EL ARCANO Y EL JILGUERO, de Ferran Varela

«Esperaré a que toda Hann sea conquistada. Esperaré a que no sea necesario un ejército, a que no haya adversario contra el que el Imperio pueda luchar. Esperaré a que el hijo del Emperador tenga edad para gobernar, con tal de evitar una guerra civil en pos del Trono de Mesetatrigo. Y entonces os mataré. A ti y al Emperador. Os daré la muerte más dolorosa que pueda concebirse en este mundo. Agonizaréis durante semanas, y eso no será más que el comienzo. Pasarán meses desde que empiece a torturaros hasta que vuestros rostros terminen en mi capa diabólica».

Nos encontramos ante una de las mejores obras de Fantasía escritas en castellano, llamada a marcar un hito extraordinario en el fantástico español. Y no es exageración; no la boutade de un cronista para llamar la atención sobre un autor o su obra más allá de lo que merece. El tiempo se encargará de darme razón o no. De hecho, ya lo está haciendo: pocas obras editadas en nuestro país han tenido una acogida tan espléndida entre el público y la crítica como la presente; pocas veces un autor ha sido tan reclamado en presentaciones y firmas tras su primera novela, que desde inicios copó los primeros puestos de venta, semana a semana, y continúa gozando de reseñas favorables meses después. Algún día traspasará fronteras. Entonces veremos que su éxito no es una solitaria raya en el agua en este país cainita, tan cruel con lo propio, sino un hecho cierto y fehaciente.

Ferran Varela, un joven abogado de Barcelona, que muy poco antes pensaba abandonar la escritura, ya nos sorprendió meses atrás con La Danza del Gohut (ediciones El Transbordador, 2018), una novela corta, estimulante, que precedió en éxito y acogida a la actual; ella nos mostró el inmenso poder de concisión de Varela, su facilidad para conectar con el público y hacer cercano lo extraordinario, cotidiano lo fantástico. Ya lo venía advirtiendo en sus relatos previos Profundo, Profundo en la Roca («Dark Fantasies», Sportula, 2017) y Las Cadenas de la Casa de Hadén («El Viento Soñador y otro relatos», Sportula, 2018). Uno, que ha tenido la suerte de acceder a sus relatos primerizos «Preta«, «La cola del lagarto» y «El Aquelarre« ha podido comprobar la rápida progresión experimentada por el autor en poco tiempo y sabe que aún no ha alcanzado su cenit.

El Arcano y el Jilguero es una novela distinta, difícil de catalogar bajo los clichés típicos que otros han utilizado y la pretenden encasillar («fantasía oscura», «épica», «grimdark»…). Como si lo necesitara… Es pura Fantasía, y eso debe bastar. Entiendo que, hoy, los editores y el público, incluso algunos autores utilicen etiquetas más o menos acertadas para definir y diferenciar su producto de otros, en un mercado saturado que exige diversidad, cierta especialización. El Arcano y el Jilguero, el sentido de la maravilla no lo precisa. Es Fantasía. Sin más.

Mezen el Ariete es uno de los cinco Altos Oficiales del Sacro Imperio Leenero que actúan y hablan en nombre del emperador. En su caso, el encargado de abrir las puertas, facilitar la caída de las ciudades que asedia en su política de conquista de todo el continente de Haan. Para hacerlo utiliza la figura de un Arcano del Tormento, un morador del Inframundo, responsable de infligir castigo a las almas condenadas. Con su larga capa de piel humana, confeccionada con los rostros despellejados de sus víctimas y unos métodos cuestionables que impactan por su crueldad, transmite el terror a los asediados, les infunde un miedo tan cerval que prefieren rendir la plaza antes que verse sometidos a su tortura. Unos métodos despreciables; un ser ruin… No tanto.

