El Proceso del Gohut, de Manuel Gutiérrez

La danza del gohut, de Ferran Varela, es una obra que impacta.  Publicada por Ediciones El Transbordador lleva desde su aparición, semana a semana, siendo número 1 en ventas entre ediciones de género.  Algo debe tener que lo cause. Y algo podéis leer al respecto en la entrada dedicada a la obra en estas páginas (aquí) con motivo de su presentación en Málaga.

Pero en algo, también, contribuirá esa portada impactante de Manuel Gutiérrez, un artista cuyos dibujos poseen una fuerza extraordinaria.

Puede que algún día, en otro momento, podamos disfrutar la reseña de La danza del gohut acompañada de sus imágenes, los bocetos y borradores que compuso como muestras para la portada, diversas composiciones de fuerza increíble que recogen, en blanco y negro, diferentes momentos de la historia.  Por ahora, nos conformamos con  la evolución, el proceso de creación de la portada del libro, que Manuel ha cedido para que comprobemos su trabajo.  Aquí, a continuación o, ya en grande y en movimiento, picando sobre la imagen de arriba (recomendado).  Disfrutadla.

 

LA DANZA DEL GOHUT, de Ferrán Varela.

Pensaba iniciar esta entrada indicando que, de haber escrito hace treinta años (su edad actual), Ferrán Varela hubiese publicado en Berserkr y ese relato sería hoy objeto de culto, como lo es el fanzine entre los aficionados al género.

¡Menuda tontería!

La obra de Ferrán Varela ya es objeto de culto (o lo será en breve), pues muy pocos de los autores actuales del panorama fantástico español pueden presumir de haber publicado, codo a codo, con los más reconocidos autores internacionales de género, ganadores, nominados o finalistas de los premios con mayor prestigio en el mundo del fantástico (Hugo, Nebula, World Fantasy, Locus…).  Y no una, sino dos veces, en sendos volúmenes antológicos: «Dark Fantasies / Oscuras Fantasías» y  «El Viento Soñador y otros relatos«, seleccionados ambos por Mariano Villarreal, quien también prologa, y de forma muy acertada, La Danza del Gohut, su primera novela, publicada por Ediciones El Transbordador (otro lujo, añadiría yo).

Y es que Ferrán Varela, pese a su juventud, es un nombre que comienza a sonar con fuerza en la literatura de género en España, despierta verdadera expectación entre los aficionados y, precisamente por ello, por su juventud, está llamado a convertirse en uno de sus más destacados representantes.  La Danza del Gohut es buena prueba de ello.  No me extrañaría verla entre los finalistas -o ganadora- del premio Ignotus a la mejor novela corta publicada en España en 2018.

«La vida de Leara Viera, una mujer de sangre plebeya que ha conseguido el modesto rango de tutora de la Academia de Tiuma, cambia de rumbo el día en que recibe un inesperado encargo de manos del mismísimo Pleni-potenciario de la ciudad.  Gerrin, el primogénito de este, al que se dio por muerto hace cuatro años, ha sido rescatado del cautiverio al que una horda gohut lo mantenía sometido.  La alegría del Plenipotenciario, sin embargo, se ve eclipsada por el hecho de que el joven Gerrin ha perdido el juicio: está convencido de ser un gohut y reniega de la cultura humana.

La misión de Leara consistirá en reeducarlo a tiempo para el siguiente otoño, momento en que Gerrin deberá participar en la batida anual de caza de gohut y cobrarse unas cuantas de sus pequeñas y rojas cabezas para limpiar el buen nombre de su familia».

Más allá de lo indicado en la reseña editorial, la historia de Leara -como la de Rin– es un relato de crecimiento, de cambio personal y maduración, la prevalencia del yo individual sobre las convenciones establecidas por una sociedad conservadora, que define y establece pautas de comportamiento para cada clase.  Leara, plebeya  en una sociedad de corte medieval que, gracias a su esfuerzo (y romper las normas), ha alcanzado una elevada cota de reconocimiento en la Academia (una mujer, claramente, empoderada para la época) es elegida -tentada- (precisamente por sus métodos poco ortodoxos) para una misión difícil, un reto arriesgado si falla pero altamente gratificado si lo alcanza (su nombramiento como decana, un puesto reservado sólo a la nobleza).  Y ella, por supuesto, acepta.

