VILLANOS EN LA CASA, en BD (Conan le cimmérien, vol.10)

Nos encontramos ante una excelente adaptación al cómic de «Villanos en la casa», de Robert E. Howard, realizada por Patrice Louinet con dibujos de Paolo Martinello, como nº 10 de la colección «Conan le Cimmérien» de Ediciones Glénat.

(Todas las imágenes se amplían al hacer clik sobre ellas. Recomiendo hacerlo, para contemplar la espectacularidad de algunas escenas.)

La historia (curiosamente titulada en francés «La casa de los tres bandidos» [Conan, Murillo y Nabónidus]), una de las últimas del primer ciclo del personaje (publicada en enero de 1934), contiene interesantes peculiaridades o cambios respecto a las precedentes:

De un lado, la casi nula presencia femenina entre sus páginas (el ajuste de cuentas con la novieta de turno es testimonial) lo que le priva -de nuevo- de la portada en Weird Tales, pese a ser uno de los personajes mejor valorados por los lectores. De otro, y sobre todo, destaca la introducción de la tecnología y la ciencia para justificar lo sobrenatural: el Sacerdote Rojo, un poderoso villano que despierta el terror de sus conciudadanos como hechicero, resulta ser un científico avanzado a su tiempo que, frente a la magia, utiliza elementos tecnológicos y ardides psicológicos para obtener sus fines corruptos, y habla sin tapujos de «evolución natural». Howard recoge, sin duda, el enfrentamiento candente en la época (y que aún mantienen algunos) entre evolucionistas y creacionistas y toma partido, mostrando claras sus preferencias.

Pero revela también su desprecio por la política (en este caso local), en la que sitúa por igual a sacerdotes y aristócratas, ambos ávidos de poder, y la concibe como un defecto inherente a la civilización. Aún no utiliza el conocido discurso de enfrentamiento con la barbarie (entendida como elemento natural, no sujeta a leyes opresoras) que expondrá un año después en Más allá del río Negro. Pero Patrice Louinet sí lo hace, poniendo en sus labio la frase «Por lo que se ve, es ilegal matar a un jodido sacerdote, aunque sea el peor de los bandidos», anticipo quizás del desconcierto que siente ante el juez unos meses más tarde, en La Reina de la Costa Negra, para justificar sus actos transgresores como ladrón o asesino («el más honesto de los tres villanos» en palabras de Murillo).

El relato (Howard confiesa por carta a Clark Ashton Smith que se escribió solo, de un tirón y apenas sin corregir) transcurre intramuros, dentro de la ciudad, la cárcel o la mansión del sacerdote rojo, lejos de los espacios abiertos que contemplan grandes batallas. Howard nos introduce en el ambiente ominoso de las cloacas (incluidas las políticas), pasillos amenazadores y habitaciones llenas de trampas; un interiorismo que propicia la reflexión y que prevalezcan los personajes. El autor prefiere la narrativa a los diálogos, y ello propicia una adaptación al cómic en grandes grandes planchas que enlazan viñetas sin texto, ilustraciones plenas de pequeños detalles y un sin fin de personajes de adorno, planos que cambian de enfoque y secuencias bien dirigidas, que consiguen el equilibrio perfecto en una narración secuencial de lujo.

Howard inicia el relato con la historia ya planteada, el cimmerio en la cárcel y, después, con una concisión precisa, propia de un maestro, traza y nos explica en sólo unos párrafos lo sucedido (la ejecución del compañero y su venganza sobre el sacerdote de Anu que los traicionó). En el cómic, la historia se comprende mejor si se cuenta en secuencia, desde su inicio (1). Los autores se permiten utilizar 16 páginas (europeas, grandes planchas) para narrarla; y funciona muy bien. Nos encontramos ante una gran versión, una adaptación que respeta el original y demuestra que se puede ser creativo sin cambiar ni reescribir lo que ha contado el autor.

Me gusta que Patrice Luinet opte por la opción propuesta por Dale Ripke en su cronología «Tormenta Oscura»(2) y que el amigo ajusticiado sea el mismo Néstor de Gunderland que Conan conoce en la sinopsis de El aposento de los muertos (3). Como me ha parecido magnífica la recreación gráfica de Thak por Paolo Martinelli, mucho más humana en su bestialidad que otras (incluida la de Frazetta) y acorde a lo que el escritor tejano quiso reflejar en las palabras de Conan:

«Esta noche he matado a un hombre y no a una bestia».

El aspecto gráfico resulta impactante, como podéis comprobar. El cimmerio se nos presenta como un joven bárbaro (de 19 años) que impresiona por su corpulencia pero a la vez es ágil, de reacciones felinas y mirada viva, salvaje e inteligente. También acierta Martinelli con el resto de personajes, la ambientación y los fondos, incluso el color o intercalando planos y contrapicados, obteniendo en conjunto una narrativa muy ágil. Incluso añade un guiño de humor en la taberna, cuando representa a la veterana prostituta pelirroja, inflada y deforme, de nombre Sonia, que viste un conjunto bikini de mallas plateadas.

Sólo le encuentro una pega (ínfima): los escenarios; ese eclecticismo arquitectónico que mezcla indiscri-minadamente construcciones antiguas, torres estilizadas, muros medievales, templos de corte oriental o arcos de todo tipo, junto a elementos decorativos de diversas épocas y enormes adornos renacentistas o neoclásicos; incluso en un barrio bajo como El Laberinto. A mi entender, otorgan espectacularidad al ambiente, pero despojan de personalidad a la ciudad de Corinthia. Por lo demás, grandioso.

El ensayo final de Louinet que acompaña a cada álbum de la serie, aunque magnífico como siempre, me resulta menos brillante que otros; pero sus comentarios añaden un plus de calidad al álbum. No en vano lo firma uno de los mayores entendidos en Robert E. Howard o su obra; en este caso, también el guionista.

En suma, un nuevo ejemplo del buen hacer de esta colección de Glénat, que demuestra que es posible realizar una gran historia personal respetando las fuentes, adaptar sin inventar ni reescribir a su autor.

NOTAS:

(1) – Todas las adaptaciones previas lo han hecho así: en Marvel, Roy Thomas, en un número anterior, mientras utiliza dos cuadernillos para completar la historia; en Dark Horse, Timothy Truman usa cuatro para narrarla (88 páginas), más una extensa precuela.

