12º Encuentro del CLLFM con MIGUEL CÓRDOBA

Voz serena, relajada, casi hipnótica. Las palabras de Miguel poseen el timbre de voz preciso de los que saben hacerse oír, de los que gusta escuchar, ese que acompaña a los triunfadores. Más aún lo que dice: revela una inquietud innata, la necesidad que siente por saber más, por conocer todo en cualquier campo de la existencia, sobre todo la cultura, el conocimiento y cuanto supone; un vasto bagaje que trasluce en sus palabras y escritos, cada cosa que cuenta, que te captura y capta, te arrastra sin remisión hacia el fondo de sus aguas, donde te dejas ahogar, satisfecho.

Convocatoria del 12º encuentro, con Miguel Córdoba

La velada transcurre fluida, intercambio de ideas en torno a las palabras del invitado, plagadas de citas de sus autores fetiche, de forma natural, sin necesidad de iniciar el encuentro de forma oficial. El primer titular lo deja Miguel en torno a la figura del autor y por qué o para quien escribe:

« TENGO SUERTE DE NO HABER TRIUNFADO »

Y lo explica: «Cuando un autor gana popularidad y el público te va exigiendo, cuando la editorial te va exigiendo… eso deja de ser creación, te conviertes en un autor de oficio. Cuando alguien te dice «tienes que escribir una historia para dentro de un mes…» o en una redacción (también he trabajado en un periódico y sé lo que es la premura), estoy completamente seguro que no saldría una novela buena».

El diálogo se suscita, con intercambio de ideas contrapuestas, citas de Milan Kundera, opiniones y ejemplos propios o referencias a Lovecraft y Robert E. Howard y su diferente motivación para escribir. «Es desalentador encontrar autores que te lloran para que les compres un libro, o diciendo «léeme, por favor; quiéreme», suplicando amor a través de la literatura… No hay nada más patético».

«Comenzamos escribiendo para nosotros, después nos liberamos y lo hacemos para los demás. Aunque tengo un amigo, que escribe muy bien, que se bloquea por miedo; dice «¿cómo voy a superar a Los Hermanos Karamazov?». Si llegamos a ese extremo…».

Ideas, anécdotas… aparecen temas como ego y reconocimiento como motivación para escribir… incluso (por otro tema) Damián Cordones sale a relucir. Y es en este punto cuando Miguel desvela una de sus pasiones: «Sheakespeare, en Hamlet utiliza una obra de arte para decir lo que no tiene cojones de decir de otro modo. La ficción como espejo de la realidad, para cambiarla. Transformar la realidad, no como Sthendhal, «el espejo en el camino», que es todo igual… Un cuadro hiperrealista no me transmite nada, es como una foto; sin embargo, si aportas tu visión personal, la cosa cambia».

Ya veis la de referencias que ya han salido… y aún no hemos empezado. Es cuando Miguel pregunta ¿qué os ha parecido La Curación? (como si dijera «yo he venido a hablar de mi libro…»; aunque sea incapaz de quedarse ahí). Sin embargo -esta vez sí-, tras un recuerdo a los que se han quedado hoy en el camino (Fran, Pilar, Berni, Mota, Juanma, Jose…) y un agradecimiento a su presencia esa noche, un formato de Club de Lectura que nos gusta, pues no sólo damos nuestra opinión sobre una obra sino que disponemos del propio del autor, en persona y su visión, intento reconducir el tema hacia sus orígenes como escritor de relatos (premiados):

«Antes de eso, a los dieciséis, escribí cosas horrorosas… Pero también un relato «La Bicicleta» (con alguna inspiración de Carrie), al que hago referencia en Ciudad de Heridas como uno de los cuentos escritos por Damián Mustieles. Y después un tocho de unas 700 páginas, inspirado por un trabajo de David Bowie (¡cómo no, la música…), que después aparece en El Ruido… No sé, yo creo que hay que escribir mucho, como un ejercicio físico. Hay que escribir mil páginas antes de obtener una sola frase buena o perder el miedo a hacer el ridículo.»