Leara es idealista, soñadora, una luchadora de convicciones fuertes y voluntad decidida, que consigue avanzar y triunfa donde parecía imposible.  Y, cuando lo hace, sus convicciones, sus creencias profundas, su educación adquirida se derrumban frente a Rin, el dos veces nacido; un gohut del clan de la Noche Ululante, un salvaje, una alimaña de mirada insondable y profunda, dispuesta a desgarrar a todos; pero un ser libre también, un pájaro que vuela por encima de limitaciones humanas, un espíritu indomable… y un estratega.  Cuando ambos conectan –a cambio de un crisantemo y una pluma de halcón diarios- y ella logra que se abra, sus diálogos inteligentes devienen en duelo intenso, una confrontación de culturas diferentes, enfrentadas de inicio y por siempre. 

Hay mensajes subliminares (y muy directos) en este juego dialéctico que Ferrán Varela propone a través de una danza gohut; danza salvaje que es un canto a la libertad individual frente a la sociedad que constriñe; la máxima expresión del kieth, un término imposible de traducir en lengua humana («libertad» es el término más cercano, supongo, aunque no llega ni a ser su sombra»).  Mensajes que nos llegan revestidos de una pátina libertaria que recuerda al anarquismo utópico imbuido en la obra de Ursula Kroeber Le Guin,

«No sois libres.  Sois esclavos unos de otros»

«En lugar de adaptaros al entorno tratáis de domarlo».

también el poder de los nombres (un tema recurrente),

«Ponéis nombres como se le pondría una correa a un perro…  Asignáis roles».

«Era un asqueroso nombre humano, un nombre nacido para atar y restringir la volunta».

o su dualidad taoísta:

«Debe haber noche para que haya día.  Debe de haber dolor para que haya gozo.  Debe haber muerte para que haya vida».

Y, como en Le Guin, hay belleza en sus palabras.

Si en los diálogos -vivos, cargados de contenido- Varela utiliza un lenguaje directo, escueto en juegos semánticos, en las descripciones su narrativa posee un lenguaje poético, hermoso sin ser recargado, muy natural; con descripciones vívidas que dibujan escenas repletas de magia o sensualidad, palabras bellas, metáforas y alegorías que, sin poder evitarlo, recuerdan a Robert E. Howard, el hombre que, en palabras de Patrice Louinet, sentó las bases de la fantasía moderna (1).  Si el maestro Howard era experto en enriquecer con metáforas sus descripciones más duras y épicas («el mantel de los cuervos» … «la canción de las espadas»), la prosa de Varela no le anda a la zaga («…sabor a azul oscuro, magia totémica y el crepitar de una llama» … «la melodía de la madera quebrada»…).  Ferrán Varela posee un don: pese a lo dicho, cuenta las cosas con una escritura concisa, un estilo sencillo pero trabajado.  Con pocas palabras, un par de frases dibuja una escena, resuelve una duda, define el escenario o da un giro a la historia.  No sólo en esta obra; también en las anteriores que he leído: Profundo, profundo en la roca, una fantasía oscura de geomancia, magia de la Tierra y un sacrificio humano a los genios que la canalizan, y Las cadenas de la Casa de Hadén, un relato de corte épico-filosófico donde la trama central es un combate entre un padre y su hija; combate que Ferrán resuelve en sólo unas frases.  Y, sin embargo, no precisa más, está completo, cerrado y perfecto.