(2) –The Dark Storm Conan Cronologie, publicada en los números 180, 181 y 182 de REHUPA (2003). Timothy Truman sigue ya esta cronología, adoptada en su mayor parte por la colección de Dark Horse. La versión de Roy Thomas es bastante anterior, y se encuentra contaminada por las acciones de L. Sprague deCamp.

(3) -Sinopsis de una historia de Conan no narrada por Howard. Diversos autores la han continuado y reescrito después, como relato y en diferentes cómics.

«La Era de la Locura», volumen I: UN POCO DE ODIO. Abercrombie en estado puro.

«Esa mañana habían llegado a un claro lleno de cadáveres. Más de una docena. Hombres de ambos bandos, que habían pasado a estar todos en el mismo. Ya se decía que la Gran Niveladora resolvía todas las diferencias.»

Han pasado más de treinta años desde los hechos narrados en El Último argumento de los Reyes (volumen 3 de La Primera Ley), veintiuno desde Los Héroes (la novela más cercana a los hechos actuales de las tres que completan la trilogía). En el Norte, pocas cosas han cambiado aunque las personas lo hagan: entre los clanes persiste el clima de enfrentamiento y lealtades, las rencillas continuas, el deseo de independencia del protectorado de La Unión, un «brexit» a la fuerza. Scale «Mano de Hierro» continúa como rey en el norte, pero sólo de nombre; su hermano Calder «el Negro» es quien toma las decisiones, un estadista que, sin renunciar a nada, busca el momento oportuno; pero se ve arrollado por la fuerza y juventud de su propio hijo, Stour Ocaso, «El Gran Lobo», impetuoso y poco templado -como ellos antaño- que se ha convertido en líder guerrero de las nuevas fuerzas norteñas, el futuro rey en ciernes. La juventud crea nuevos Mejores Guerreros y no se detiene ante nada, ni siquiera a pensar.

Leo dan Brock, por Stacey

En Angland, Harold dan Brock ha muerto y su viuda Finree lleva tres años ejerciendo como Gobernadora del Protectorado. Mujer capacitada para el mando y gran estratega, ha sabido contener la situación con apoyo de El Sabueso, jefe de Uffrith. Pero su hijo, Leo dan Brock, gobernador en ciernes, desespera sin que llegue de Adua su confirmación en el cargo. Guerrero audaz aunque temerario, El joven león» como le llaman sus hombres, aspira a alcanzar la gloria y enfrentarse al «gran lobo» en batalla o en el Círculo de Escudos, donde se forjan los nombres de las leyendas que oye y admira desde que nació. Ese enfrentamiento llegará…

Rikke, por Wichever Flower

Y Rikke, la hija del Sabueso, tendrá mucho que decir o ver. Bendecida (o maldita) con el «ojo largo», visiones que se manifiestan como ataques incontrolados, que intenta dominar con ayuda de la bruja montañesa Isern-i-Phail. Rikke y Leo se conocieron de niños y están condenados a encontrarse, aunque el destino les depara nuevos rumbos. Cuando el conflicto comienza, se encuentra en las montañas con Isern, tras las filas que atacan Uffrith. Perseguida por El Gran Lobo, deberá atravesarlas para llegar hasta Angland y las huestes de su padre.

Lo que si ha cambiado, y no poco en 30 años (al menos en su apariencia externa), es Adua, la ciudad de las torres blancas, el centro del mundo y La Unión, la capital del imperio. Aunque nada en su estructura interna ha dejado de ser como estaba en La Primera Ley (aquello de «cambiar para que nada cambie» del «Gatopardo», de Giuseppe Tomasi de Lampedusa):

Bayaz, el Primero de los Magos

Jezal dan Lutar continúa como Gran Rey, aceptando el rol de títere inútil que le toca desempeñar; sometido al Consejo Abierto, dominado por el Consejo Cerrado, que sigue en manos del Archilector Sand dan Glokta, Inquisidor Real, el hombre más temido del mundo… quien, a su vez, teme a la poderosa Orden de los Magos, con Bayaz (sí, el eterno Primer Mago de siempre) aún al mando; nadie sabe en realidad qué papel desempeña, pero él se muestra prepotente, confiado, superior y risueño, y parece estar en todas partes, en cada acción importante; él, o su acólito Yoru Sulfur. (Os suenan los nombres, ¿verdad?).

Pero no, ninguno de ellos será protagonista en esta aventura donde las mujeres alcanzan mayor relevancia, sino comparsas de lujo, actores de segunda fila, en la compleja representación que teje Abercrombie sobre sus herederos, la nueva generación de ciudadanos de la Adua floreciente y moderna del capitalismo industrial:

Savine dan Glokta, por Heliaofbuda

De un lado, Savine dan Glotka, la bella hija del Archilector y Ardee; miembro destacada de la alta sociedad, brillante inversora y adulada dueña de los negocios de media ciudad. Frívola e inteligente, decide sobre las vidas y destinos de sus administrados, que la admiran, odian o pretenden imitar. Porque en este nuevo mundo en que se ha transformado La Unión, son los negocios, la visión comercial y la especulación industrial quienes conceden imagen pública y otorgan poder (bajo la mirada atenta y consentimiento de quienes deciden…).

Orso dan Luthar, por Autoapocrypha

De otro, Orso dan Luthar, el Príncipe heredero, quien sigue el ejemplo de su padre y lo que de él se espera y desperdicia (es un decir) una vida disipada en mujeres, alcohol, drogas y espectáculos (ahorcamientos), mientras intenta llenar el vacío de su existencia inútil, carente de sentido o razón. ¿O es sólo una fachada a la que se ve abocado y en el fondo (muy al fondo) esconde valores y sentimientos profundos que, algún día, aflorarán?

Hechas las presentaciones, dispuestos los personajes (hay más, conocidos y nuevos), ¡que comience el espectáculo…! Porque si algo no falta en las novelas de Abercrombie, es acción. Una acción retorcida, contada sin miedo a la suciedad que acompaña la más baja categoría moral del ser humano llevado al límite; personas de sentimientos extremos y retorcidos; pasiones que, salvo excepciones, no siempre transitan por los límites del espectro y admiten una amplia gama de grises intermedios o su extremo más opuesto. Descripciones frescas, realistas, serenas, o duras y desgarradas, que alterna con diálogos ingeniosos, cínicos y con ese punto de humor negro que los convierte en humanos, para componer, en conjunto, una obra ágil y de lectura rápida, que te atrapa, engancha y no puedes dejar hasta el final.