Lo que, en fondo, mueve a Mezen es un sentido particular de la justicia, la búsqueda del mal menor, salvar el máximo número de vidas del pillaje, saqueo, violación, muerte y destrucción que genera el ejército agresor («mejor una vida que mil»). Un personaje complejo, lleno de matices grises entre el blanco y el negro absolutos. A lo largo de la obra -narrada en primera persona- conocemos sus motivaciones y pensamientos, su conflicto, la lucha salvaje que mantiene entre una causa que considera justa y su demonio interior, el mal que acecha en lo profundo de su alma y aflora libre cuando no lo controla. Y cada vez lo hace menos…

Y conocemos a Nara, una joven de trece años, que ni es niña ni mujer y ya ha sufrido lo peor de la maldad humana, el rostro más oscuro de la depravación y el abuso, la crueldad de una guerra que se ha cebado en ella. Frágil, insegura, distante cuando la conoce, el trato que recibe de su salvador la hará evolucionar, capítulo a capítulo, hasta devenir en adolescente inquieta, cercana, despierta e inteligente, que pregunta y aprende sin cesar. Un jilguero cantor que provoca alegría en el Ariete y atempera su demonio interior; la única que le trata como persona y no como el monstruo que él mismo se considera. Una simbiosis que genera equilibrio en ambos personajes, pero no se completa en la obra.

Juntos inician un periplo por parte de las ciudades de Haan, en el que se nos muestra la cultura y diversidad de un continente rico en matices, animales imaginarios o la historia de cada ciudad y su gente, sus creencias y mitos divinos; todo un panteón de dioses y seres mitológicos con defectos y virtudes. Al tiempo, conocemos los secretos de Mezen, su entrega al deber y su causa, su ilusión de un mundo mejor o la imposibilidad de lograrlo, sus expectativas de traición, los monstruos que pueblan sus sueños… Y, todo, narrado de forma excepcional.

Ferran escribe de maravillas; mezcla un estilo sereno con la inquietud de la acción, ese punto de crueldad que requiere el grimdark con la ternura de lo onírico, en ocasiones rozando la prosa poética. Junto a descripciones brutales concede momentos de paz y extraordinaria belleza, secuencias tranquilas que evocan momentos feericos. Es hermosa la imagen de los siete puentes en Aguaclara, cada uno con la estatua de dos enamorados en bronce,cada uno con un nombre: suspiro, deseo, mirada, palabra, mano, beso robado, rubor, inquietud y baile; las estatuas no tienen rostro, el paseante ve el suyo reflejado en el bronce bruñido y construye su propia historia de amor… Bella -a la vez que inquietante- resulta la alegoría de las mariposas: «tres tintes, tres muertes saldan» (roja, la sangre que mana; verde, la enfermedad; morada la muerte).

Personalmente, siento muy cerca la relación de Mezen con Susurro. Una historia mutua de sentimientos, compartida en la distancia de treinta años: Bruma y Susurro…. Ferran entiende.

Los personajes están bien construidos. No sólo Mezen en su papel de Arcano del Tormento, al que necesariamente sentimos cerca por contemplar, a mente abierta, sus pensamientos, sueños y contradicciones. O Nara, cuya evolución observamos a lo largo de la historia. También los secundarios, menos definidos pero bien pincelados: Loria, la jinete de hipocampos o Dorlon, el traficante; sobre todo me interesan Zein la Cadena y Fura la Cicatriz, dos de los cinco Altos Oficiales que conforman la Zarpa del Oso Custodio del Sacro Imperio de Leene, que tanto juego pueden ofrecer en el futuro.

La historia queda abierta, da para más… necesitamos más. Sólo queda esperar ese día en que Ferran Varela deje correr su imaginación y de rienda suelta a su pluma para deleitarnos con su prosa serena, casi poética y nos cuente nuevas aventuras de Mezen el Ariete y Nara, el Jilguero. Las esperamos.

Respecto a la edición, El Arcano y el Jilguero supuso el inicio del nuevo formato para grandes novelas de Ediciones El Transbordador, de mayor tamaño y número de páginas, que se agradece y tan buen resultado está dando a esta editorial pequeña que, con su buen hacer, continúa escalando puestos en el mundillo editorial, tan complicado hoy. La calidad es una apuesta que da frutos. Y El Transbordador los está consiguiendo.

Todo cuanto diga de más no tiene sentido si lo contado no os mueve a leer esta novela -algo que recomiendo encarecidamente y agradeceréis- o ya lo habéis hecho. El Arcano y el Jilguero, de Ferran Varela en Ediciones el Transbordador lo merece.

Y dará mucho que hablar, ya veréis.