Como sus mujeres, protagonistas únicas en cada una de sus historias aunque, a veces, sea un hombre quien lleva el peso del relato.  Osa (ese no es su nombre, entregado como tributo a un espíritu) en Profundo, profundo…, Deva, el guirivilo, matriarca de la casa de Hadén, en Las cadenas…  Mujeres decididas, fuertes aún en la duda, completas pese a que sólo vemos un esbozo de su vida, una parte de esa historia que sabes mayor y querrías conocer completa, pero que llena, y te conformas, porque sabes que alcanza el punto justo para interesar sin cansarte…  La esencia de un buen relato.

A muchos extrañará (a mi me sorprendió) que en La danza del gohut encuentre más rastros de R.E.Howard de lo que a primera vista parece. Si -inicialmente- los gohuts se presentan como salvajes violentos, enemigos jurados de la sociedad civilizada, que asolan cosechas y a los que, necesariamente, hay que exterminar, conforme avanza el relato se transforman en seres cercanos a la naturaleza, muy en la onda del piel roja o nativo amazonio enfrentado a la civilización, el bárbaro identificado con lo natural y no por ello menos salvaje o cruel, que nos trajo el cine en los ’70, ’80 y ’90 (2), o los cómics europeos de la época (3).  Pero que, antes, en la década de los ’30 fue la marca distintiva de R.E. Howard en Conan:

«No era un mero salvaje; era parte de lo salvaje, era uno con los indomables elementos de la vida». El Coloso Negro.

«La barbarie es el estado natural del hombre (…) La civilización es antinatural, un capricho de las circunstancias.  Y, a la postre, la barbarie siempre acabará triunfando».    Más allá del Río Negro.

Aquí Varela, y su gohutestarían cerca del concepto de «existencialista inconsciente» con el que Charles Hoffman identifica aHoward (4).  Un aspecto crucial que, como indica Luis F. López-Espinosa (5)define y diferencia su obra de la de otros autores de fantasía heroica como Tolkien o Moorcock: no existe un Destino predeterminado para el héroe.

«En cada una de las historias de Howard, Conan crea y soporta su propio destino».

Y es el caso de los gohut:

«Debes saber que tu papel en el mundo es sólo el que tú escribas».

Dice López-Espinosa que «El héroe howardiano es un «nihilista activo» en el sentido nietzscheano. (…)  Nihilismo activo presente en el texto «El carácter destructivo» de Walter Benjamin»(6):

«El carácter destructivo solo conoce una consigna: hacer sitio; solo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio.»

Si contrastamos el texto con las palabras de Rin:

«La destrucción es la esencia del cambio.  Para erigir algo nuevo hay que destruir antes lo antiguo».

podríamos concluir lo mismo sobre Varela y sus gohuts (igual es suponer demasiado… pero se lo preguntaré). 

La danza del gohut es una novela de fantasía, una de las pocas que se publican últimamente en España sin componente de CF o Terror.  Y me encanta que sea El Transbordador quien la publique, en una de esas ediciones impecables a las que nos tiene acostumbrado.  Quizá por la violencia y crudeza de algunas acciones o el tono crepuscular de la obra, se le han adjudicado diversas etiquetas como«fantasía weird««fantasía oscura« con las que no estoy del todo de acuerdo (Profundo, profundo en la tierra sí lo es).  En todo caso, sería «grimdark«, que no es sino una palabra moderna para la «fantasía épica» de siempre y, en este caso, como hemos visto, lo es, por mucho existencialismo, introspección y otras cualidades que le acompañen. De todas formas, no son sino eso, etiquetas innecesarias, que constriñen la pura Fantasía sin más, con mayúsculas y sin etiquetas.

Tengo claro que Ferrán Varela escribe bien, muy bien y me gusta.  Me gustan sus personajes y cómo construye historias con pocas palabras -las justas- que te dejan ganas de más.  En las distancias cortas me parece bueno, muy bueno y prometedor.  Habrá que verlo en una novela más larga (a no mucho tardar, por lo que parece).

Yo, por si acaso, me apunto.  Quiero comprobar si -como dice Rinconsigue «el mejor relato que hayas leído en tu vida, a cambio de un trocito de cielo».