Con Abercrombie en el Celsius 2019

Lo mejor que tiene Abercrombie es que, además de ser un tipo cercano y dispuesto a complacer a sus fans, sabe lo que quiere y cómo lo quiere contar; y que, cuando publica, no se hace esperar siete o diez años para ofrecer una continuidad. Lo bueno, también, es que sabe reinventarse y reinventar el mundo que ha construido (o deconstruye) y presentar historias distintas siendo fiel a sí mismo; que, tras recrear de forma magnífica una trilogía de fantasía épica hard-boiled (el estilo Grimdark que es su marca personal), sobre la misma, y sin traicionarse, dibuja tres novelas diferentes de corte fantástico para adultos: un thriller con vendetta (La Mejor Venganza), la aventura bélica de una batalla (Los Héroes) y una historia del far west (Tierras Rojas).

Iniciar una segunda trilogía sobre esta base, sin rebajar el listón ni autofagocitarse, suponía, sin duda, correr un riesgo elevado; que, a mi entender, supera ampliamente.

De principio, el entorno.

Un mundo de corte medieval que responde bien a los cánones de la fantasía; trazas de imperialismo, una estructura compleja de poder centralizado, el ejército costoso y desperdigado por reinos inquietos, promesas y lealtades difíciles de mantener; una población disconforme cada día más amplia y dispar (la inmigración hacia la capital crece y conforma una amalgama de razas y etnias), dividida en estratos y clases sociales cada vez más extremos, al borde del estallido social.

En el norte, escenario de antiguas contiendas sangrientas, la paz tras la batalla de Osrung, dos décadas antes, se quiebra y estalla la guerra; un ambiente que Abercrombie domina con maestría y en el que se siente a sus anchas. Sus descripciones de batallas son únicas: crudas, descarnadas, de un realismo sin concesiones, a veces cruel; gritos que se entremezclan con sangre y barro, sesos y tripas evisceradas, vómitos, fluidos corporales, brazos cortados, acompañados de la angustia previa y posterior al combate, el sentimiento de pérdida, la agonía del caminar sobre el barro sin rumbo determinado o sin destino, la soledad de la huida.

Pero no abusa de ellos, los dosifica hábilmente y crea un clima; ofrecer la ración justa de dolor y muerte que la historia requiere; se contiene. Porque en Un poco de odio la batalla abierta no es el centro de la historia como en Los Héroes sino la anécdota que la sostiene. Hay otra guerra, larvada ya en La Primera Ley, que ahora estalla: la injusticia social, la rebelión de las masas que, en sus manos, se convierte en odiosa y visceral. En los treinta años que han trascurrido, la transformación social de Middlerland ha sido fuerte -demasiado rápida quizás- y pasa de sociedad medieval de gremios artesanos a una revolución industrial incipiente, en la que el carbón y el vapor son la moneda de cambio y la máquina el eje vertebrador de la industria y las relaciones. El incremento de costes del sector primario, los impuestos y levas para pagar la guerra, conllevan paro e inmigración hacia las ciudades; la agricultura y ganadería ya no sostienen a las familias, que abandonan su hábitat natural y buscan trabajo en las fábrica, pero en éstas no hay para todos; la confección industrial reduce los precios de la mano de obra y se usan niños para el manejo de máquinas que elaboran más producto en menos tiempo, en largas jornadas sin descanso ni apenas coste; una esclavitud encubierta. Las familias viven en paro, arracimadas en sótanos y barrios mal atendidos, sucios y contaminados por el humo y los residuos.

Nuevos trabajos nacen; los hombres, a falta de trabajo honrado, se refugian en grupos de chulos y matones, las mujeres y niños recurren a la prostitución para alimentarse. La industrialización se ha convertido en un medio de destrucción masiva de costumbres y valores y es el capital quien reina en esta vorágine a punto de estallar. Los inversores marcan la pauta, deciden sin pasión sobre títulos de propiedad y las vidas que conllevan, sin considerar consecuencias… Savine dan Glokta es la más ávida inversora de Adua, pero precisa también financiación, un aspecto que domina como nadie la banca Valint&Balk. Y ya sabemos en manos de quién se encuentra… como toda La Unión.

El descontento se apodera del pueblo. En especial, en Valbeck, ciudad industrializada, y surgen grupos radicales; como los Rompedores (idealistas, que persiguen reformas sociales y mejoras en las condiciones de trabajo) y los Quemadores (hostiles a la monarquía y la aristocracia, que buscan desmantelar la Unión); ambos inspirados en aquellos luditas ingleses que quemaron y destrozaron las máquinas como protesta por la pérdida de empleos. Sólo que cuando la protesta social de la clase obrera se une a la marginación, explotación y el hambre, todo estalla, la acción popular se convierte en revancha de masas, que pierden la razón y se manipulan con facilidad, el odio sustituye a la necesidad de justicia y el caos se desata.

Y en esos mares profundos de aguas revueltas, Abercrombie nada a sus anchas, desata su esencia más primaria y enarbola oficio, para narrar como pocos la injusticia y el desconcierto. Me llama la atención cómo, en una obra de capítulos cortos que trasladan el foco de acción de un escenario a otro, enlaza varios capítulos -de los más largos- para describir la revuelta social hasta el supuesto Gran Cambio; en ellos, contemplamos los hechos a través de los ojos y pensamientos de los personajes, en un largo traveling literario que recorre las calles y pasa de un actor a otro, para reflejar los distintos estados de la contienda, la evolución de sucesos, a partir de los sentimientos: sorpresa, exaltación, desconcierto, destrucción, venganza, humillación, odio, dolor, suciedad, miedo… decepción.

La importancia de los personajes.

La Primera Ley, ilustración de Darey Dawn

El acierto de Abercrombie en La Primera Ley consistió en diseñar unos personajes complejos, de fuerza y atractivo excepcional, que, sin ser novedosos (Logen es un trasunto del Conan de R.E. Howard o el Caín (Kane) de K.E. Wagner, insertado en una historia más amplia; Sand dan Glokta, salvando distancias, recoge la trágica amoralidad de Elric de Melniboné -o El Doctor Burlón-, de M.Moorcock) sorprendieron y cautivaron al lector (también los secundarios, como Ardee en su primera aparición). No sólo por la personalidad que demostraban, la intensidad de sus actos o cómo evolucionaron a lo largo de la historia, sino su capacidad para el contraste, sus claroscuros, cómo podía existir ternura en un torturador o un sanguinario y depravación en quien se presentaba como el más noble y excelso de los salvadores. Algo que, sin duda, ya hizo antes George R.R. Martin, con el matiz de que Abercrombie no defrauda con el tiempo y consigue terminar lo que empieza. Cuestión de perspectiva, o planificación.