Pero es imposible. Miguel se desata y, sin necesidad de preguntas, él sólo, revela y cuenta anécdotas de su pasado, influencias, sus profesores y amigos, su ansiedad, hacia dónde se encaminan sus pasos como autor (no desvela demasiado) o los lastres que ha dejado en el camino. Orador incansable, siempre rico en matices y referencias que fluyen entre sus palabras, al grupo sólo le queda escuchar cuanto dice, embelesados, insertar algún comentario -que dan origen a nuevos rumbos- y recoger alguna frase notable que destacar como resumen:

«La canción «Close to me«, a la que tanta referencia se hace en La Curación, justo el único momento en el que el hilo se destensa, habla de la ansiedad de la anticipación, de sentir ansiedad por algo que va a pasar. En un momento determinado dice «ojalá tuviera tu confianza». Si tuviera tu confianza todo saldría bien. Y durante toda mi vida, mi lucha ha sido esa: pasar la ansiedad de la anticipación. Sólo así he conseguido hacer algo».

«Stephen King fue, de inicio, mi referencia, mi gran maestro,, mi incentivo para escribir. Pero tú no puedes depender eternamente de un autor. Eso demuestra inmadurez. Tienes que despegarte, crecer… En La Curación parece que me he despegado, pero no lo he hecho, en absoluto. En lo que ahora estoy haciendo sí me he despegado… (y se acabó)».

» Nunca he sido más feliz que cuando leía a Dean R. Koontz, Stephen King, John Grisham.. Aquello era felicidad: la espera ilusionada a recibir Tommynockers Pero ¿qué ocurre? que eso ya no me interesa. Ni siquiera el el género de terror. Algunas de las obras que he leído últimamente, «La insoportable levedad del ser», de Kundera, «El final de la aventura«, de Graham Greene, o Julian Barnes, Silvia Plath… he descubierto que algunas de las novelas contemporáneas me provocan más terror que el horror sobrenatural; porque es el terror del ser humano, el engañarte con algo que crees y no es. Eso me parece mucho más interesante ahora. No me reconozco…

«Si hay un libro del que me siento orgulloso es de Ciudad de Heridas; mucho. Me pareció un libro valiente. Y de La Curación estoy especialmente orgulloso del ritmo adictivo, de la historia en sí; mejorable sin duda, quizás al final… Pero Miguel Ángel (Wolfville) que me conoce mejor de lo que creéis (lo cita al final de la obra) me dijo: «Corta. Este es el final, te guste o no...» Me gusta la gente así… Y ahí está. Lo que sí os digo es que Curación 2, no. Habrá surrealismo, habrá tal… pero Rata Gigante no. Y ya, me callo (muchos nos reímos), que lo que quiero es oíros a vosotros».

Sabíamos que no iba a ser así… Y, tras citas a Clive Barker («El Blues de la casa del cerdo»), «Rebeca» de Daphne du Maurier o «Alta FIdelidad», de Nick Hornby, un pase por la película francesa «Cena con Andrés» y un tiempo de receso para saludar la llegada (breve) de Pepe, el Cabrero Mayor de Filmtropía, la cosa deriva hacia Ciudad de Herida y su interpretación filosófica, o «Dios no quiere rivales«:

«Dos autores independientes que intentan salirse del sistema; pretenden revolucionar un mundo que no les gusta. Para ello, cada uno se convierte en personaje literario del otro y comienza a construir una ciudad al margen, un mundo paralelo. Lógicamente, Dios no les va a dejar… Porque, por mucho que no creas en él, no puedes escapar de Dios.»

De vueltas a La Curación, con similitudes de mundo fragmentado en ambas, se le cuestiona sobre los personajes que, todos, han sido creados por Dios (en este caso, una niña de nueve años, encerrada en un complejo militar en Nebraska, con depresión y tendencias suicidas), pero todos los protagonistas (los afortunados) han sido olvidados por Dios… Entonces, Dios es una enfermedad.