NOTAS:

  1. Louinet, Patrice. «Le Guide Howard« (Les trois souhaits), Amazon. 2018:        «Se puede decir que la fantasía (fantasía heroica, o no importa qué otra etiqueta desees utilizar) nace con la epopeya de Gilgamesh, lo que no impide que sea el tejano quien fije, con esta novela («El Fénix en la espada«), la casi totalidad de los códigos presentes hoy en la fantasía moderna».
  2. «Un hombre llamado caballo» (Elliot Silverstein, 1970). «Pequeño gran hombre» (Arthur Penn, 1970).  «La selva Esmeralda» (John Boorman, 1985).  «Bailando con lobos» (Kevin Costner, 1990), son algunos ejemplos.
  3. «Teniente Blueberry» (Charlier/Giraud, 1963), «Ken Parker» (Milazzo/Berardi, 1974), «Jonathan Cartland» (Blanc-Dumont, 1974), entre otros
  4. Hoffman, Ch: «Conan The Existential«, en Herron, D. (ed): «The barbaric Triumph», Maryland: Wildside Press, 2004
  5. López-Espinosa,L.F. «Robert E. Howard: La espada salvaje de la ideología«. Thémata, Revista de Filosofía, nº 55,  2017

EL SUEÑO DEL FEVRE.

Por DAVID MARTÍN.

«Debes venir conmigo, y amarme, hasta la muerte; o debes odiarme, pero seguir conmigo, y odiarme a través de la muerte y después de ella».

Carmilla.  Sheridan le Fanu.

Durante más de cien años, el mito del vampiro nos ha fascinado. Un mito que en vez de agotarse y quedar obsoleto, evoluciona con los nuevos tiempos, se transforma, se adapta. Los viejos vampiros, como Armand, mueren, y los que representan el espíritu de su época, como Louie en Entrevista con el Vampiro, prevalecen.  Mucho se ha hablado de la posible influencia de esta obra sobre el Sueño del Fevre, y en efecto comparten mucho, en especial, lo que las hace refrescantes.  Martin, como Ann Rice antes de él, comprendió que no podía ceñirse a los estereotipos vampíricos clásicos, que debía innovar mediante una vuelta de tuerca.  Lo hizo con soltura y elegancia, sin romper totalmente con el mito, pero aportando una visión novedosa. Esta visión es para mí lo mejor del libro.  Porque donde otros hubiesen querido forzar la máquina, y con una metáfora muy adecuada, reventar las calderas del vapor, Martin solo necesita un poco de leña.

REVISIÓN DEL MITO.

Los vampiros existen y beben sangre.  Hasta aquí, todo correcto.  Sin embargo el origen vampírico, clave en todo relato, se ciñe al prisma moderno. No se transforman en niebla, ni en murciélago ni en lobo. No temen a la cruz ni a la plata ni al agua bendita.  No lo hacen porque en el Sueño del Fevre, los vampiros no son el producto de una maldición, sino una antigua raza no humana, tan incapaz de contagiar a otros humanos como un humano sería capaz de transformarse en otro animal. Y esta explicación sería buena de por sí. La anatomía vampírica posee órganos de los que carece la humana, órganos destinados a digerir la sangre, pero seguimos hablando de un cuerpo vivo. La chispa de genialidad viene ahora: pese a que a los vampiros les resulte imposible convertir a los humanos, pese a que no puedan transformar sus cuerpos en nada, pese a que la plata les resulte indiferente, han convencido a los pocos humanos que creen en los vampiros de que todas esas cosas son ciertas. Las ventajas son innegables. Tenemos a Sour Billy Tomptom, un ghoul, sirviente, un Renfield que sirve al vampiro mayor, al maestro de sangre Julian, bajo la promesa de ser convertido en vampiro, algo completamente imposible, pero que le han hecho creer.

Igualmente nos quitamos el sombrero ante el engaño que podría dar pie a un caza-vampiros cargando con armas inútiles como cruces y ajos, caza-vampiros que no llega a salir, pero que indudablemente no duraría mucho.