Ilustración de Raymond Swanland

El reto que enfrenta ahora con La Era de la Locura (segunda trilogía, tras otras tres novelas y una colección de relatos) no es otro que repetir el éxito obtenido y mantener intacto su interés, sabiendo que, por muy atractivos que sean los personajes, ya no podrán sorprender como entonces. Por eso, Abercrombie, tipo listo donde los haya y con oficio de sobra, opta por no insistir en los mismos y crear una segunda generación, a la que cambia de trasfondo y motivación, sin desprenderse -de inicio- de los que triunfaron entonces (una parte, al menos), que utiliza como secundarios de lujo en guiños cómplices al lector curtido, para arrancar sus recuerdos y mantener viva la llama, con la promesa (válida también para el que se acerca por primera vez) de igualar su entusiasmo. Y el interés no decrece.

Raymond Swanland

Los personajes de Un poco de Odio atraen y poseen personalidad propia; no disponen -aún- de la fuerza de sus precursores, pero resultan interesantes y disponen de recorrido para un desarrollo más amplio. También gozan de mayor presencia femenina entre protagonistas y les mueven nuevas causas: de un lado, el conflicto generacional, ese ansia irracional de la juventud por alcanzar pronto la gloria, frente a la reflexión y experiencia (no siempre positivas) de sus mayores (la repetición de roles en la camarilla de Mejores Guerreros, jóvenes y viejos, es un ejemplo). De otro, el conflicto social, un trasfondo economicista (muy del agrado del amigo Pacoman) que ya aparece en la primera trilogía como motor del cambio. Y, en ambos casos, sin ser conscientes de las instancias superiores, siempre en las sombras, que manejan los hilos del poder en función de sus intereses.

Raymond Swanland

Junto a los actores principales hay otros que se nos muestran con punto de vista propio (POV) y están llamados a alcanzar mayor relevancia: Vick dan Teufel, hija de aquel Maestro de la Ceca acusado por Glokta y desterrado a Angland al inicio de La Voz de las Espadas, de rostro impenetrable y pensamientos turbios; y «Toro» Broad, un ex-soldado de asalto con buen corazón y fuertes impulsos a la violencia; también Jonás Trébol, antiguo jefe guerrero del Norte, cómodo y pragmático ahora, que ha sabido conservar la vida gracias a mantener un perfil bajo y aprovechar cada oportunidad que se le presenta; incluso veo posibilidades en Selest dan Heugen, admiradora y rival de Savine dan Glokta en los negocios. Por supuesto, y aunque la magia se diluye en un mundo moderno e industrializado, el Consejo de Magos, siempre presente en segundo plano (no en vano dijo Bayaz a Logen, al conocerle, «hay muchas formas de cascar un huevo»); queda aún por aclarar su implicación en dos sucesos importantes al final del libro, que han de marcar el curso de los acontecimientos en el segundo volumen de la trilogía, El Problema de la Paz.

En resumen, con Un poco de odio, Joe Abercrombie demuestra mantener templado el acero de su pluma y afilado el oficio de escritor, para construir una serie que -con los diez libros previstos hasta el momento- se encamina, de forma sibilina y casi sin hacer ruido, a ser toda una epopeya fantástica.

La mejor, más inteligente, sucia y marrullera saga Grimdark de estos tiempos.

Mapa del Círculo del Mundo, escenario de La Primera Ley y La Era de la Locura

EL ARCANO Y EL JILGUERO, de Ferran Varela

«Esperaré a que toda Hann sea conquistada. Esperaré a que no sea necesario un ejército, a que no haya adversario contra el que el Imperio pueda luchar. Esperaré a que el hijo del Emperador tenga edad para gobernar, con tal de evitar una guerra civil en pos del Trono de Mesetatrigo. Y entonces os mataré. A ti y al Emperador. Os daré la muerte más dolorosa que pueda concebirse en este mundo. Agonizaréis durante semanas, y eso no será más que el comienzo. Pasarán meses desde que empiece a torturaros hasta que vuestros rostros terminen en mi capa diabólica».

Nos encontramos ante una de las mejores obras de Fantasía escritas en castellano, llamada a marcar un hito extraordinario en el fantástico español. Y no es exageración; no la boutade de un cronista para llamar la atención sobre un autor o su obra más allá de lo que merece. El tiempo se encargará de darme razón o no. De hecho, ya lo está haciendo: pocas obras editadas en nuestro país han tenido una acogida tan espléndida entre el público y la crítica como la presente; pocas veces un autor ha sido tan reclamado en presentaciones y firmas tras su primera novela, que desde inicios copó los primeros puestos de venta, semana a semana, y continúa gozando de reseñas favorables meses después. Algún día traspasará fronteras. Entonces veremos que su éxito no es una solitaria raya en el agua en este país cainita, tan cruel con lo propio, sino un hecho cierto y fehaciente.

Ferran Varela, un joven abogado de Barcelona, que muy poco antes pensaba abandonar la escritura, ya nos sorprendió meses atrás con La Danza del Gohut (ediciones El Transbordador, 2018), una novela corta, estimulante, que precedió en éxito y acogida a la actual; ella nos mostró el inmenso poder de concisión de Varela, su facilidad para conectar con el público y hacer cercano lo extraordinario, cotidiano lo fantástico. Ya lo venía advirtiendo en sus relatos previos Profundo, Profundo en la Roca («Dark Fantasies», Sportula, 2017) y Las Cadenas de la Casa de Hadén («El Viento Soñador y otro relatos», Sportula, 2018). Uno, que ha tenido la suerte de acceder a sus relatos primerizos «Preta«, «La cola del lagarto» y «El Aquelarre« ha podido comprobar la rápida progresión experimentada por el autor en poco tiempo y sabe que aún no ha alcanzado su cenit.

El Arcano y el Jilguero es una novela distinta, difícil de catalogar bajo los clichés típicos que otros han utilizado y la pretenden encasillar («fantasía oscura», «épica», «grimdark»…). Como si lo necesitara… Es pura Fantasía, y eso debe bastar. Entiendo que, hoy, los editores y el público, incluso algunos autores utilicen etiquetas más o menos acertadas para definir y diferenciar su producto de otros, en un mercado saturado que exige diversidad, cierta especialización. El Arcano y el Jilguero, el sentido de la maravilla no lo precisa. Es Fantasía. Sin más.