«Claro. Por supuesto, no te quepa la menor duda. En su día decidí dejar Filología Británica y pasé a la Hispánica donde, finalmente, encontré una asignatura que me llamó la atención: Teología Racional, cuyo profesor dijo el primer día «El examen final va a constar de una sola pregunta, que responderéis en un folio, por delante y por detrás: Demuestra racionalmente la existencia de Dios«. Durante el curso se hablaron de cosas impresionantes («Dios es la lente que corrige la miopía del Universo, por eso no se puede ver«, o «una de las pruebas de que Dios existe es que hay una conciencia superior que nos hace pensar, por eso el pensamiento es transparente«). Yo alucinaba, pero recogí sus enseñanzas. Por eso, El Hombre de la Chistera dice que el pensamiento es transparente y cosas así. Realmente, aunque nunca he compartido sus posiciones y creencias, siempre le escuché y le he tenido en cuenta. Pero claro, ¿como metes a Dios en una novela si no es como esa niña encerrada? Y ¿por qué matar a Dios? Es mejor dejarle que se suicide. Es más actual. La relación entre Dios y sus criaturas, su creación, es lo más trágico que hay.»

Es como pedirle explicaciones al padre, a tu creador.

«Sí. O los Cinco personaje en busca de un autor. Todos le reclaman al escritor el papel que les había prometido y no tienen… Es llegar a lo absurdo.»

Ahorro la extensa disquisición pseudofilosófica y multiparticipada sobre a quién puede reclamarle Dios, o la relación de un autor con su propia obra, su disolución extrema porque no acabaríamos nunca. Pero aseguro que fue interesante… y muy divertida.

La historia se sitúa en EE.UU. Y no desentona en descripciones.

«Bueno, me parecía coherente; lo de la base militar y demás. Muchos me han dicho que cómo me atrevo a describir esos sitios, o ponerme como seguidor de los Celtics… Pero es que yo nací en Alemania. A los siete años pensaba en alemán, y mis amigos eran alemanes, turcos o italianos hasta los trece, aunque yo seguía orgulloso a la selección española de fútbol. Pero nunca me he sentido de ningún sitio especialmente. En Alemania, yo era el español; pero en España era el alemán. No es extraño que me cueste escribir sobre Málaga. Además, por mi trabajo, viajo mucho, a diferentes países… No puedo tener un sentimiento de «esto es mío». Soy de todos los sitios. Y mis personajes mezclan nombres de un país con apellidos de otro, indistintamente. Lo que ahora escribo se sitúa en Bélgica, en Francia… Me apetece hacerlo en Europa.»

«Sobre la libertad, a los autores les pasa, a veces, como a sus personajes; parece que te anticipas a lo que va a pasar. En La Curación, cuando Magie nace con un hilo negro, está predeterminada, no tiene libertad, determinada desde que nace a encontrarse con una persona. Rüdiger Safranski, en el ensayo «El Mal. El drama de la libertad» habla precisamente de que el mal es ser libre, que puedes tomar la decisión que quieras porque nadie te va a decir que está mal, no hay moral, no hay nada. Pero sí, quería mostrar a Magie como un ser determinado, condicionado por su instinto.»

-Sobre el que ya le advierte Lor

-Y la determina. Hasta ese momento, Magie era libre de pensar, actuar.

-Ahí es dónde se hace adulta…

-Y le da las herramientas para defenderse: la música, que fue liberadora para sí misma.

Lor es un personaje trascendente, que ha superado su trauma mediante la música.

«Pues sí, Lor es una superviviente. Y cuántos supervivientes hay gracias a la música.»

-Además, al final, cuando encuentra al grupo de supervivientes en el que actúa como madre, la redime.

¿Escribes con música, como Stephen King, a mucho volumen?

«Si. Pero no a mucho volumen, porque no puedo. Tampoco podría hacerlo con ACDC o Pantera; no me puedo concentrar. Utilizo música relajada, que quede de fondo, como un mantra. Últimamente, Julee Cruise, en la música final de Twin Peaks, con Angelo Baladamenti. Sí, hay canciones que se van repitiendo a lo largo de la escritura. Además, estoy tentado a comentar algunas escenas… pero no, no lo voy a hacer.«

Háblanos más de música, Miguel (una de las pasiones de Juan Alberto, como el cine, y se nota). No sé ¿ZZ Top te gustan tanto, o utilizaste el elemento del coche como entorno…? Con lo de Machines of Loving Grace me dejaste impresionado; nunca había leído yo mencionar ese grupo.