PÁNIKAS, de Pilar Pedraza: El gran Dios Pan no ha muerto.

Qué decir de Pilar Pedraza (Toledo, 1951); doctora en Historia, investigadora, profesora titular de universidad, ex-Consellera de Cultura en la Generalitat Valenciana y reconocida escritora de ensayo o narrativa de terror, en la que se mezclan rebeldía y feminismo, mitología y sensualidad, horror y muerte. Por sus escritos ha recibido todos los premios posibles.

Su último trabajo, Pánikas, publicado por Ediciones El Transbordador a inicios de año, es una excelente novela corta (se lee de un tirón) que le confiere, sin duda, el distintivo de gran dama gótica y sublime de la literatura española (su obra trasciende el género, sin dejar de serlo).

La acción transcurre en 1993. La vida de su protagonista, Sofía Fontbona O’Connor −profesora universitaria de literatura griega, casada, feúcha y con gafas, aquejada de síndrome bipolar− ha estado siempre relacionada con el mundo antiguo; ahora se cubre de una pátina hermosa de mitología pagana, en el curso de verano al que asiste en la isla griega de Astipalea.  Allí, los dioses de antaño se confunden y hacen presente, toman cuerpo de sátiro y despiertan en ella sueños pánicos de sensualidad y deseo; pasiones no satisfechas que, a su regreso a España, derivan en pesadillas, alucinaciones surrealistas de su síndrome bipolar, que la desconectan del mundo días enteros y la hunden en un mar de opresión.  Y es ahí, en ese surfear en los infiernos, donde la maestría de Pedraza como escritora se desata; su narrativa eficaz y fácil y unas descripciones intensas, nos lleva a vivir, a su lado, las terrible pesadillas que agobian sus sueños hasta la asfixia.

Su tratamiento y proceso de curación, desde la experiencia lisérgica de Lucy in the Sky with Diamonds, los fármacos más fuertes (“Menos pastillas y más Teócrito”) o la meditación budista, deben mucho a quienes la rodean; personajes entrañables que Pilar Pedraza retrata e ilumina con destreza: Amador, su adonis-marido, la armonía de Freddy LaBerge y su sueño lúcido (un concepto muy atractivo), o el magnetismo animal del seductor Janos Hunyàdi. Cuando los lazos del sueño se restauran con el cosmos, en un proceso dramático donde no falta la muerte, presente siempre en la obra de Pedraza, la enfermedad remite. Y Sofía regresa a lo pagano…

Pánikas es un canto sublime a la esencia del ser humano encarnado en mujer; en palabras de Luis Pérez Ochando (en un prólogo excepcional), es la obra más femenina e interna de Pilar Pedraza.  En ella, sensualidad e intelecto se entremezclan; lo sagrado y lo mundano, la razón y la locura se fusionan con la parte más salvaje del ser, esa que desea con anhelo el abrazo imaginario de Pan. 

Pero el gran dios Pan no ha muerto…

El Transbordador se luce con una edición espléndida (como merece la obra), que recrea el color y dibujos de su portada (también compuesta por el prologuista) y la convierte en una obra imprescindible para todo aquel que ame la buena literatura.

LA DANZA DEL GOHUT | PROCESO DE REALIZACIÓN DE LA PORTADA

El pasado 26 de octubre tuve el honor de presentar en Málaga, junto a su autor y editora, una de las novelas más importantes de las publicadas durante 2018: «La Danza del Gohut», de Ferrán Varela (reseña y comentarios aquí).  Fue en ese evento donde conocí también a Manuel Gutiérrez, autor de la impactante portada que la precede y enriquece, y sus no menos impresionantes bocetos. Y supe que tenían que publicarse.  De ahí surgió el post anterior, en el que Manuel nos regaló ese avance dibujado del proceso de creación de la portada (ver aquí).  No contento, le pedí más.  El resultado: 


PROCESO DE REALIZACIÓN DE LA PORTADA DE «LA DANZA DEL GOHUT»

Por Manuel Gutiérrez

En el verano de 2018, Ediciones El Transbordador me encargó la realización de la portada de la primera novela de Ferran Varela, La danza del gohut.  En las siguientes líneas, hago un resumen del proceso de elaboración, desde su concepto a la maquetación.