Mezen el Ariete es uno de los cinco Altos Oficiales del Sacro Imperio Leenero que actúan y hablan en nombre del emperador. En su caso, el encargado de abrir las puertas, facilitar la caída de las ciudades que asedia en su política de conquista de todo el continente de Haan. Para hacerlo utiliza la figura de un Arcano del Tormento, un morador del Inframundo, responsable de infligir castigo a las almas condenadas. Con su larga capa de piel humana, confeccionada con los rostros despellejados de sus víctimas y unos métodos cuestionables que impactan por su crueldad, transmite el terror a los asediados, les infunde un miedo tan cerval que prefieren rendir la plaza antes que verse sometidos a su tortura. Unos métodos despreciables; un ser ruin… No tanto.

Lo que, en fondo, mueve a Mezen es un sentido particular de la justicia, la búsqueda del mal menor, salvar el máximo número de vidas del pillaje, saqueo, violación, muerte y destrucción que genera el ejército agresor («mejor una vida que mil»). Un personaje complejo, lleno de matices grises entre el blanco y el negro absolutos. A lo largo de la obra -narrada en primera persona- conocemos sus motivaciones y pensamientos, su conflicto, la lucha salvaje que mantiene entre una causa que considera justa y su demonio interior, el mal que acecha en lo profundo de su alma y aflora libre cuando no lo controla. Y cada vez lo hace menos…

Y conocemos a Nara, una joven de trece años, que ni es niña ni mujer y ya ha sufrido lo peor de la maldad humana, el rostro más oscuro de la depravación y el abuso, la crueldad de una guerra que se ha cebado en ella. Frágil, insegura, distante cuando la conoce, el trato que recibe de su salvador la hará evolucionar, capítulo a capítulo, hasta devenir en adolescente inquieta, cercana, despierta e inteligente, que pregunta y aprende sin cesar. Un jilguero cantor que provoca alegría en el Ariete y atempera su demonio interior; la única que le trata como persona y no como el monstruo que él mismo se considera. Una simbiosis que genera equilibrio en ambos personajes, pero no se completa en la obra.

Juntos inician un periplo por parte de las ciudades de Haan, en el que se nos muestra la cultura y diversidad de un continente rico en matices, animales imaginarios o la historia de cada ciudad y su gente, sus creencias y mitos divinos; todo un panteón de dioses y seres mitológicos con defectos y virtudes. Al tiempo, conocemos los secretos de Mezen, su entrega al deber y su causa, su ilusión de un mundo mejor o la imposibilidad de lograrlo, sus expectativas de traición, los monstruos que pueblan sus sueños… Y, todo, narrado de forma excepcional.

Ferran escribe de maravillas; mezcla un estilo sereno con la inquietud de la acción, ese punto de crueldad que requiere el grimdark con la ternura de lo onírico, en ocasiones rozando la prosa poética. Junto a descripciones brutales concede momentos de paz y extraordinaria belleza, secuencias tranquilas que evocan momentos feericos. Es hermosa la imagen de los siete puentes en Aguaclara, cada uno con la estatua de dos enamorados en bronce,cada uno con un nombre: suspiro, deseo, mirada, palabra, mano, beso robado, rubor, inquietud y baile; las estatuas no tienen rostro, el paseante ve el suyo reflejado en el bronce bruñido y construye su propia historia de amor… Bella -a la vez que inquietante- resulta la alegoría de las mariposas: «tres tintes, tres muertes saldan» (roja, la sangre que mana; verde, la enfermedad; morada la muerte).

Personalmente, siento muy cerca la relación de Mezen con Susurro. Una historia mutua de sentimientos, compartida en la distancia de treinta años: Bruma y Susurro…. Ferran entiende.

Los personajes están bien construidos. No sólo Mezen en su papel de Arcano del Tormento, al que necesariamente sentimos cerca por contemplar, a mente abierta, sus pensamientos, sueños y contradicciones. O Nara, cuya evolución observamos a lo largo de la historia. También los secundarios, menos definidos pero bien pincelados: Loria, la jinete de hipocampos o Dorlon, el traficante; sobre todo me interesan Zein la Cadena y Fura la Cicatriz, dos de los cinco Altos Oficiales que conforman la Zarpa del Oso Custodio del Sacro Imperio de Leene, que tanto juego pueden ofrecer en el futuro.

La historia queda abierta, da para más… necesitamos más. Sólo queda esperar ese día en que Ferran Varela deje correr su imaginación y de rienda suelta a su pluma para deleitarnos con su prosa serena, casi poética y nos cuente nuevas aventuras de Mezen el Ariete y Nara, el Jilguero. Las esperamos.

Respecto a la edición, El Arcano y el Jilguero supuso el inicio del nuevo formato para grandes novelas de Ediciones El Transbordador, de mayor tamaño y número de páginas, que se agradece y tan buen resultado está dando a esta editorial pequeña que, con su buen hacer, continúa escalando puestos en el mundillo editorial, tan complicado hoy. La calidad es una apuesta que da frutos. Y El Transbordador los está consiguiendo.

Todo cuanto diga de más no tiene sentido si lo contado no os mueve a leer esta novela -algo que recomiendo encarecidamente y agradeceréis- o ya lo habéis hecho. El Arcano y el Jilguero, de Ferran Varela en Ediciones el Transbordador lo merece.

Y dará mucho que hablar, ya veréis.

SIDI, de Arturo Pérez-Reverte. Un relato de frontera.

«Eran hombres cuyo valor tranquilo procedía de mentes sencillas: resignados ante el azar, fatalistas sobre la vida y la muerte, obedecían de modo natural sin que la imaginación les jugara malas pasadas. Eran guerreros natos. Soldados perfectos».

Pérez-Reverte consigue, con Sidi, su última novela, un verdadero relato de frontera, como subtitula la obra. Y para hacerlo utiliza la figura legendaria de Ruy Díaz de VivarEn el Cid hay un 20-25% de verdad y un 75-80% que es leyenda«), un infazón de Castilla que, más allá de sus propios logros -que fueron muchos- llegó a ser ensalzado después como héroe nacional de la Reconquista y unificador de España, cuando en aquella época los conceptos «Reconquista» y «España» no se utilizaban, ni gozaban del sentido que hoy se les da, tamizados por el baño autárquico del imperialismo más rancio de una época pasada. Por ello ha recibido (sobre todo en twitter) una avalancha de comentarios despectivos, insultantes y fuera de lugar sobre la obra y, sobre todo, su persona, nunca exenta de polémica.