AMBIENTACIÓN.

Soberbia, grandiosa, Martin es el gran creador de atmósferas, y nos presenta una descripción envolvente del bajo Misisipi, de Luisiana y de todas las pequeñas ciudades que forman parte del río. El río está vivo, dice el capitán Abner Marsh, y de verdad parece que lo esté, cono todos los vapores, tripulaciones, personajes, formando parte de él como células de un organismo que es en sí, un sueño.

DESARROLLO DE PERSONAJES.

También excelente.  Abner Marsh, Joshua York y Damon Julian son los que dominan la historia, con Sour Billy también como un excelente “Renfield” o más bien un “Grima lengua de serpiente” por lo obvio de su desengaño y rebelión final contra el maestro de sangre, un final predecible pero magistralmente narrado. La crueldad de Julian, la lealtad del capitán Marsh, sus pasiones, y sobre todo sus sueños (adelantar al Eclipse) son tonalidades de color en un lienzo bien pintado.

TRAMA.

La trama esta bien encadenada, saltando de escenarios con elegancia pero sin llegar a ser retorcida. Es una historia de descubrimientos que poco a poco van rebelándose ante el capitán Marsh. El enfrentamiento entre Joshua y Damon Julian no es el eje, aunque domina la parte final del libro. La conclusión es un poco floja. Martin se toma demasiado tiempo en llegar al clímax, y renuncia por completo a dar sus cinto minutos de gloria al capitán Marsh negándole la ocasión de matar vampiros.

RITMO.

Aquí es donde falla George R.R. Martin y es una auténtica pena, porque convierte en libro de siete puntos lo que hubiese podido ser un diez. Martin hace un ejercicio de nostalgia y da un salto temporal de trece años entre escena y escena. Lo hace porque quiere mostrar la decadencia del río, unida a la decadencia del propio barco, y además usa la guerra de secesión como medio para librarse de algún personaje que otro, bastante de pasada. En mi opinión, el clímax hubiese debido ser previo a la guerra, y en enfrentamiento final mientras el capitán Marsh era joven (o no tan viejo) Luego si se quiere contar lo del río en decadencia, vale, lo cuentas.  Pero como epilogo y no como escenario final.

Unos mal intencionados comentarios sobre EL COLOR QUE CAYÓ DEL CIELO

by PacoMan

España es un país de pandereta, por lo que es obligación ser pirata: me he descargado El Color que Cayó del Cielo de freeditorial.com. En inglés original: The Colour Out of Space el cuento está libre de derechos y descargable aquí.

Este cuento lo escribió Howard Philips en Marzo de 1927 cuando contaba 37 años y estaba en pleno esplendo creativo, por desgracia sólo faltaban 10 años para su prematura muerte.

Este cuento fue el único que publicó en Amazing Stories al pensar Philips que contenía más ciencia ficción que lo recomendable para su amada Weird Tales, pero como quiera que el “rata” de Hugo Gernsback le costó aflojar el pago, nunca más volvió a tratar con el luxemburgués, que según los muy chovinistas americanos es el padre del moderno concepto de Ciencia Ficción y dio nombre a unos premios que inspiraron a nuestros Ignotus y por tanto con los mismos defectos.

En mi copia no aparece el traductor, los piratas somos legión e indocumentados. Este cuento ha sido traducido 7 veces (habrá más, pero me cansé de buscarlas). La primera vez en Argentina en 1957 con el título: El color que cayó del cielo por Francisco Porrúa (bajo el seudónimo de Ricardo Gosseyn). Porrúa desarrolló una inmensa tarea como editor frente a la imprescindible editorial Minotauro. La otra traducción argentina de 1994 es de Elvio Gandulfo que mantuvo el mismo título. El escritor catalán, Antonio Ribera Jordà lo tradujo en 1973 como El color surgido del espacio. En 1980 también tituló así su traducción Aurelio Martínez Benito, incluso Babel 2000 (sic) le puso este mismo título a su traducción de 2003. En 1999 el español José Antonio Álvaro Garrido (que firma sus obras de ficción como León Arsenal) tituló El color fuera del espacio a su traducción y finalmente Juan Antonio Molina Foix tituló su traducción como: El color del espacio exterior. Mucho ruido para tan pocas nueces, al menos Lovecraft goza del favor de los editores que lo reeditan una y otra vez.