Lo abstracto y la dirección.
Me enfrenté al diseño de la portada a partir de las primeras páginas de la novela. En ella hay dos momentos poderosos de la acción que Pilar Márquez, la editora, me sugirió como imágenes clave (a elección) para plasmar en la portada.
No obstante, me faltaba información sobre el mundo que Ferran había creado, de los personajes, los ambientes… Pedí estos datos y pronto tuve una perspectiva global que me permitió acercarme al universo del autor.
Pero me alejé de lo evidente y tomé otros caminos. Unas rutas no citadas en esas primeras páginas. Una senda que me enfrentaba a los personajes principales de la novela sin saber muy bien a dónde me llevarían.  Al menos ya tenía un objetivo.

Los bocetos de los bocetos.
Para centrarme en la idea y no perderme en detalles innecesarios, en esta fase suelo trabajar en un formato muy pequeño. Apenas unos 3×5 cm. donde respeto la proporción del tamaño final de la portada.
Poco a poco, con la dirección elegida y los personajes danzando en mi cabeza, me lancé a esquematizar con dibujos rápidos la esencia de lo que quería contar. En esta etapa no me pongo trabas creativas y acepto cualquier idea, por alejada que parezca en un primer momento.
El resultado para La danza del gohut fueron 38 esquemas. Bocetos arcaicos que ya hablaban el idioma que quería transmitir y que, sin estar reflejados literalmente en la novela, eran trozos de ella. O lo que es lo mismo, el germen del nacimiento de los verdaderos bocetos.

Los bocetos.
Comencé la fase de selección y eliminé aquellos que no pasaban un filtro autoimpuesto de contenido, forma y coherencia.  Me quedé con 9.
Con la selección hecha, aumenté el tamaño de estos bocetos a un formato A5. Sobre la marcha, cambié todo lo que fue necesario de estos esquemas rápidos en pos de los filtros antes mencionados.
Una vez terminados, era el momento de que, tanto la editorial como el autor, dieran su opinión de los enfoques de los bocetos. No hubo muchas dudas y la elección fue rápida. El primer boceto del documento fue el elegido.

El lápiz y el falso entintado.
Con el modelo seleccionado, empecé la documentación anatómica y realicé un lápiz muy terminado tanto en contraste como en matices. Así, evitaba la posterior fase de entintado que me suele matar la frescura de los trazos.
A pesar de todo, en la posterior etapa de edición digital, subí los contrastes para obtener un negro más intenso en aquellas partes que lo necesitaban. O lo que es lo mismo, hice un falso entintado.

El color.
Con el dibujo escaneado, limpio y editado, comencé el color digital.
En mi caso, esta parte no tiene mucho misterio ya que suelo usar paletas cromáticas muy sencillas, bastante veladas, que complementan el lápiz de fondo y dan el contraste necesario para que el mensaje sea claro.  Ya solo tocó pintar, elegir la tonalidad global y poco más.

La maquetación.
De la maquetación se encargó El transbordador. Para ello, usaron una tipografía sencilla que no competía con la ilustración y la dejaba respirar.

No me queda más que agradecer que pensaran en mí para este trabajo, fue grato de hacer, salió relativamente rápido y acabé contento con la edición. Además, la novela es una joya y las críticas están siendo excelentes.

Como curiosidad final, añadiré que me leí la novela una vez editada. Ahí fue cuando me di cuenta que la portada había dado con uno de los pilares conceptuales de la obra sin ser consciente de ello hasta terminarla. Como dice el propio Ferran: «La portada es mejor sinopsis que la sinopsis».  La mejor crítica que tendré sobre este trabajo nunca.

Posfacio
Desde que hice la portada ya no soy yo, volví a nacer con otro nombre.  Ahora soy Raíz Osada. Soy un gohut.

El Proceso del Gohut, de Manuel Gutiérrez

La danza del gohut, de Ferran Varela, es una obra que impacta.  Publicada por Ediciones El Transbordador lleva desde su aparición, semana a semana, siendo número 1 en ventas entre ediciones de género.  Algo debe tener que lo cause. Y algo podéis leer al respecto en la entrada dedicada a la obra en estas páginas (aquí) con motivo de su presentación en Málaga.