Sidi se centra en un periodo corto de la vida de Rodrigo Díaz, poco más de un año, tras caer en desgracia con el rey Alfonso VI, cuando ha sido desterrado y comienza su batallar por la frontera entre reinos. Un año y medio, entre 1081 y 1082 en el que asienta su leyenda y obtiene el sobrenombre de Sidi (Señor) con el que lo conocen los moros, por sus continuadas campañas de victoria, sin una derrota. «Sidi alQanbīṭūr» según fuentes árabes del siglo XI y XII. «Rodric o Ludriq alQambiyatur» en la forma romance (él firmaba Ruderico). «Mío Cid Campeador» en el Cantar del mío Cid.

El CID, de Antonio Hernández Palacios. Todas la imágenes no acreditadas son de este autor.

UN POCO DE HISTORIA PREVIA...

Ruy Díaz nace en Vivar (cerca de Burgos, ¿1048?), en el seno de una familia noble, los Laínez o Flaínez; aunque su padre, Diego, tuvo dos cosas en contra: ser segundón en su familia y haberse puesto del lado equivocado en un conflicto de familia real (como su hijo más tarde, junto al verdadero rey, pero cuando éste muere, caerá en desgracia), por lo que salió de la corte y se dedicó a ser capitán de frontera, obteniendo para sí las tierras que conquistase (salvo el quinto obligado del rey). Pero murió pronto. Su madre, también noble y en mejores relaciones con la familia real, consiguió que se educara en la corte como paje del príncipe Sancho.

Los dos jóvenes congeniaron desde inicios; ambos tenían los mismos gustos, sobre todo la guerra, donde destacaron. A los 16 años acompaña a Sancho en la defensa de Graus contra el rey de Aragón, Ramiro I. Graus pertenecía al rey al-Muqtadir de Zaragoza, aliado de León, al que pagaba parias para que la defendiese (en aquella época eran casi más frecuentes las reyertas entre reyes cristianos, o moros entre sí, que los enfrentamientos entre moros y cristianos). Con el tiempo, Rodrigo progresa. A los 19 años es nombrado alférez, segundo en el mando del ejército tras Sancho; sabía leer y escribir, conocía las leyes y las interpretaba, sabía calmar los ánimos destemplados de su príncipe y era un gran estratega, además de buen guerrero individual. En una disputa territorial, vence al alférez de Navarra en combate singular, lo que, junto a otras victorias le hace obtener el título de Campidoctor (Campeador = guerrero que sobresale en el campo de batalla con acciones señaladas).

Pero Fernando I muere y divide el reino entre sus hijos: Castilla para Sancho, León para Alfonso y Galicia para García, el menor; a Urraca le da la ciudad de Zamora. Sancho, el mayor, que esperaba el reino completo, arrebata Galicia a su hermano con ayuda de Alfonso y, más tarde, vence a éste en la batalla de Golpejera, en 1072 (con Rodrigo al mando del ejército). Tras siete años de guerra, Sancho II se corona rey de Castilla, León y Galicia; el reino unificado de nuevo. Alfonso se exilia en Toledo, reino de su vasallo al-Mamún. Pero en la toma de Zamora, el traidor Bellido Dolfos asesina a Sancho y Alfonso VI sube al trono. Tiene lugar entonces la jura de Santa Gadea (Burgos), un episodio no documentado (aunque aparece en diversos Cantares de Gesta y la Crónica Najerense [S.XII]), donde Rodrigo, al mando de las tropas, le hace jurar que nada tiene que ver en la muerte de su hermano. Este hecho, y el haber vencido a sus tropas en Golpejera, es el origen de la enemistad de Alfonso y Ruy, a quien desprovee del título de Armíger (el que porta sus armas) y Alférez, en favor del conde García Ordóñez. Pero no es la causa de su destierro, ni llega a perder su favor: durante unos nueve años (en la novela seis meses) sigue desempeñando cargos de confianza, se casa con Jimena, sobrina o prima del rey (con quien tuvo tres hijos, Diego, Cristina y María), y es encargado de cobrar parias a reinos andalusíes, incluso luchando en batallas de unos contra otros (en una de ellas fue hecho prisionero García Ordóñez, que lo considera una humillación). En otra ocasión entró en el reino de Toledo y al-Qadir, amigo del rey, se queja de él. Este (y las rencillas de García Ordoñez) sí fue el origen de su destierro. El primero de dos.

SIDI. LA NOVELA.

Justo en este punto inicia la novela. Poco de lo anterior recogen sus páginas, salvo en flashbacks, recuerdos etéreos que asaltan al protagonista en momentos previos a la batalla o circunstancias concretas que lo requieren. La historia se centra en los hechos tras el exilio («si vos, señor, me desterráis por un año, yo me destierro por dos». Después serían cinco).

La Cabalgada, primer cuarto de la obra, recoge aquellos primeros momentos en que Ruy Díaz, junto a unos cien seguidores, la mayoría de Vivar, e inicia su aventura mercenaria en la frontera; sin reino, sin víveres ni auxilio de nadie por orden del rey, sin señor al que servir… Consigue un contrato del burgo de Agorbe para dar caza a una aceifa morabí que recorre la amplia franja fronteriza entre los reinos asaltando granjas y ermitas por pillaje, asesinando a cuantos colonos hayan a su paso, familias dispersas de castellanos o mozárabes asentados en tierra de nadie en busca de su sustento. De ahí la similitud con el oeste americano de las películas; un western medieval.