De todos es conocido que el bueno de Howard era un xenófobo y aquí una pincelada en pleno cuento:

“… No me estuvo raro que los extranjeros no quisieran permanecer allí…”

Cosa curiosa, ya que el narrador es un casi “basura blanca” descendiente de puritanos ingleses. Un foreigner recién llegado a ojos de un verdadero nativo, pero ya sabemos que los Howard Lovecraft y Donald Trump de los USA tienen unos terribles problemas con la pertenencia y la antigüedad.

¿Y el cuento? Pues está muy bien. Como ha servido de modelo de películas, novelas y otros cuentos, a ojos de hoy no parece original, cuando es el responsable de todo. Soy pirata pero educado, como voy a fusilar muchos textos y soy amigo de alguno de sus editores, los voy a citar: H. P. Lovecraft: El caminante de Providence de Roberto García Álvarez editado por GasMask en Abril 2016. Página 438:

“… El gran ciclo de relatos de 1926-27 se cierra con The Colour Out of Space [El color del espacio exterior], escrito en marzo de 1927. Se trata de uno de los mejores relatos de Lovecraft, que aúna horror y ciencia ficción y que, incluido en los Mitos de Cthulhu, lleva la acción desde las calles de Arkham hasta las granjas cercanas a la mítica ciudad. El narrador del texto comienza hablando de una zona totalmente estéril que día tras día se va ensanchando. Con el testimonio de uno de los habitantes más viejos del lugar, logra descubrir que ese lugar está maldito y yermo desde que en 1882 cayó allí un meteorito. A partir de ese momento, una enfermedad extraña comenzó a diezmar a todo ser vivo de la zona. Los Gadner, la familia de granjeros más próxima al lugar, comenzaron a enloquecer y morir uno a uno. En el interior del meteorito se ocultaba una criatura gaseosa de un color no propio de este mundo que es la responsable de todos esos desastres. Pero la desaparición de los Gadner y el abandono de su granja no suponen el fin de la pesadilla; el progreso de las grandes ciudades hace que todo aquel lugar vaya a quedar bajo las aguas de un nuevo pantano que proveerá a los incautos urbanistas. …”

Cualquiera diría que la enfermedad descrita es algún tipo de radiactividad… difícil pues los efectos mutagénicos de la radiación fueron identificados por primera vez por Hermann Joseph Muller en 1927 desde la Universidad de Texas (en 1946 le valió el Nobel de Medicina) a miles de kilómetros de Providence y de la Miskatonic University tan querida por Howard.

Llegué a Lovecraft de la mano de la antología: Los Mitos de Cthulhu que Rafael Llopis hizo para Alianza Editorial en 1969. En esta selección como bien avanza en el prólogo:

“… he seleccionado todos los cuentos de Lovecraft que, pertenecientes a dicho ciclo, fuesen inéditos en castellano. …”

Y como ya hemos visto este cuento, de esquivo color, se publicó en castellano en 1957. Rafael Llopis no dedica comentarios específicos al cuento, ni en el ensayo introductorio, ni en los cuatro capítulos que le dedica al maestro de Providence: del XXXVIII al XLI en su docto ensayo Historia Natural de los cuentos de miedo (1974) Ediciones Jucar. Eran otros tiempos, el fandom no era lo que es ahora y no había reconocimiento alguno al género. Quiero destacar dos pinceladas de Llopis, la primera es para ubicarnos, para no perder la referencia de donde estamos y a que hemos venido. Página 230:

“… Lovecraft, como tan a menudo sucede, fue en vida un escritor minoritario que ha alcanzado la popularidad treinta años después de muerto. …”