Pero en algo, también, contribuirá esa portada impactante de Manuel Gutiérrez, un artista cuyos dibujos poseen una fuerza extraordinaria.

Puede que algún día, en otro momento, podamos disfrutar la reseña de La danza del gohut acompañada de sus imágenes, los bocetos y borradores que compuso como muestras para la portada, diversas composiciones de fuerza increíble que recogen, en blanco y negro, diferentes momentos de la historia.  Por ahora, nos conformamos con  la evolución, el proceso de creación de la portada del libro, que Manuel ha cedido para que comprobemos su trabajo.  Aquí, a continuación o, ya en grande y en movimiento, picando sobre la imagen de arriba (recomendado).  Disfrutadla.

 

LA DANZA DEL GOHUT, de Ferrán Varela.

Pensaba iniciar esta entrada indicando que, de haber escrito hace treinta años (su edad actual), Ferrán Varela hubiese publicado en Berserkr y ese relato sería hoy objeto de culto, como lo es el fanzine entre los aficionados al género.

¡Menuda tontería!

La obra de Ferrán Varela ya es objeto de culto (o lo será en breve), pues muy pocos de los autores actuales del panorama fantástico español pueden presumir de haber publicado, codo a codo, con los más reconocidos autores internacionales de género, ganadores, nominados o finalistas de los premios con mayor prestigio en el mundo del fantástico (Hugo, Nebula, World Fantasy, Locus…).  Y no una, sino dos veces, en sendos volúmenes antológicos: «Dark Fantasies / Oscuras Fantasías» y  «El Viento Soñador y otros relatos«, seleccionados ambos por Mariano Villarreal, quien también prologa, y de forma muy acertada, La Danza del Gohut, su primera novela, publicada por Ediciones El Transbordador (otro lujo, añadiría yo).

Y es que Ferrán Varela, pese a su juventud, es un nombre que comienza a sonar con fuerza en la literatura de género en España, despierta verdadera expectación entre los aficionados y, precisamente por ello, por su juventud, está llamado a convertirse en uno de sus más destacados representantes.  La Danza del Gohut es buena prueba de ello.  No me extrañaría verla entre los finalistas -o ganadora- del premio Ignotus a la mejor novela corta publicada en España en 2018.

«La vida de Leara Viera, una mujer de sangre plebeya que ha conseguido el modesto rango de tutora de la Academia de Tiuma, cambia de rumbo el día en que recibe un inesperado encargo de manos del mismísimo Pleni-potenciario de la ciudad.  Gerrin, el primogénito de este, al que se dio por muerto hace cuatro años, ha sido rescatado del cautiverio al que una horda gohut lo mantenía sometido.  La alegría del Plenipotenciario, sin embargo, se ve eclipsada por el hecho de que el joven Gerrin ha perdido el juicio: está convencido de ser un gohut y reniega de la cultura humana.

La misión de Leara consistirá en reeducarlo a tiempo para el siguiente otoño, momento en que Gerrin deberá participar en la batida anual de caza de gohut y cobrarse unas cuantas de sus pequeñas y rojas cabezas para limpiar el buen nombre de su familia».

Más allá de lo indicado en la reseña editorial, la historia de Leara -como la de Rin– es un relato de crecimiento, de cambio personal y maduración, la prevalencia del yo individual sobre las convenciones establecidas por una sociedad conservadora, que define y establece pautas de comportamiento para cada clase.  Leara, plebeya  en una sociedad de corte medieval que, gracias a su esfuerzo (y romper las normas), ha alcanzado una elevada cota de reconocimiento en la Academia (una mujer, claramente, empoderada para la época) es elegida -tentada- (precisamente por sus métodos poco ortodoxos) para una misión difícil, un reto arriesgado si falla pero altamente gratificado si lo alcanza (su nombramiento como decana, un puesto reservado sólo a la nobleza).  Y ella, por supuesto, acepta.