«Hombre, tuve mi época con los ZZ Top, los concierto estos en los que Gibbons daba la vuelta a la guitarra eran geniales». Después nos habla de su época como cliente asido de Candilejas, o Discos Pat, del Black Album de Prince, o cómo descubrió allí muchos grupos de música electrónica en los 90, Órbita, Moloko, Goldie, Chemical Brothers... sobre todo mucho Beep Bop y mucho Grounge; o Suede, que era especial, «Still Live es una obra maestra, fuera de todo».

«La música siempre ha estado ahí. Ahora también, pero ya no es lo mismo. Ya todo suena a algo anterior, que ya he escuchado».

De forma distendida, ya comiendo (todo un lujo, gracia a otro Miguel, dueño de «La Marítima»), se le escapa alguna que otra confidencia, a raíz de un comentario de Paco sobre monolitos de cemento y Alvin Toffler y «La Tercera Ola»:

«Últimamente, hablo mucho sobre esos temas porque la novela en la que estoy trabajando va sobre el amor, que no es un tema muy novedoso, pero… desde un punto de vista terrorífico, ¿vale?, y surrealista. No vamos a aportar nada nuevo, sino el punto de vista del «noir». Pero ese es el tema.»

Procuro resumir, que aún queda; y omito comentarios sobre el amor o las relaciones humanas y de pareja, series y películas o libros que nos impactaron, que de todo se habló en un ambiente distendido y coloquial, magnífico, donde no faltaron citas a escritores amigos como Alejandro Castroguerse escribe también sobre lo que no se cuenta«) o David Luna.

«Muchas veces, cuando hablas con un tono sarcástico no todo el mundo te pilla. En Ciudad de heridas, el escritor tenía una novela «Malahierba«, sobre perros que se convertían en zombies. Lo que utilicé ahí fue un homenaje a todo ese cine de serie B de Sam Raimi, de Tom Savini, especialista en maquillaje. Con diez años yo quería ser Tom Savini, quería trabajar en efectos especiales; en Alemania, tenía un amigo cuyo hermano hacía maquetas de zombies, y aún recuerdo algunos que eran geniales. En aquella época ese mundo me fascinaba; «Posesión Infernal» era lo máximo. Se trataba de ver quién tenía el valor de verla aunque, después, «Terroríficamente Muertos» me pareció una obra maestra. Y es que este tipo, Bruce Campbell, era todo un personaje. Pero fijaos cómo -y viene a cuento de que los personajes derrotados me parecen mucho más interesante que los vencedores- poco a poco, conforme avanza la película y se convierte en el macho alfa, la película deja de tener valor e interés; el personaje defrauda, porque rebasa los límites.»

«De Clive Barker, «El gran espectáculo secreto» me parece una obra maestra. Al final, todo es que te llegue la gracia. Cuando te pones a escribir, siempre hay un momento en que te llega la luz y te sale; claro que te tiene que pillar trabajando, tienes que estar ahí metido. Stephen King dice en «La Historia de Lisey» que iban al lago a pescar historias, y muy pocos se atreven a ir a ese lago, porque son las historias que más estremecen, que producen más estremecimiento.

King nunca será como Barker porque le separan muchas cosas, como la sexualidad.

«No, es porque es británico. La sexualidad no es el motivo, sino la imaginación, el refinamiento. King tiene algo de cateto… que a mí me encanta. Eso del americano, la camioneta, la gorra de béisbol; me gusta ese estilo de humildad, de ir con tenis a una ceremonia, como Steven Spielberg

¿Crees que King podría escribir algo como «En las colinas, las ciudades?» Cuando uno de los amantes homosexuales nota el sabor del esperma en la boca del otro al besarlo? Él no puede mostrar esa misma sensibilidad.