Esto lo dijo en 1974, han pasado 44 años desde entonces. Para que te tomaran en serio había que decir cosas cripticas (o no) como estas. Página 231:

“… Acaso la primera contradicción en importancia sea entre su materialismo y su idealismo. “¡Idealismo y materialismo, ilusión y verdad!”, escribe Lovecraft en uno de sus ensayos. Pero esta frase, en la que se declara explícitamente materialista, es a la vez un grito de dolor implícito por su incapacidad para creer en la realidad de sus sueños. De esta contradicción nace toda la obra lovecraftiana, que no es sino racionalización materialista de contenidos arquetípicos y numinosos. …”

Ahí queda eso. Hay algunas perlas de igual o superior calibre, pero como botón de muestra creo que es suficiente.

Lo cierto es que el cuento lo acabo de leer por primera vez gracias al Club de Lectura de Literatura Fantástica en Málaga para el encuentro del viernes 29 de Junio de 2018, dedicado a Los Mitos de Cthulhu. A mí me ha gustado, capta la atención del lector y te lleva a donde le da la gana llevarte. Pero mejor vuelvo a ceder la palabra a Roberto que se explica bastante mejor que yo:

 “… Lovecraft hablaba del texto como un “estudio de la atmósfera” y, en efecto, el relato no tiene ninguno de los habituales artificios de Lovecraft y además está contando con un estilo directo y llano. Su interés por la atmósfera del relato, por el ambiente y el escenario, hacen que no necesite recrearse en los aspectos sanguinolentos de la historia,  y aún así logra crear la atmósfera de aislamiento y opresión necesaria para que el lector se imagine, sin mucho esfuerzo, estar presente en la Nueva Inglaterra rural donde tienen lugar los hechos. …”

Es absolutamente imposible no percatarse que la película Aniquilación (Annihilation, Alex Garland 2018) por muy basada en la trilogía de Jeff VanderMeer que esté, no es que beba de este cuento es que se abreva sin pudor ni recato. El bueno del VanderMeer me parecía un sujeto de escaso criterio desde su muy gráfica, pero escasa de enjundia Biblia Steampunk. Jeff abandera el movimiento weird, que en su peor versión está siendo emulado por nuestro fandom. El amigo Jeff además lidera un revisionismo que denigra al maestro de Providence. Pero voy a ceder de nuevo la palabra, esta vez a Alberto López Aroca, editor de Ulthar que en el volumen de Abril de 2018 introduce un ensayo de Joshi sobre la trilogía de Jeff VanderMeer:

“… El siguiente artículo del gran S. T. Joshi es una crítica a la Trilogía de Southern Reach de Jeff VanderMeer, que recientemente ha tenido adaptación cinematográfica. Considerando que VanderMeer es uno de los mayores detractores de Lovecraft, y que Joshi es el mayor investiga-dor lovecraftiano en activo, saltan chispas, hay spoilers, disecciones y opiniones sin pelos en la lengua. …”

Vive Dios que Joshi acumula argumentos y deja en evidencia la baja calidad de la obra de Jeff, pero ese no es nuestro propósito, sino evidenciar que la novela y la película en mayor medida se inspiran en el cuento que nos ocupa.

Escuchemos a Joshi:

“… Es evidente que VanderMeer ha hurtado elementos claves del trabajo de William Hope Hodgson y de H. P. Lovecraft.  (…) En cuanto a Lovecraft hay varios préstamos obvios de las características específicas de sus cuentos. Se pueden identificar cuatro de esos préstamos:

  1. Una indicación al principio del relato, cuando “la frontera [del Área X] está avanzando… un poco cada año”, es claramente un préstamo de “The Colour Out of Space” (1927) donde un meteorito que transporta a una entidad extraterrestre (o a un conglomerado de entidades) aterriza en la propiedad de un desventurado granjero; y aún cuando la entidad en apariencia vuelve al espacio al final del cuento, los efectos permanecen: “la plaga se expande, poco a poco, quizá una pulgada por año” …”

Pero el préstamo es mayor, el cuento describe una naturaleza alterada, bajo mal funcionamiento, que me llevó a especular con la radiación como causante, evidentemente en la trilogía y película uno de los elementos más impactante es el comportamiento aberrante de una naturaleza alterada a lo Lovecraft. Joshi referencia tres préstamos más a: In the Mountains of Madness (1931), “The Dunwich Horror” (1926) y “The Shadow Out of Time” (1934-35).