Leara es idealista, soñadora, una luchadora de convicciones fuertes y voluntad decidida, que consigue avanzar y triunfa donde parecía imposible.  Y, cuando lo hace, sus convicciones, sus creencias profundas, su educación adquirida se derrumban frente a Rin, el dos veces nacido; un gohut del clan de la Noche Ululante, un salvaje, una alimaña de mirada insondable y profunda, dispuesta a desgarrar a todos; pero un ser libre también, un pájaro que vuela por encima de limitaciones humanas, un espíritu indomable… y un estratega.  Cuando ambos conectan –a cambio de un crisantemo y una pluma de halcón diarios- y ella logra que se abra, sus diálogos inteligentes devienen en duelo intenso, una confrontación de culturas diferentes, enfrentadas de inicio y por siempre. 

Hay mensajes subliminares (y muy directos) en este juego dialéctico que Ferrán Varela propone a través de una danza gohut; danza salvaje que es un canto a la libertad individual frente a la sociedad que constriñe; la máxima expresión del kieth, un término imposible de traducir en lengua humana («libertad» es el término más cercano, supongo, aunque no llega ni a ser su sombra»).  Mensajes que nos llegan revestidos de una pátina libertaria que recuerda al anarquismo utópico imbuido en la obra de Ursula Kroeber Le Guin,

«No sois libres.  Sois esclavos unos de otros»

«En lugar de adaptaros al entorno tratáis de domarlo».

también el poder de los nombres (un tema recurrente),

«Ponéis nombres como se le pondría una correa a un perro…  Asignáis roles».

«Era un asqueroso nombre humano, un nombre nacido para atar y restringir la volunta».

o su dualidad taoísta:

«Debe haber noche para que haya día.  Debe de haber dolor para que haya gozo.  Debe haber muerte para que haya vida».

Y, como en Le Guin, hay belleza en sus palabras.

Si en los diálogos -vivos, cargados de contenido- Varela utiliza un lenguaje directo, escueto en juegos semánticos, en las descripciones su narrativa posee un lenguaje poético, hermoso sin ser recargado, muy natural; con descripciones vívidas que dibujan escenas repletas de magia o sensualidad, palabras bellas, metáforas y alegorías que, sin poder evitarlo, recuerdan a Robert E. Howard, el hombre que, en palabras de Patrice Louinet, sentó las bases de la fantasía moderna (1).  Si el maestro Howard era experto en enriquecer con metáforas sus descripciones más duras y épicas («el mantel de los cuervos» … «la canción de las espadas»), la prosa de Varela no le anda a la zaga («…sabor a azul oscuro, magia totémica y el crepitar de una llama» … «la melodía de la madera quebrada»…).  Ferrán Varela posee un don: pese a lo dicho, cuenta las cosas con una escritura concisa, un estilo sencillo pero trabajado.  Con pocas palabras, un par de frases dibuja una escena, resuelve una duda, define el escenario o da un giro a la historia.  No sólo en esta obra; también en las anteriores que he leído: Profundo, profundo en la roca, una fantasía oscura de geomancia, magia de la Tierra y un sacrificio humano a los genios que la canalizan, y Las cadenas de la Casa de Hadén, un relato de corte épico-filosófico donde la trama central es un combate entre un padre y su hija; combate que Ferrán resuelve en sólo unas frases.  Y, sin embargo, no precisa más, está completo, cerrado y perfecto.

Como sus mujeres, protagonistas únicas en cada una de sus historias aunque, a veces, sea un hombre quien lleva el peso del relato.  Osa (ese no es su nombre, entregado como tributo a un espíritu) en Profundo, profundo…, Deva, el guirivilo, matriarca de la casa de Hadén, en Las cadenas…  Mujeres decididas, fuertes aún en la duda, completas pese a que sólo vemos un esbozo de su vida, una parte de esa historia que sabes mayor y querrías conocer completa, pero que llena, y te conformas, porque sabes que alcanza el punto justo para interesar sin cansarte…  La esencia de un buen relato.

A muchos extrañará (a mi me sorprendió) que en La danza del gohut encuentre más rastros de R.E.Howard de lo que a primera vista parece. Si -inicialmente- los gohuts se presentan como salvajes violentos, enemigos jurados de la sociedad civilizada, que asolan cosechas y a los que, necesariamente, hay que exterminar, conforme avanza el relato se transforman en seres cercanos a la naturaleza, muy en la onda del piel roja o nativo amazonio enfrentado a la civilización, el bárbaro identificado con lo natural y no por ello menos salvaje o cruel, que nos trajo el cine en los ’70, ’80 y ’90 (2), o los cómics europeos de la época (3).  Pero que, antes, en la década de los ’30 fue la marca distintiva de R.E. Howard en Conan:

«No era un mero salvaje; era parte de lo salvaje, era uno con los indomables elementos de la vida». El Coloso Negro.