La persecución, lenta y pesada, plagada de flashbacks retrospectivos, define el carácter de Ruy, un hombre frío y calculador, que actúa sin precipitarse, que analiza cada detalle y mantiene la calma; también la distancia con sus hombres («las leyendas sólo sobreviven vistas de lejos»), pero a los que conoce y llama a cada uno por su nombre, y ellos saben que no exige a nadue nada que él mismo no haga y es el último en abandonar la batalla. Por eso le siguen. Por eso le admiran. Exiliados, hombres de frontera que buscan su pan de la única forma que saben; que conocen la piedad pero no rechazan la crueldad de sus actos y una vida que la exige (las cabezas cortadas de los morabíes son la prueba del trabajo realizado). Hombres duros y alegres, hechos a la vida que llevan, los mejores en su oficio; desfilan ante nuestros ojos a pinceladas que se irán concretando durante el resto de la obra. Como Minaya Álvar Fáñez, segundo al mando, amigo y consejero, leal ejecutor de sus órdenes, prefiere no decidir; Galín Barbués, el alegre almogávar, fiable como explorador; Martín Antolínez, eficaz con los números, responsable de provisiones, reparto de bienes y botín; Pedro Bermúdez, su sobrino y alférez, siempre a su espalda con el banderín; Diego Ordóñez, deslenguado y brutal, un animal de la guerra… y tantos otros.

Exiliado de Castilla, con nuevos hombres que se han unido a sus huestes, doscientas lanzas, aclamado como Sidi por enemigos y amigos, Ruy Díaz busca un señor cristiano al que ofrecer sus servicios a cambio de una soldada y un techo para sus hombres. El rey de Aragón anda en conflictos con Alfonso, su señor natural pese al destierro y no se lo plantea; además, en la batalla de Graus había muerto el anterior rey y no sería bien recibido. Acude pues a Berenguer Remont II, conde de Barcelona, en pleitos con demasiados vecinos y necesitará sus fuerzas; su única exigencia, guerrear contra cualquiera menos Castilla. Pero el conde, altivo y pedante, poseedor de una espada única, la Tizona, le trata con desprecio y exige lealtad total y única, que el de Vivar rechaza. Sólo le queda la taifa de Zaragoza, cuyo rey, al-Muqtadir fue aliado de Castilla, aunque sus hombres recelan de servir a un musulmán. Su heredero, al-Mutamun, hombre sabio, educado y listo, que domina el castellano y piensa que Alfonso ha cometido un error al no mantenerlo a su lado, lo recibe con brazos abiertos, le pide doblar sus huestes y le encomienda la campaña contra al-Múndir, su hermano y gobernador de Lérida, que a la muerte de su padre se ha proclamado rey y no acata sumisión a Zaragoza, aliado con Sancho Ramírez de Aragón y el conde de Barcelona. Berenguer Remont II (aunque su figura aparezca ciertamente desdibujada y, muy posiblemente, viciada por el error) queda establecido como el villano de la historia, la némesis particular de Ruy Díaz en esta etapa de su vida, el enemigo a vencer.

Considero oportuno resaltar dos personajes musulmanes que resultan atractivos en la novela: Yúsuf al-Mu’taman, rey erudito y sabio de la taifa de Zaragoza, a cuyo servicio se pone Ruy con sus hombres, sin comprometer su lealtad a Castilla. Aquí se nos presenta como hombre educado y de modales suaves, comprensivo, cercano, defensor de la cultura y tolerancia andalusí, de costumbres civilizadas en la aplicación del Islam frente a la intransigencia divina de otras tendencias árabes o su Yihad. Pero fue ás, en realidad: el ejemplo palpable de un rey sabio. Como su padre, se rodea de una cohorte de eruditos; él mismo sabe de astrología, filosofía y matemáticas, disciplina a la que aporta, incluso, un tratado, el Kitab al-istikmal o Libro de perfección, que no sólo compendia y supera las matemáticas griegas de Euclides y Arquímedes o las amplía con aportaciones musulmanas, sino que formula él mismo un teorema de geometría elemental que no sería conocido en Europa hasta seiscientos años después, cuando lo plantea Giovanni Ceva. Hay un párrafo, al final, en el que conversa con Ruy, que marca el espíritu de la novela:

—No somos tan diferentes, ¿verdad?
No, mi señor. Creo que no lo somos.
De religión distinta, pero hijos de la misma espada y la misma tierra.

La segunda figura atractiva es la de Yaqub-al-Jatib, rais de las fuerzas musulmanas de Zaragoza que al-Mutamán pone bajo mando del Cid. Guerrero poderoso y líder de sus tropas, de clara ascendencia omeya, pues se nos presenta rubio y con ojos claros (sí, había moros así -y no pocos- en el Al-Andalus del Califato Omeya, fruto de los cruces de sangre entre distintas culturas; el propio Abderramán III, tenía tres cuartas partes de ascendencia visigoda, pelo rubio rojizo y ojos azules; se teñía la barba de oscuro para parecer más árabe). Su relación con Ruy, tensa al principio, mera obediencia de órdenes de su señor, pasa de la sorpresa al reconocimiento cuando lo conoce, alcanza la admiración personal mientras lo trata, y termina en confianza y lealtad absoluta en poco tiempo; virtudes que son recíprocas por parte del Campeador, que lo considera uno más de sus capitanes.

VALORACIÓN.

Literariamente, la novela no es ninguna maravilla, pero sí interesante -como casi todo lo que escribe Arturo Pérez-Reverte-, en especial por la figura del protagonista, tan especial para muchos, cercana a todos. Él lo desmitifica y llama por lo que es: un mercenario, que lucha por su pan y el de los suyos; la desprovee del halo casi místico que se le ha pretendido otorgar y dibuja como un hombre -un gran hombre- de frontera en tiempos duros; muy duros.

La imagen de Ruy Díaz de Vivar –Sidi Qambitur para amigos y enemigos-, resulta en la novela un muestrario claro de las cualidades de un líder: frío y distante en el análisis; cercano y cálido con los hombres antes de la batalla; arrojado en el peligro, paternal en la lucha; dialoga y admite sugerencias, pero él toma las decisiones; comprensivo, abierto a las diferencias (de cultura o religión) pero inflexible en el cumplimiento de sus órdenes… Todo un compendio de estilos de liderazgo, válido para un manual de auto-ayuda y cualquier escuela de negocios, pues recorre todas -o muchas de- sus variantes para conformar la figura de un líder nato, reconocido por todos.

Por el contrario, la presencia femenina es prácticamente inexistente. Bien es verdad que en un relato de frontera, un western medieval como éste resulta difícil, cuanto no forzado o producto de la fantasía. Pero, en ella, ni Jimena alcanza la categoría de personaje, unas líneas de diálogo, una escena que recoja su figura o personalidad; queda limitada a una estampa efímera en la memoria a las puertas de San Pedro de Cardeña, al amparo de la Iglesias junto a sus hijas. Ni tan siquiera merece del Cid un atisbo de culpabilidad tras aceptar los favores de Raxina, la hermana viuda del rey de Zaragoza, mujer instruida, espléndida, que cita versos de la poetisa cordobesa Walida al-Mustaqfi para definirse; que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. La única mujer con personalidad propia en el relato, también con sangre nezrani en sus venas, el carácter decidido de su madre navarra. Poca justicia al magnífico cuadro de Ferrer Dalmau, La Despedida, que luce como portada.