Y claro la crítica final de Joshi a Jeff por una práctica que se ha extendido sin respetar fronteras:

“… Resulta divertido darse cuenta de que entre los personajes de VanderMeer hay una mujer negra (Grace Stevenson), un hombre hispano (John Rodriguez), un homosexual (Saul Evans), y una lesbiana (Grace Stevenson). Todo muy apropiado según los cánones de la corrección política multicultural. El único problema es que estos personajes son tan intercambiables entre sí que sus características étnicas o sexuales no tienen relevancia en el conjunto de sus personalidades, y no influyen en las acciones que su autor fuerza mecánicamente a que realicen. En especial, las escenas con Saul y su amante son tan humillantemente envaradas y torpes que más parecen una parodia del amor homosexual. …”

Y la puntilla:

“… Como otros muchos detractores de la superioridad moral, VanderMeer sabe que ahora está de moda desacreditar a Lovecraft por toda clase de negligencias personales y literarias imaginables, pero es evidente que no está por encima del robo de elementos fundamentales del revolucionario trabajo de Lovecraft cuando le conviene. …”

¿Qué más puedo añadir? Tantas similitudes…

En fin, Lovecraft era un montón de istas, pero es nuestro ista, lo que no le impedía escribir como Dios.

Un Mago de Terramar

Por IGNACIO PLATERO

Aún estaba en el instituto cuando leí Un Mago de Terramar por primera vez. Recuerdo que mi perplejidad era constante página tras página. Si bien no tenía la chispa ni el ritmo de Howard, mi autor favorito por aquel entonces, sí que me cautivó su tono melancólico y pausado, sobre todo por lo alejado que estaba de los esquemas de la fantasía que acostumbraba a leer. Agradecí el cambio de registro y la ausencia de las razas típicas: elfos, enanos, bárbaros y orcos.

El estilo era también un soplo de aire fresco, que al igual que a las embarcaciones que surcan los océanos interminables de Terramar, te movía a seguir leyendo hasta el final. Si bien el ritmo era lento, se compensaba con la brevedad del relato. Si acaso los magos no eran tan carismáticos como Merlín o Gandalf, poco tenían que ver con los clichés que ya conocemos los viejos lectores del género.

Mapa de Terramar, por Lyam Davis

Terramar es un archipiélago rodeado de agua. No caben grandes épicas ni ejércitos multitudinarios enfrentándose. No se mencionan otros continentes tampoco… bueno, si se sugiere algo presente en el incierto oeste, donde moran los muertos y los dragones. La protagonista es la magia, con elementos taoístas, unida al valor del aprendizaje.

 

Lo mejor de la historia está en las resonancias del viejo lenguaje y los símbolos: La sombra, la niebla, el fluir de las aguas, los pájaros… Si bien en la épica clásica el enemigo es exterior, vemos que el principal enemigo de Ged es él mismo. Es una historia fantástica con estructura de cuento, aunque la autora se recrea describiendo de forma realista algunas escenas, lo cual genera un peculiar contraste. Hay también más motivación por madurar que en enfrentar a una némesis, y más reflexión que acción. Los dragones temen más la palabra que la espada, y los magos rara vez usan la magia, si pueden evitarlo.

Estas contradicciones hacen que la historia se mueva también a la sombra de un género encasillado y menospreciado en su época, e igual que su personaje principal, tiene la intención de crecer más allá del niño y el joven adulto, para apelar a alturas más literarias.

Digno de mención es que algunos de los elementos más exóticos de Le Guin, se volvieron mainstream posteriormente, como el entonces novedoso concepto de la escuela de magia.