«No creo que King tenga ningún problema con la homosexualidad. Su hija, que además de predicadora creo que es lesbiana, y superfeminista, aunque últimamente se está pasando y llega a la ridiculez. Pero creo que nadie, nadie, en la literatura comercial ha sabido describir mejor a la mujer, y el niño. A los niños y las mujeres les ha sabido describir muy bien. Barker tiene la genialidnad del barroquismo, la del escritor británico. Tú lees, por ejemplo, a Julian Barnes y estás viendo la brillantez británica. El americano no deja de ser catetillo. Pero eso de tomarte la cerveza directamente de la lata, la hamburguesa –Joe Hill lo hace muy bien-, yo me siento cómodo con eso. Pero intento mezclar ambas cosas, el surrealismo de Barker y el ritmo de King

«Creo que Richard Matheson es uno de esos autores con ideas buenas. Cada relato, cada historia es una genialidad, un regalo. Ahora, King consigue entretener a un público, durante ciento cincuenta páginas, con una llamada de telefóno; eso no lo logra cualquiera. Matheson es como Borges: es el cuento, lo corto, va a lo concreto.»

«Nunca he sido más feliz que cuando he leído literatura fantástica. Pero, últimamente, el cuerpo no me pide eso; no me pide fantástico. Me pide literatura contemporánea, entender al ser humano, las relaciones actuales y cómo son, que me parecen terroríficas. Por ejemplo, llegar a odiar tanto lo que no eres tú, lo que no comprendes, lo que no aceptas o compartes, el miedo a todo lo que venga de fuera y me contamine. Como repetía siempre Felipe González, es carpetovetónico. Eso es lo que me interesa ahora, porque es aterrador. El odio, el miedo, el desengaño, no en sí, sino descubrir el tiempo que has estado engañado. O un diagnóstico médico; la angustia de estar en una sala a la espera de que te den el resultado de una prueba. Ese creo que es el terror real del ser humano.»

En este punto, algunos se retiran, tienen que madrugar. Otros continuamos -ya acompañados de bebidas más fuertes- hablando de temas tan dispares como física cuántica, elitismo, Mr.Ripley, geishas, economía o teoría de juegos, que para todo da tiempo, aunque terminamos regresando a La Curación. Miguel, ahora que nos encontramos casi en familia, resalta palabras, enfatiza los términos que más le interesan.

«Somos gracias a con quien estamos; si tienes una pareja que te potencie, serás la mejor versión de ti; pero si tienes a un Jeremy Heinz a tu lado no vas a prosperar, te va a hundir, vas a tener una eterna sombra encima. Salvo que cortes el hilo. Y cortar el hilo, en esta novela, significa morir… y parirte a ti mismo, que es renacer. Pero tú no puedes renacer. Para eso tienes que morir.»

«A decir verdad, desde la época universitaria, terminando la carrera, siempre tuve en la cabeza la imagen de una niña metida en una urna, muchas niñas iguales que ser convertían en una sola. Y pensaba que esa urna era para contener su poder mental, un poder tan grande como para cambiar la materia, y todo lo que ella pudiera pensar (de ahí venían también los tulpas). Esa historia se llamaba «La Grieta» porque, en un momento dado, uno de los científicos que vigilaban la urna detectaba una grieta, a través de la cual se creaban las mayores catástrofes, atrocidades y monstruos increíbles, que ella contenía en su imaginación. Eso, poco a poco, se fue transformando en Dios. Cuando el Hombre de la Chistera dice «es una niña de nueve años…», la historia ya estaba en mi cabeza. Claro, cuando Alejandro Castroguer dijo «esa historia cuéntala», la conté.»

«Una de las cosas que me gusta de Lor era su capacidad para adivinar. El tema de la adivinación me resulta curioso. Nunca he sido creyente, de hecho, siempre me ha parecido una estafa, pero hay gente muy intuitiva, capaz de prever o imaginar lo que ocurre. Yo a Sherlock no le he leído mucho, pero a Pendergast, de Preston y Child, un personaje magnífico, le pasaba igual, que era capaz de centrarse, meditar y reconstruir un asesinato con sólo observar lo que tenía delante.»

No, no acabamos ahí, aún quedó mucho por hablar, pero más cosas de amigos y tertulia que de un club de lectura, salvo citas a gente admirada y admirable, como Guillem López, Ferran Varela, Miguel Delibes y Pilar Márquez. El resto, mejor queda para el recuerdo.