Echo en falta un recuerdo a su hijo Diego (1), que ni aparece en la obra, como si no existiera. Es cierto que en el destierro podría no estar con su madre y hermanas; por aquella época tenía cinco o seis años, y era habitual que se educase como paje de algún noble. Pero un hijo, su heredero, debía ser importante para el hombre (se dice que, con su muerte, el Cid, ya señor de Valencia, quedó desolado)… y no merece ni un sólo recuerdo en la obra…

No soy entendido en Historia ni la figura del Cid, pero cuando leo novela histórica me gusta indagar en las fuentes, acudir a libros y revistas que traten el personaje y su entorno, que confirmen y amplíen lo tratado. Y de Ruy Díaz hay mucho escrito o indagado más allá de la leyenda. Y junto a datos documentados o posibles que confirman lo narrado, también he hallado dudas y contradicciones, fechas, que no cuadran y deben considerarse enfoque personal o licencias artísticas del autor. A la ya citada ausencia de Diego, ha de unirse el periodo que transcurre entre la muerte de Sancho II y el exilio, definido aquí en seis meses (2). Por último, la muerte de Ramón Berenguer II por su gemelo, Berenguer Remont II, que se da por ocurrida en la novela, cuando parece suceder meses después de su derrota en la batalla de Almenar (3).

Personalmente, no considero SIDI una de las mejores obras del autor; he disfrutado más otras, donde el suspense y la tensión de una trama bien llevada o varias líneas de acción me han gustado. Pero, como he dicho, me ha interesado. Incluso me gustaría una continuación, pues materia hay: si Pérez-Reverte quiere limitarse a escribir un relato de frontera, aún dispone para contar tres años de destierro y victorias, junto al polvo, sudor y hierro del poema de Manuel Machado; y muchas peripecias más, si lo desea, hasta su muerte. Pero el autor ha comentado que SIDI está concebida como obra única, sin continuidad.

Insha’Allá. Dios es grande y el tiempo lo dirá.

NOTAS:

(1) Diego Rodríguez, o Diego Ruíz. En el segundo destierro sí anduvo con su padre en la campaña de Levante. Murió joven, en la Batalla de Consuegra (1095). Desde 1997, se conmemora anualmente su recuerdo en Calahorra.

(2) La muerte de Sancho en Zamora se data en octubre de 1072. El destierro de Rodrigo a finales de 1080 o inicios de 1081.

(3) La derrota y captura de Berenguer Ramón II en Almenar tiene lugar durante el verano de 1082. En la novela se sugiere (y el propio Ruy se lo echa en cara al Conde) que estuvo implicado en el asesinato de su hermano. Sin embargo, éste no ocurre hasta el 5 de diciembre del mismo año, y la gesta donde se dilucida la acusación, que pierde, sobre el 1097 (se cree que, a raíz de ello parte a Jerusalén en la primera cruzada y allí muere).

La Despedida. Arturo Ferrer-Dalmau.

PÁNIKAS, de Pilar Pedraza: El gran Dios Pan no ha muerto.

Qué decir de Pilar Pedraza (Toledo, 1951); doctora en Historia, investigadora, profesora titular de universidad, ex-Consellera de Cultura en la Generalitat Valenciana y reconocida escritora de ensayo o narrativa de terror, en la que se mezclan rebeldía y feminismo, mitología y sensualidad, horror y muerte. Por sus escritos ha recibido todos los premios posibles.

Su último trabajo, Pánikas, publicado por Ediciones El Transbordador a inicios de año, es una excelente novela corta (se lee de un tirón) que le confiere, sin duda, el distintivo de gran dama gótica y sublime de la literatura española (su obra trasciende el género, sin dejar de serlo).

La acción transcurre en 1993. La vida de su protagonista, Sofía Fontbona O’Connor −profesora universitaria de literatura griega, casada, feúcha y con gafas, aquejada de síndrome bipolar− ha estado siempre relacionada con el mundo antiguo; ahora se cubre de una pátina hermosa de mitología pagana, en el curso de verano al que asiste en la isla griega de Astipalea.  Allí, los dioses de antaño se confunden y hacen presente, toman cuerpo de sátiro y despiertan en ella sueños pánicos de sensualidad y deseo; pasiones no satisfechas que, a su regreso a España, derivan en pesadillas, alucinaciones surrealistas de su síndrome bipolar, que la desconectan del mundo días enteros y la hunden en un mar de opresión.  Y es ahí, en ese surfear en los infiernos, donde la maestría de Pedraza como escritora se desata; su narrativa eficaz y fácil y unas descripciones intensas, nos lleva a vivir, a su lado, las terrible pesadillas que agobian sus sueños hasta la asfixia.

Su tratamiento y proceso de curación, desde la experiencia lisérgica de Lucy in the Sky with Diamonds, los fármacos más fuertes (“Menos pastillas y más Teócrito”) o la meditación budista, deben mucho a quienes la rodean; personajes entrañables que Pilar Pedraza retrata e ilumina con destreza: Amador, su adonis-marido, la armonía de Freddy LaBerge y su sueño lúcido (un concepto muy atractivo), o el magnetismo animal del seductor Janos Hunyàdi. Cuando los lazos del sueño se restauran con el cosmos, en un proceso dramático donde no falta la muerte, presente siempre en la obra de Pedraza, la enfermedad remite. Y Sofía regresa a lo pagano…

Pánikas es un canto sublime a la esencia del ser humano encarnado en mujer; en palabras de Luis Pérez Ochando (en un prólogo excepcional), es la obra más femenina e interna de Pilar Pedraza.  En ella, sensualidad e intelecto se entremezclan; lo sagrado y lo mundano, la razón y la locura se fusionan con la parte más salvaje del ser, esa que desea con anhelo el abrazo imaginario de Pan. 

Pero el gran dios Pan no ha muerto…

El Transbordador se luce con una edición espléndida (como merece la obra), que recrea el color y dibujos de su portada (también compuesta por el prologuista) y la convierte en una obra imprescindible para todo aquel que ame la buena literatura.