«La barbarie es el estado natural del hombre (…) La civilización es antinatural, un capricho de las circunstancias.  Y, a la postre, la barbarie siempre acabará triunfando».    Más allá del Río Negro.

Aquí Varela, y su gohutestarían cerca del concepto de «existencialista inconsciente» con el que Charles Hoffman identifica aHoward (4).  Un aspecto crucial que, como indica Luis F. López-Espinosa (5)define y diferencia su obra de la de otros autores de fantasía heroica como Tolkien o Moorcock: no existe un Destino predeterminado para el héroe.

«En cada una de las historias de Howard, Conan crea y soporta su propio destino».

Y es el caso de los gohut:

«Debes saber que tu papel en el mundo es sólo el que tú escribas».

Dice López-Espinosa que «El héroe howardiano es un «nihilista activo» en el sentido nietzscheano. (…)  Nihilismo activo presente en el texto «El carácter destructivo» de Walter Benjamin»(6):

«El carácter destructivo solo conoce una consigna: hacer sitio; solo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio.»

Si contrastamos el texto con las palabras de Rin:

«La destrucción es la esencia del cambio.  Para erigir algo nuevo hay que destruir antes lo antiguo».

podríamos concluir lo mismo sobre Varela y sus gohuts (igual es suponer demasiado… pero se lo preguntaré). 

La danza del gohut es una novela de fantasía, una de las pocas que se publican últimamente en España sin componente de CF o Terror.  Y me encanta que sea El Transbordador quien la publique, en una de esas ediciones impecables a las que nos tiene acostumbrado.  Quizá por la violencia y crudeza de algunas acciones o el tono crepuscular de la obra, se le han adjudicado diversas etiquetas como«fantasía weird««fantasía oscura« con las que no estoy del todo de acuerdo (Profundo, profundo en la tierra sí lo es).  En todo caso, sería «grimdark«, que no es sino una palabra moderna para la «fantasía épica» de siempre y, en este caso, como hemos visto, lo es, por mucho existencialismo, introspección y otras cualidades que le acompañen. De todas formas, no son sino eso, etiquetas innecesarias, que constriñen la pura Fantasía sin más, con mayúsculas y sin etiquetas.

Tengo claro que Ferrán Varela escribe bien, muy bien y me gusta.  Me gustan sus personajes y cómo construye historias con pocas palabras -las justas- que te dejan ganas de más.  En las distancias cortas me parece bueno, muy bueno y prometedor.  Habrá que verlo en una novela más larga (a no mucho tardar, por lo que parece).

Yo, por si acaso, me apunto.  Quiero comprobar si -como dice Rinconsigue «el mejor relato que hayas leído en tu vida, a cambio de un trocito de cielo».

NOTAS:

  1. Louinet, Patrice. «Le Guide Howard« (Les trois souhaits), Amazon. 2018:        «Se puede decir que la fantasía (fantasía heroica, o no importa qué otra etiqueta desees utilizar) nace con la epopeya de Gilgamesh, lo que no impide que sea el tejano quien fije, con esta novela («El Fénix en la espada«), la casi totalidad de los códigos presentes hoy en la fantasía moderna».
  2. «Un hombre llamado caballo» (Elliot Silverstein, 1970). «Pequeño gran hombre» (Arthur Penn, 1970).  «La selva Esmeralda» (John Boorman, 1985).  «Bailando con lobos» (Kevin Costner, 1990), son algunos ejemplos.
  3. «Teniente Blueberry» (Charlier/Giraud, 1963), «Ken Parker» (Milazzo/Berardi, 1974), «Jonathan Cartland» (Blanc-Dumont, 1974), entre otros
  4. Hoffman, Ch: «Conan The Existential«, en Herron, D. (ed): «The barbaric Triumph», Maryland: Wildside Press, 2004
  5. López-Espinosa,L.F. «Robert E. Howard: La espada salvaje de la ideología«. Thémata, Revista de Filosofía, nº 55,  2017