Salvo, eso sí, el corto «La Cuerda«, de Pablo Sola, con guión de Miguel Córdoba, que fue galardonado con el primer premio en el Festival Internacional de Cine Fantástico, Terror y Sci-Fi de México :

LA CURACIÓN, de MIGUEL CÓRDOBA

«Magie nació con una característica muy particular: tiene un hilo negro atado al dedo anular de su mano izquierda, ve y habla con fantasmas y presiente muertes trágicas en el futuro. Dios es una niña de nueve años que vive dentro de una urna en una base secreta de Nebraska, sufre una grave depresión y muestras preocupantes tendencias suicidas…»

La Curación, de Miguel Córdoba, es la historia de los olvidados de Dios.

Leer La Curación (cualquier obra de Miguel Córdoba) supone recibir un impacto sensorial múltiple: no sólo has de utilizar la vista para hacerlo (o el tacto si lees en papel); tus oídos reverberan con la abundante (excelente) música que inunda el texto disuelta en palabras con magia, y tu mente se agita con los recuerdos (cientos de imágenes conocidas) que evoca –como quien no quiere la cosa– en cada una de sus descripciones; imágenes que, más allá de definir la riqueza cultural del autor, son el instrumento que utiliza para hacernos más cercano el surrealismo que impregna su obra, suavizar el horror que ocultan alguno de los hechos que narra. Eso es oficio, no magia; recursos innatos, armas de perro viejo que sorprenden en un autor joven. La magia queda para sus palabras, para cómo escribe y consigue transmitir sensaciones, cómo retuerce la realidad y nos hace ver y sentir lo que desea. Pura magia…

Magie (magia en francés) es un ser especial que, más allá de ese hilo negro que oprime su dedo y nadie ve, los fantasmas o la muerte, que presiente tiempo antes de ocurrir (alguna demasiado cercana), tiene todas las papeletas para ser desgraciada: la muerte del padre, una familia rota que la madre ha de sacar -sola- adelante; se trata de una niña fea y gorda, que sufre el bulling de sus compañeros en la infancia y adolescencia y la condena a la soledad… salvo por el fantasma (que se esconde en la lavadora para no afrontar la angustia de la vida en el Más Allá) y otros espíritus de muertos recientes que ve, o el árbol que sembró su padre y le habla… ¿Cómo puede sobrevivir una cría a tales experiencias? ¿Cómo no le van a afectar cuando crezca…?

Miguel nos lo cuenta, en una historia inquietante aderezada con trazos de surrealismo profundo (máscaras que reflejan los sentimientos mejor que el rostro, hormigas que le marcan el camino a seguir, una dominadora rata gigante, los tulpas…) que suaviza con la música y evocación de personajes, situaciones e imágenes conocidas hasta hacerlo cercano, amigable y conseguir que nos resulte una historia natural, cotidiana, nada extraña y repleta de frases maravillosas, tan contundentes que merecerían, ellas solas, una entrada propia en el blog, que las recopilase:

« … después de morir hay una prueba que superar. Y no es fácil. Algo así como mirarte en un espejo y aceptarte como eres. Si no la pasas no hay paz, ni puedes avanzar».

« … un vertedero de sueños rotos, un lugar donde es posible el reciclaje de lo que pudo haber sido».

«No dejaba de ser bello el hecho de vivir sin la cicatriz de una eterna dependencia».

Una historia que se entrecruza con la de ese Dios-Anna, niña de nueve años con tendencias al suicidio y que, en la terrible soledad de su depresión (¿o viceversa?), olvida alguna de sus creaciones.

En la ficha (y la contraportada del libro) se califica la obra como de Terror Surrealista. Sin embargo, no la considero una obra de terror. Tal vez, sí, de angustia, pues busca el desasosiego del lector; y, por supuesto, es surrealista. Angustia Surrealista podría ser un buen calificativo para ella.

