erótico, lo define Louinet).

Ligera, vaporosa, evanescente; no corre sobre la nieve al saltar: flota y se eleva sobre ella como un elfo. La provocación para que Conan la siga es indecente, viciosa, la de una meretriz que, en un cuerpo adolescente como el suyo la convierte en Lolita de cabellos ardientes: descarada y directa a su hombría en momentos álgidos, seductora y de mirada sensual en las treguas; hasta acabar infantil, lanzando una bola de nieve a su rostro…

Ella es, sin duda, la verdadera protagonista del cómic, quien desplaza a Conan en el papel principal por deseo de Robin Recht,  demiurgo completo de una obra en la que interpreta todos sus papeles: adaptación, dibujo y color. Y lo hace de forma compro-metida: no sólo adapta el relato de Howard, lo amplía y engrandece hasta elevarlo a historia mitológica del Nordheim, recreándose en las imágenes y, dado el caso, en el color, un juego de azules y blancos del cielo y la nieve y el rojo de la sangre, entre los que entremezcla el negro del miedo.

Para ello, antecede el relato con 18 páginas en las que, por un lado, sitúa a Atali y sus pensamientos como introducción (en una doble página extraordinaria) y, por otro, la vorágine de sangre y muerte en que se convierte el enfrentamiento entre Aesires y Vanires en la llanura helada. No es hasta la página 19 que se inicia el enfrentamiento entre Conan y Heimdull, Jarl del clan de los lobos. Y, salvo en diálogos, no hay «narrador omnipresente» en la historia, son los pensamientos de la diosa-niña quien nos conducen por ella.

Esta es, pues, la historia de Atali la diosa, hija del primero y más grande de los gigante, Ymir, cuya sangre creó el mundo de los hombres, y ella cumple su misión de conducir a los héroes hasta el Odroerir, el pico más alto de las montañas:

«Y yo, Atali, debo llevarte ahora ante de él. Pues quien cae con las armas en la mano no muere realmente. No desaparece en la nada como el rico o el cobarde. Está invitado al banquete de mi padre».

Allí esperan sus hermanos, gigantes de hielo hijos de Ymir, también que, en esta ocasión, no portan cota de malla ni conforman la imagen que tan bien definió Frazzetta y permanece en nuestra memoria, sino que adoptan la forma de dos osos blancos enormes, gigantescos sin duda, que son quienes se encargan del héroe, rendido de agotamiento:

«Levantaos, hermanos míos, y tomad ahora su corazón, pues he oídos sus latidos y merece que lo depositemos, todavía humeante, en la mesa de nuestro padre para que lo devore».

Sólo que, esta vez, el héroe es un cimmerio poco dispuesto a rendirse.

El Conan de Robin Recht es grande, enorme en comparación con Atali. De rostro juvenil, como corresponde a la primera historia -también cronológica- del personaje, antes de viajar a la civilización, pero de espaldas amplias y poderosas; una figura que alcanza proporciones colosales cuando supera el agotamiento al que le somete la diosa, se levanta, al ritmo constante de sus latidos agónicos, vence a los gigantes y se convierte en el primer mortal que domina a esa Lolita de cabello rojos y dorados, que debe ser salvada, en última instancia, por su padre Ymir, el Gigante de los Hielos.

Robin Recht construye un cómic grandioso, con esas imágenes espectaculares a las que nos tiene acostumbrado en los álbumes de Elric (-2-).

Con libertad en recursos y medios, lejos de la esclavitud de un espacio limitado (es el único cómic de la serie con 80 páginas de historia [una historia simple, en realidad], frente a las 48 de los anteriores, aunque todos, se venden al mismo precio), se permite el lujo de describir la historia que quiere en la forma que desea, sin restricciones, recurriendo a viñetas enormes de una o dos páginas, o recreando un ejercicio de autosatisfacción sexual de la diosa, mientras el guerrero elegido (el cimmerio en este caso), engañado, lucha por su vida; ella alcanza el orgasmo justo cuando éste salva su vida.

De dibujo elegante al tiempo que personal, con un blanco y negro muy detallado, Recht estalla en una sinfonía única de tres colores, que él mismo añade. Una obra muy personal en todos los sentidos, muy en la línea fijada para esta colección (una obra = una aventura completa = una visión = un autor (o equipo de autores).

Como en números previos, la obra se ofrece en dos formatos:

  • edición estándar ,a color, 80 págs. 24×32 cms. 14,95 €
  • edición coleccionista, blanco y negro, 80 págs. a mayor tamaño: 28×36,8 cms. y tirada limitada, por 29,50 €.

Como complemento, las ediciones incluyen el consabido artículo de Patrice Louinet (2 páginas), donde ofrece valiosa información y anécdotas sobre la obra y el autor, en la época de su publicación, un portafolio de cuatro ilustraciones pintadas por el propio Recth, así como otra pintura homenaje al cimmerio, de Mathieu Lauffray. Y un prólogo excepcional de Michael Moorcock («La French Touch», al que nos hemos referido en otra ocasión), donde glosa las excelencias de Recht, encantado con su visión de Elric de Melniboné; también con esta de Conan el cimmerio.

Como en otras ocasiones, para la presentación de la obra, entre el 7 de diciembre de 2018 y 12 de Enero de 2019, la Huberty Breyne Gallery organizó una exposición con los originales de Robin Recht en blanco y negro. Para todo aquel que esté interesado, en la página web de la galería se ofrece la reproducción de, prácticamente, todas las planchas del álbum y otros dibujos adicionales.

NOTAS:

-1- Ver REH: Two-Gun Raconteur #15. verano de 2011, p.13-18 : “Atali, the Lady of Frozen Death” («Atali, la Dama de la Muerte helada»). Este artículo le valió, en 2012, a Brian Leno el tercer premio al mejor ensayo de la Fundación Robert E. Howard («Hyrkanian»).

-2- Robin Recht, nacido en 1974, es uno de los grandes autores actuales de la BD francesa. Su trabajo está prácticamente ligado a la Fantasía Heroica, tema que domina y le atrae especialmente, y los escenarios históricos. Sus primeras obras, un álbum de «El último ritual» (2002), y la serie de FH «Totendom«, Acto I (2005) y Acto 2 (2007), no han sido publicadas en España. Pero sí las siguientes, a partir de entonces: «El Tercer Testamento. Julius», recuperado recientemente por Yermo ediciones en dos integrales (X-2016 y II-2019), y los 3 álbumes (hasta el momento) de Elric «El Trono de Rubí», «Stormbringer» y «El Lobo Blanco», en la misma editorial.