Pero, pese a las penalidades que han de sufrir los personajes, la brutalidad de algunos actos en sus vidas, la obra esconde, en el fondo, un mensaje de lucha y superación personal, una apuesta por sobreponerse al desasosiego y la angustia que genera el miedo, el terror cotidiano que atenaza la existencia y a todas las pruebas (reales o surreales) que nos agobian; un mensaje claro de que, aunque puedas caer en el camino, lo importante es levantarse. Lo vemos en la lucha diaria de Naomi, la madre, que saca adelante a sus hijas, con alegría y buena disposición («las tres guerreras»). En Lor, capaz de superar el trauma de la infancia gracias a la música (y Flip). En Tim, contrapartida a la maldad negativa de Jeremy, o la propia Magie, tras todo lo que ha debido sufrir y cuantas veces caiga. Y, por supuesto, en Carey Mahoney, que no se resigna a permanecer en las páginas de un libro que no es el suyo y salta a éste. O en el final, que es un nuevo comienzo, y en el mensaje que un niño imaginario repite a Magie a lo largo de la obra y es una solución:

«Cuando Dios se olvide de sus hijos debes ir a Nebraska a recoger los trozos de tus sueños rotos».

Miguel Córdoba lleva tiempo escribiendo, ésta es su tercera novela, después de obtener varios premios y menciones en concursos de relatos y algún que otro guión de cine, también premiado («La Cuerda«, dirigida por Pablo Sola, un corto de suspense y terror, de excelente factura). De hecho, es un autor fetiche para Ediciones El Transbordador, que inició su singladura en 2015 con Ciudad de Heridas, su primera novela (ver reseña aquí).

Si en aquel momento su temática y estilo sorprendieron con agrado («sorprende» es la palabra que más veces se repite en la reseña) y, aunque los recuerdos ya se pierden en la niebla del tiempo (si Dios puede olvidar, cuánto más no lo haremos nosotros), quiero constatar la madurez y evolución que ha experimentado Miguel en este tiempo, alejado ya de aquella sombra alargada de Stephen King que se intuía como influencia (sin que dejara de ser una obra personal) y que desaparece -o casi- en La Curación, lo que evidencia una personalidad y estilo propios que bullen con fuerza y prometen más sorpresas agradables en el futuro.

Como sorprende el prólogo -genial- de Darío Vilas, que parece integrarse y formar parte de La Curación como un capítulo previo -o posterior- a la misma. Todo un acierto, sin duda.

La segunda novela, Los tres abismos de Damián Mustieles supuso un complicado ejercicio de auto-control e ingenio, un reto arriesgado, propuesto por la editora, al que supo dar respuesta con brillantez y sin fagocitarse: desarrollar las historias que se referencian en la obra anterior, usando el mismo universo, sin repetirse.

De ahí surge el personaje de Carey Mahoney quien, como en la obra de Pirandello, «Seis personajes en busca de autor», reclama el papel apropiado (en este caso, la obra que le corresponde) y anhela consumar su propio destino. Y bien que lo consigue.

Miguel Córdoba escribe de maravillas; sus obras no dejan indiferente a nadie. En La Curación te atrapa, capta tu interés de inmediato, con un lenguaje cuidado a la vez que sencillo y fluido, y recursos culturales ilimitados (*) que engrandecen la obra y trasciende el surrealismo hasta hacerlo cercano al lector. Obra muy recomendable (que ha entusiasmado a muchos amigos del Club de Lectura).

Cuando sea mayor y, junto a otros olvidados de Dios, orbite la estrella Tabby en la constelación del Cisne, me gustaría escribir como él.

(*) – Leyendo ahora por encima, en diagonal, he hallado más de 70 referencias y citas a canciones, cantantes o grupos, películas, actores y directores, escritores, poetas y obras literarias, dibujantes y personajes de cómics, pintores, obras de arte, edificios famosos… sólo hasta mitad de la obra (después no seguí…).

CIUDAD DE HERIDAS, de Miguel Córdoba

Ficha Ciudad de Heridas

«A la ciudad de Gran Salto acaba de llegar un forastero. Es un tipo muy alto —casi parece un zancudo—, viste de negro y lleva puesta una ridícula chistera. Sus ojos, de un extraño color violeta, contienen todas las estrellas del cosmos. Lleva consigo una maleta pasada de moda donde guarda el destino de cuatro chicos, una cuchilla con la que cortar una sonrisa y un plan para que se deje de construir la ciudad. Ha venido a curar viejas heridas.»

Ciudad de Heridas sorprende.  En muchos sentidos: resulta una obra difícil de clasificar a priori dentro de un género definido, por cuanto en sus planteamientos utiliza el terror (psicológico y urbano pero, a veces, también gore; sin olvidar esa cuchilla para cortar la sonrisa oculta en Los Cantos de Maldoror, de Lautréamont) y la confusión que genera un surrealismo que no es tanto, sino el desarrollo de unos personajes-escritores cuyas vidas forman parte de historias escritas dentro de otras historias que se entremezclan y conviven entre realidad y ficción (¿confuso?, no te preocupes, así se pretende, pero todo se aclara), y como desenlace la Ficción Especulativa (una rama de la Ciencia Ficción), para ofrecer una explicación.

ChisteraSorprende, por la portada simple y magnífica de María Delgado, con esa mirada enigmática del zancudo de chistera y ojos violetas que es parte del surrealismo (que luego se aclara); el suspense que genera ciertos hechos inexplicables conexionados entre sí, o los sobres con frases que definen el futuro de los personajes, uno de ellos desconocido hasta el final.

Un final que también sorprende, por lo acertado que resulta como explicación a todo lo que de otra forma sería una paranoia del absurdo, que sin embargo, termina por encajar y se justifica a la perfección. Una propuesta de desenlace bastante imaginativa, y que a muchos agradará, es lo que me ha decidido finalmente a catalogar la obra como Literatura Prospectiva, según el término propuesto por Julián Díez (A.C. Xatafi) (1).

No he podido dejar de intuir planeando sobre Ciudad de Heridas la sombra alargada de Stephen King.  Y no tanto en esos perros-zombies que al principio me hicieron temer lo peor (un Cujo multiplicado por mil, que gracias a dios no lo fue y tienen más de Los Pájaros, de Daphne Du Maurier), sino en el tratamiento de los Ratas Azules, la pandilla joven de protagonistas que marca su desenlace futuro, como en It.  Pero no por la inevitable influencia del maestro (si la hay) deja de ser una obra personal. Sus personajes están bien construidos y resultan cercanos (apellidos nacionales se entremezclan con foráneos), como cercano resulta el entorno (que la ciudad de Gran Salto recuerde una de esas en las que transcurren las series americanas, es explicable); y se intuyen reflejos del Miguel Córdoba familiar en el Daniel Mustieles escritor de ficción (como me ha sido imposible no evocar con el nombre de la escritora ficticia a esa otra Gabriela, literaria y tertuliana, que conocemos).

Ciudad de heridas bubokComo digo, Ciudad de Heridas sorprende.  Y se lee de un tirón. Porque no puedes dejar de saber qué ocurre realmente con esos personajes que son escritores y a su vez lectores de una obra (escrita por uno de sus personajes) en la que ellos mismos son protagonistas; hechos descritos en obras de juventud, que toman cuerpo y suceden ahora, en la vida real… y una maleta antigua… y esa lechuza…

Miguel Córdoba es un autor novel.  Esta es su primera novela publicada (aunque antes pasara por la autoedición).  Pero no es un novato.  A sus espalda arrastra varios premios o menciones en concursos de relatos.  Y habrá que estar muy atentos a su evolución, porque estoy convencido de que volverá a sorprendernos gratamente con su próxima obra; madera no le falta para hacerlo.

LOGO_EltransbordadorY a  la joven editorial malagueña que ha arrancado con una fuerza inusitada en el último año, le corresponde el mérito de haberlo sacado a la luz.  Esta fue su primera obra publicada, hace unos meses. Desde entonces le han seguido otras cuatro, todas ellas de género (Supermalia, relatos de 16 autores; Deriva, de Magín Méndez; Relatos del Universo Lejano, de Carlos Almira; y El Tapiz Invisible, de J.A. Fdez.Madrigal), y está en capilla Las Tostadas de la Libertad, de Fran Romero.

¡Impresionante!